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TERCERISMO O IDENTIDAD?. OTRO FRENTE DE DEBATE PARA LOS NR…

TERCERISMO O IDENTIDAD?. OTRO FRENTE DE DEBATE PARA LOS NR…

Al debate no cerrado sobre “autonomía histórica si o no”, “socialismo si – socialismo no”, al siguiente sobre las diferencias entre “lo NR y lo NS” que, al parecer ha interesado poco a quienes más preocupados deberían ¿estar por aclarar estas posiciones, se une ahora este otro: ¿“línea tercerista o línea identitaria”. Definitivamente, si se trata de elaborar una “hoja de ruta”, se trata de definirse. No hay ruta posible sin definición del camino a seguir. Y no hay camino a seguir si se elude este otro fondo de la cuestión.

DOS BREVES DEFINICIONES PARA SABER DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO

El “tercerismo”, en su forma actual, es la tendencia que identifica la propia actividad política en Europa con modelos extraídos del Tercer Mundo. Fundamentalmente, se trata de experiencias anticapitalistas, aparecidas en Iberoamérica y en los países islámicos. Se carácteriza por un fuerte sentimiento antisionista y antiyanki.

La “línea identitaria”, por el contrario, sitúa por encima de estas posiciones la defensa de los rasgos propios de los pueblos europeos. Cualquier línea política se desprende y deriva de esos rasgos. Por encima de juzgar a tal o cual movimiento por una eventual componente anticapitalista o antiyanki, los identitarios sitúan sus prioridades en el arraigo en los valores tradicionales de nuestros pueblos y en las necesidades para mantenerlos.

Mientras que el “tercerismo” ha surgido por evolución de muy diferentes (entre las que encontramos el socialismo panarabista, las doctrinas de Jean Thiriart, distintas aportaciones surgidas en Iberoamérica, incluidos aspectos del castrismo y las FARC y, finalmente, actitudes antisionistas y propalestinas), las posiciones identitarias tienen un origen más reciente y, en su actual configuración han sido extraídas de las ideas conocidas genéricamente como “arqueofuturistas”, incluyendo algunas definiciones de la Nouvelle Droite francesa y parte de las reflexiones de Julios Evola.

A partir de ahora ya sabemos cuáles son las dos posiciones en contraste.

EL TERCERISMO EN SU VERSION FALANGISTA

El antecedente remoto del tercerismo actual apareció a principios de los años 60, entre los universitarios falangistas de Madrid. El castrismo acababa de llegar al poder con una etiqueta, inicialmente, “nacionalista” y de “liberación nacional”. Era, por supuesto falsa y solamente podía ser creída por aquellos suficientemente ciegos en querer creerla. Y una vez creída, de nada iba a servir que el propio Castro se declarara luego comunista… para ellos seguiría siendo “nacional-comunista”. Aquel grupo de universitarios falangistas, tenía una sólida formación doctrinal. Aspiraban a ser “mitad monjes – mitad soldados” según el mandato joseantoniano y realizaban ayunos, maceraciones y marchas de endurecimiento en la Sierra madrileña. En el curso de esas marchas surgió la idea de emular al castrismo, y lanzar una guerrilla rural susceptible de impulsar un proceso similar al cubano, así que empezaron a entrenarse…

Todo aquello pasó sin pena ni gloria y pertenece a la pequeña anécdota de la disidencia falangista durante el franquismo. Esperamos que alguno de sus protagonistas acepte dar testimonio directo de todo aquel tiempo de efervescencia adolescente que terminó cuando acabaron la carrera, fueron llamados a la mili o conocieron a la habitual novieta. Ellos no lo sabían pero habían incrustado en el movimiento falangista las ideas de “liberación nacional”, “guerra de guerrillas” e “izquierda nacional”. No serían los últimos.

Uno de los problemas de estas iniciativas es que carecen de posibilidades de establecer una “memoria generacional”, es decir, el que una generación que ha atravesado por unas experiencias, se las traspase a la generación siguiente, alertándoles sobre los riesgos e ilustrándolos sobre las enseñanzas. Esto hizo que a mediados de los años 70, los medios “hedillistas”, recayeran en las posiciones que ya se habían demostrado inviables quince años antes.

Efectivamente, hacia 1976, cuando se acababa de lanzar el partido Falange Española de las JONS (Auténtica), un sector, nuevamente madrileño, estuvo tentado de realizar experiencias similares a las practicadas en aquel mismo momento por los montoneros argentinos.

A estos “falangistas de izquierda”, la democracia les parecía un sistema “burgués-capitalista” y, por tanto, condenable. Así pues, había que derribar a la democracia y, en aquel momento, cuando aún estaban calientes -para ellos- las experiencias guerrilleras del Ché en Bolivia, reproducidas en la aventura de Teoponte, cuando el MIR chileno intentaba realizar una guerra de guerrillas contra el pinochetismo y los tupamaros uruguayos aún realizaban esporádicos atentados, como las FARC y el ELN colombianos mantenían vivo el recuerdo de Camilo Torres, la inspiración de estos falangistas llegada de las distintas fracciones peronistas. También aquí se trató de meras especulaciones, seguidas muy de cerca por los agentes del SEDEC y, todo quedó en meras habladurías, si bien es cierto que en toda la literatura de la FE-JONS(A) de la época, estuvo repleta de elogios hacia cualquier movimiento guerrillero de “liberación nacional”.

A principios de los años 80, sectores muy amplios del falangismo –el grupo “auténtico” de Pedro Conde ya se había desleído como un azucarillo- ya habían asumido algo tan peregrino como que “los sandinistas son camaradas”… olvidando que si los sandinistas eran algo, como muy bien sabía Tomas Borge (el hombre de Moscú entre ellos), era comunistas. Por algún motivo inexplicable, la comprensión del sandinismo se escapaba a estos amplios sectores que creían –como los falangistas de los años 60- que bastaba que un movimiento fuera “anti-yanki” y se declarara “de liberación nacional”, para que fuera considerado como “camarada”. Santa candidez… que volvería a repetirse diez años después.

En los años noventa la confusión volvió a repetirse en el seno del grupo disidente de FE-JONS, que actuaba en aquella época con el nombre de “FE-La Falange”, dirigido por un ex miembro de la FE-JONS(A) de los años 70, Gustavo Morales. En ese momento, esa tendencia a confundir los movimientos de liberación nacional sudamericanos con nuestro ambiente político, volvió a repetirse en forma de imágenes del Ché Guevara… ostentando el yugo y las flechas en la boina.

La fragilidad de esta idea no se le escapa a nadie. A diferencia de Castro que a finales de los años 50 y principios de los 60, se autodefinía como “católico”, con el Ché no hay confusión posible: desde el principio se definía como comunista, quizás un poco excéntrico, pero comunista al fin y al cabo. El rechazo del modelo soviético le llevó a la China maoísta y luego al Congo, donde conoció a Lauren Kabila de donde salió literalmente horrorizado. De regreso, simplemente, Castro le engañó deliberadamente haciéndolo creer que en Bolivia había una situación prerrevolucionaria. Y el Ché, le creyó y fue a morir al altiplano. Al ser detenido cometió su última equivocación: “Soy el Ché, valgo más muerto que vivo”… no era verdad: vivo era un patético guerrillero asmático vagando de un lado a otro de la selva andina, muerto era un mito romántico. Como todos los mitos, solamente era apreciable grosso modo; entrar al detalle en la biografía del Che suponía dejar de verlo como un mito para percibirlo como un doctrinario comunista poco dotado, un mal estratega de la guerrilla y un nulo táctico en combate. Además, por supuesto, de un julai…., pero esta es otra historia.

Cuando Gustavo Morales es sustituido al frente de FE-La Falange, se extingue el último rastro de devoción falangista hacia el guerrillerismo sudamericano. Otros estaban dispuestos a sustituirlo.

TERCERISMO Y LIBERACION NACIONAL EN EL AMBIENTE NR

Fuera de los medios falangistas, las ideas de liberación nacional han tenido cierto influjo sobre los movimientos NR. Para que exista “liberación nacional” es preciso que exista “opresión nacional” por parte de una potencia extranjera, o bien una situación colonial. Es rigurosamente cierto que hasta finales de los años 80, Europa vivía una situación casi colonial, forzada por la Guerra Fría. Tanto el Este como el Oeste estaban bajo el paraguas protector de los EEUU y la URSS. No era colonialismo, en sentido estricto, sino lo que podríamos llamar “colonialismo de baja cota” que, por lo demás, al menos en Europa Occidental, ni siquiera era advertido por la población. Era difícil que movimientos que basaban su actividad en promover consignas de “liberación nacional” pudieran superar su etapa grupuscular. Sin embargo, esa idea de “liberación nacional” estuvo presente en el movimiento que intentó organizar Parker Jokey en los años 50, luego el que intentó articular Franco Freda a finales de los 60 con el nombre de Frente Europeo de Liberación y luego en los noventa, este nombre volvió fugazmente a reaparecer, cuando ya no existía Guerra Fría y el Tratado de Maastrich ya había sentado las bases de la “Europa política”. Ni había opresión colonianista, ni siquiera de “baja cota”. Incluso hoy, en ambiente NR italianos está idea sigue presente en la “doctrina de las tres liberaciones”.

Y el drama radicaba precisamente en que, el tercerismo, que tuvo cierta lógica hasta mediados de los años 80, empezó a diluirse en 1986 (puesta en marcha de la Glasnost y la perestroika) y concluyó el 11 de noviembre de 1989 (caída del Muro de Berlín). Hasta entonces se podía hablar de “ni URSS, ni EEUU”, “ni capitalismo, ni comunismo”. Existía la posibilidad de abrir una “tercera vía”, una “tercera posición”. A partir del 9.11.89, todo eso concluye. Ya no hay “tercera vía” posible (ni, por tanto, “tercerismo” que valga) por la sencilla razón de que la “segunda vía” ha desparecido…

BASISMO Y ADMIRACION POR EL SOCIALISMO PANARABISTA

En esa increíble tendencia a buscar modelos tercermundistas, a partir de finales de los años 60, algunos se fijan en las experiencias panarabistas primero e islamistas después.

La tendencia se inicia en la publicación vinculada a Jean Thiriart, “La Natión Europeene”, cuyo corresponsal en Argel, jugará un papel fundamental en la vinculación de este ambiente con el mundo árabe, incluso hasta el período actual manteniendo contactos con Saddam Hussein hasta el final y luego en iniciativas de difusión de noticias del Alto Mando de la Resistencia Irakí. A esto se une el hecho de que, Thiriart, además de su faceta política, es presidente de la Asociación Internacional de Optometristas y en calidad de tal viaja por todo el mundo, incluidos los países del Este Europeo, países árabes y China. En el curso de todos estos viajes, traba una red de contactos en función de los cuales va rectificando las ideas que inicialmente inspiraron a “Jeune Europe”.

Esta vía lleva a la admiración por el socialismo panarabista representado en aquella época por Gamal Abdel Nasser, más tarde por Muhamad El Ghadaffi, y finalmente, por Saddam Hussein y el partido Baas extendido también a Siria y Líbano. Las ideas del Baas tendían a demostrar que los países árabes están atrasados a causa de la religión islámica y que los países árabes deben recuperar un destino común fuera del marco islámico. De todo esto, lamentablemente, no queda nada: Ghadafi ha vuelto al redil, en Egipto existe una dictadura personal, Irak está sumido en una guerra civil dentro de la guerra de (aquí si) “de liberación”, que durará años, y, el régimen baasista sirio está aislado y no es representativo de nada, prefiere, incluso, no llamar la atención. No hay socialismo árabe en el siglo XXI.

Cuando esta tendencia no se había confirmado completamente, pero si era demasiado visible para negarla, algunos descubrieron el Baas. En realidad, se trató de otra confusión beneficiada por el nombre del grupo Bases Autónomas que empezó a hablar de sí mismo como “opción basista”, jugando con su propio nombre. Este grupo afirmó una tendencia que también había aparecido en Europa en la extrema-derecha desde finales de los años 40: el “antisemitismo” había intentado pervivir en una categoría considerada como más respetable, el “antisionismo”. Y, dado que “los enemigos de mis enemigos, son mis amigos”, necesariamente los que estaban en primera fila de la “lucha antisionista”, los palestinos, eran “nuestros aliados naturales”.

También en esto había un error. En los años 60, cuando estaba todavía cerca el arranque del conflicto palestino, podían sostenerse posturas nítidas: “judíos agresores – palestinos agredidos”. Dentro de este contexto era fácilmente comprensible el mensaje “antisionista”. Hoy no está tan claro. Setenta años de conflicto son muchos años como para saber quien tiene razón. Los propios palestinos han contribuido a hacer indefendible su causa considerando enemigo, no solamente al Estado Sionista (lo cual es comprensible), sino a todos los ciudadanos israelitas, cometiendo atentados indiscriminados contra la población civil y lanzando a boleo cohetes sobre no importa dónde… todo esto no es, desde luego, la mejor forma de ganar simpatías. En el juego de represalias y contrarrepresalarias ¿quien puede decir quién tiene razón? ¿tiene alguién razón? ¿la población judía que recibe un misil arrojado al azar o los palestinos no combatientes masacrados por la cohetería judía a la búsqueda de terroristas? ¿Está todo tan claro como para poder definirse como pro-palestino o pro-judío en este innoble conflicto, sin ningún tipo de reservas mentales? Permítasenos dudarlo.

Para colmo, a finales de los años 70 aparece el islamismo político en Irán. El ambiente de extrema-derecha recogió con bastante interés esa experiencia nueva, especialmente por que se trataba de un movimiento anticapitalista y anticomunista, antisoviético y antiamericano, además de ser antisionista. A principios de los años 80 se produjo una oleada de simpatía de extrema-derecha hacia el gobierno islámico de Irán. Algunos militantes de extrema-derecha, incluso, no dudaron en islamizarse.

El problema –por que también aquí había un problema- es que estos movimiento eran ante todo islamistas y, como tal, sus principales aliados a considerar, no eran los grupúsculos de extrema-derecha europea… sino los islamistas residentes en Europa. Y estos eran, en medida creciente, inmigrantes procedentes de Turquía y del Magreb.

Así pues, la defensa de posiciones proislamistas llevaba directamente al gran conflicto en el que se encuentra hoy el ambiente NR: esa posición solamente es creíble en un marco de olvido absoluto de lo que representa la inmigración turca y magrebí en Europa.

¿Para qué asumir tareas de solidaridad y apoyo a países y grupos religiosos… que no pueden entender estos gestos dado que, al mismo tiempo, quien expresa esa solidaridad tiene tendencia a desconfiar de los inmigrantes islámicos en Europa? Y por lo mismo: ¿sirve de algo manifestar simpatías hacia el castrismo, hacia Chávez, las FARC, hacia Evo Morales, si para hacer coherente esta posición, hay que olvidar que los inmigrantes procedentes de los “países bolivarianos” están protagonizando una oleada masiva y sin procedentes históricos hacia España?

Y es aquí en donde llegamos al fondo de la cuestión

¿TERCERISMO O IDENTIDAD? ANTE LA IMPOSIBILIDAD DE TERCERISMO + IDENTIDAD…

Nuestro ambiente tiene que asumir una palabra mágica: COHERENCIA. La coherencia evita las contradicciones… con la contrapartida negativa de que definirse cuesta y sitúa siempre a alguien fuera. Pero así es la política… la eterna necesidad de definirse; si no hay definición no hay trabajo político posible.

Los últimos ejemplos que hemos puesto nos sitúan ante una problemática endiablada e irresoluble:

- el “tercerismo” (en sus múltiples variantes) lleva directamente a expresar solidaridades internacionales hacia experiencias muy distintas (pro-árabes, pro-socialistas iberoamericanas, fundamentalmente), en nombre de la “liberación nacional” y el “anti yankismo”.

- pero al mismo tiempo, ese régimen de alianzas, al ser expresado con claridad, genera contradicciones con el desarrollo de la actividad de propaganda en Europa de los grupo NR.

¿Por qué aparece este conflicto? Por falta de definición ideológica o bien por una definición ideológica deficiente.

Una ideología de liberación nacional… precisa definir antes los rasgos de esa nación. Y eso nos lleva a que, sobre las idea de “liberación nacional” se sitúan las idea de “definición nacional”, esto es las ideas de “identidad nacional”.

A partir de los años 60, mensajes como “ni USA ni URSS” eran ya interpretados de distintas maneras: para unos se trataba de oponerse a los dos imperialismos, pero para otros, además, se trataba de oponerse a esos dos imperialismos, no porque fueran imperialismos, sino porque sostenían modelos culturales, políticos y económicos diferentes. En aquellos momentos, los problemas identitarios no existían en la medida en que todavía las identidades nacionales no estaban en verdadero peligro e incluso estaba relativamente claro cual era la propia identidad.

Pero ha pasado mucho tiempo desde entonces: hoy, Europa está sometida a todo tipo de presiones. La inmigración ha pasado a ser el primer problema del continente y no solo por cuestiones económico-sociales, sino fundamentalmente por que tanto la globalización como la inmigración, íntimamente ligada a ella, ponen en peligro las identidades culturales de las naciones europeas. Entendemos, por lo demás, que el baluarte más fuerte contra la globalización lo constituyen los Estados Nacionales y la posibilidad de constituir una Unión Europea que rompa las reglas del juego globalizador. Eso solamente ocurrirá cuando Europa tenga clara cuál es su identidad, una identidad formada por distintas componentes que van desde el mundo clásico, hasta el catolicismo, y cuyo denominador común es el legado indo-europeo. No hay ningún valor por encima de éste y, por tanto, todo lo demás está subordinado a esto.

Cuando no se tiene presente la propia identidad –el “ser uno mismo” de los pueblos, es hoy la principal regla de vida de las comunidades- se olvidan las raíces. Sin raíces una planta no crece, y si logra crecer lo hace erráticamente, débil, mecida a merced del viento.

Cuando se tiene conciencia de la propia identidad, cuando se es fiel a las propias raíces, todo lo demás viene dado por añadidura: es rechazable todo aquello que amenaza esa identidad, es positivo todo lo que lo refuerza, es irrelevante todo lo que no aporta gran cosa a esta cuestión.

Desde un punto de vista identitario, el problema de la inmigración masiva, no es solamente un problema económico-social, adquiere otra dimensión: en tanto que altera la identidad de un pueblo y de una nación, es rechazable. Y esto tiene que ver en el problema de la selección de “amigos” y “solidaridades”.

Resulta absolutamente incoherente que todos los movimientos y regímenes con los cuales, una fracción de NRs muestra su solidaridad… sean prácticamente los mismos, que el zapaterismo tiene como amigos del alma (Chávez, Morales, Castro) o, pertenezcan a los bloques geopolíticos (andinos) y religiosos (islamistas) que constituyen lo esencial de la inmigración que llega a nuestro país. Lo que parece absolutamente absurdo es que si se adoptan posiciones, se están defendiendo identidades muy concretas (la andina-bolivariana, la identidad islámica) que, no solamente, no son europeas, sino que, además, amenazan a la identidad europea. Pocas veces se ha visto una incoherencia tan suicida como esta.

CONCLUSIONES

No pretendemos que El Caracol sea el marco para un debate entre los NR. Nuestra tarea empieza y termina señalando algunas contradicciones no resueltas en el seno de ese espacio. Pero al parecer, algunos ambientes NR viven mucho mejor en pleno ejercicio de la ambigüedad. Lo que nos preocupa, no es que no se recoja el guante del debate en El Caracol… sino que se escamotee el debate incluso en los propios medios y blogs específicamente NR.

En lugar de eso, lo más que se ofrece es una “hoja de ruta” de la que ni siquiera se sabe explicar en qué consiste, más allá de “encuentros amicales” y de que, sobre todo, se trata de evitar los “polemistas profesionales”… pero no se enumera ningún tema de discusión, tan sólo, tímidamente, si los NR deben ser una “corriente” o un “partido”... ¿y qué importa, si los principios de esa corriente o de ese partido no están suficientemente claros? Da la sensación de que los promotores de la “hoja de ruta” siguen aferrados a la tradición de huir de cualquier definición que pueda hacer perder un solo afiliado, aunque se mantenga la confusión que impide ganar afiliados y facilitar una profundización doctrinal.

En cuanto a nuestra situación personal se resume así: no nos podemos considerar miembros del “área NR” por la sencilla razón de que éste área debe definirse si quiere demostrar su existencia. No basta con “sentirse NR” hay que saber definir en qué consiste ese “sentimiento”.

Por nuestra parte, creemos haber dejado suficientemente claro, que lo identitario permite un mayor grado de definición y de él derivan tomas de posición coherentes en muchos aspectos. Nosotros, somos identitarios, no tenemos problemas de definición, pero nos gustaría saber si el sector NR está de ese lado o del lado tercerista.

 

EL GRAN PROBLEMA: LA INADECUACION IDEOLOGICA FALANGISTA

EL GRAN PROBLEMA: LA INADECUACION IDEOLOGICA FALANGISTA

 

En los documentos originarios de Falange Española se percibe en ocasiones un peligroso equívoco entre programa y doctrina. El programa es un elemento táctico que resume las propuestas que un partido puede efectuar en un momento dado de su historia. Cuando se alteran las circunstancias, cambia necesariamente el programa. En cuanto a la ideología, a diferencia del programa, es fija e inmutable. En principio… por que las ideologías terminan siempre siendo esquemas rígidos que pierden pronto actualidad. Resulta evidente que al leer las páginas de las Obras Completas estamos ante un libro que nos ayuda a comprender la historia de la Segunda República; así mismo al leer las «Disgresiones sobre el Futuro de las Juventudes» de Ramiro, estamos repasando la historia de Europa… hasta ese momento y otro tanto ocurre con el «Discurso a las Juventudes de España». Hace falta, pues, establecer exactamente que es lo que hay de presente y de futuro en todo este material histórico.

La primera impresión es que hay poca actualidad en los textos históricos. Ciertamente José Antonio y Ramiro atacaron al capitalismo y hoy esta temática tiene una actualidad inequívoca, pero el capitalismo que conocieron ambos tiene muy poco que ver con el capitalismo moderno. Nada se dice sobre los procesos que conforman la realidad del capitalismo moderno: la automatización de los procesos de trabajo, la revolución de las comunicaciones generada en la posguerra y la revolución de la microinformática experimentada a principios de los años 80, el proceso de globalización con la creación de un mercado único global, los procesos de deslocalización industrial de Norte hacia el Sur y los procesos de inmigración masiva del Sur hacia el Norte, las necesidades de nuevas dimensiones nacionales que respondan a este proceso, la desaparición del comunismo, lo efímero de la nueva izquierda, la creación de la Unión Europea, la elevación de los Estados Unidos y de sus contenidos culturales al rango de único «imperio», etc., todo ello implica nuevo elementos ante los cuales no existen respuesta en las Obras Completas, ni en los textos históricos, capaces de aportar planteamientos adecuados sobre ninguno de estos temas. Ni, por lo demás, existen ideólogos en las filas de las distintas fracciones falangistas capaces de revisar de manera indiscutible estos temas y proponer respuestas concretas.

A decir verdad, este problema se viene arrastrando desde los tiempos de la postguerra cuando el partido advierte que los líderes históricos han sido asesinados durante la guerra. En ese momento, los militantes falangistas tienen demasiado reciente el impacto de la contienda y el hecho de que algunos de ellos estén ocupando puestos directivos en el nuevo Estado, hace que se obvie el completar las lagunas ideológicas. Cuando se está en el poder se piensa en gestionarlo, no en justificarlo o interpretarlo. Por lo demás, en un primer momento, el fascismo parecía que lograría imponerse a los Estados democráticos y las perspectivas eran buenas, así que las únicas cosas que se rectificaron afectaban a la «cuestión nacional» (ingenuas rectificaciones territoriales en Marruecos, Sahara y Guinea) y poco más. Pero, en un segundo momento, cuando las cosas se torcieron para las fuerzas del Eje, algunos empezaron a advertir la naturaleza del conflicto que estaba ante la vista: o bien Falange se democratizaba (algo difícil por que la impronta y la estética fascista estaban demasiado presentes y constituían el alma de Falange, tanto de la disidente del Movimiento, como de la franquista. Llama la atención que, muy frecuentemente, los disidentes les Movimiento, los falangistas antifranquistas, eran, contra lo que se tiene tendencia a pensar, eran más proclives al fascismo y al nazismo, que los sectores oficialistas.

A partir de ese momento empezó el fraccionamiento en cadena: la mayoría del movimiento falangista adoptaron posiciones seguidistas hacia el franquismo; una minoría muy exigua pasó a engrosar la disidencia falangista, más o menos clandestina, otros desengañados por la imposibilidad de realizar al «revolución nacional» a la vista de la derrota del Eje, se desmovilizaron. Los hubo –como Ridruejo– que se dejaron ganar por las tesis de recuperación de las libertades democráticas y abandonaron el falangismo.

En una segunda fase del conflicto ideológico se produjo una decantación hacia los dos elementos que componían la síntesis «nacional-sindicalista». Aparecieron los falangistas «más nacionalistas que sindicalistas» y los que se consideraban más «sindicalistas que nacionalistas». Los primeros se identificaban casi completamente con los falangistas del Movimiento Nacional, los segundos fueron a engrosar los movimientos «hedillistas» y «falangistas de izquierda» que sobrevivieron hasta finales de la década de los 70. Existió un último sector que intentó mantener la síntesis situándose en una posición equilibrada entre los dos términos en nombre de la «ortodoxia ». Nos referimos al F.E.S., si bien es cierto que todos los sectores se consideraban herederos de la Falange fundacional.

A medida que se hizo evidente que España debía confluir, antes o después, con Europa, algunos falangistas intentaron formas de adaptación a las formas políticas que entonces imperaban en Europa. Fue así como Cantarero del Castillo, haciendo una lectura unilateral y selectiva de los textos joseantonianos (excluyó por supuesto cualquier otro) concluyó en posiciones socialdemócratas que sostuvo desde su Asociación de Antiguos Miembros del Frente de Juventudes, quedando muy lejos del tronco central falangista. Su libro «Falange y socialismo» fue contestado con particular energía por el FES.

Pero otros se alejaron aun mucho más. A principios de los años sesenta núcleos universitarios de las Juventudes Falangistas pasaron directamente al Partido Comunista de España e incluso, como en Barcelona, algunos se integraron en la extrema-izquierda (Juan Colomar pasó al Front Obrer Catalá y fue uno de los fundadores de la Liga Comunista Revolucionaria, “Anibal Ramos” siguió la misma trayecto, pero pasó luego a la Organización Trotskysta y luego al Partido Obrero Revolucionario y fueron dos ejemplos entre un par de centenares).

Otros, como Miguel Hedilla Larrey, al reemprender la actividad política constituyó un Frente Nacional de Alianza Libre, de difícil definición, pero, en cualquier caso oficialmente no-falangista. En el libro «Hacia una historia del FES» se explica ese proceso: «Por aquella época el FSR, producto de una escisión del FES, ya había hecho su aparición intentando evitar las formas falangistas para hacer más vendible su mercancía. Según la historiadora inglesa Ellwood actuaba como Presidente del FSR Manuel Hedillla quien aprovechando un viaje de Narciso Perales, auténtico líder del grupo, a Iberoamérica, había convertido el FSR en Frente Nacional de Alianza Libre».

Hay que dedicar un pequeño párrafo a Miguel Hedilla. Tras se condenado a muerte pasó una temporada en prisión y luego en el destierro. En 1965, Narciso Perales contactó con él, pero Hedilla no estaba dispuesto a participar en nada que tuviera como rótulo la palabra «falange» o «nacionalsindicalista». De hecho, esta posición vería ya de la postguerra. Un falangista barcelonés que lo visitó con una delegación en su destierro para pedirle consejo y orientación me dijo textualmente: «Nos mandó a paseo». Hedilla murió en 1969 y Fuerza Nueva fue una de las pocas revistas que publicaron su esquela. El mito, absurdo, pueril y, entre ingenuo y malintencionado, consistió en la creación de una «falange hedillista», cuando Hedilla murió incuestionablemente como «no-falangista» e incluso muy contestado en medios «ortodoxos» del FES que le dedicaron un artículo titulado «Gerontocracia (la coalición de los abuelos con el afán de mandar»).

El programa del FNAL era difícilmente definible, recordaba algo al de Falange, pero no aparecían las referencias clásicas. Tampoco da la sensación de que nunca tuviera una gran extensión ni profundidad y todo induce a pensar que se trató apenas de una extensión del FSR extendido a unas pocas provincias. Y, por lo demás, no está claro que todos los militantes del FNAL fueran no-falangistas. Sin embargo, todas estas indefiniciones, dificultades para entender realmente lo que pasó en aquellos momentos, versiones diferentes y contrapuestas, no pueden hacer olvidar que hacia finales de los años 60 algunos sectores falangistas empezaron a ser víctimas de un complejo de inferioridad hacia la extrema-izquierda que les hizo, poco a poco, virar hacia posiciones situadas mucho más allá de la izquierda situada en la oposición democrática. Es fácil entender por qué esos falangistas «acomplejados» nacieron de  núcleos estudiantiles. La universidad española en aquella época era un coto cerrado de grupos, partidos y partidillos marxistas.

Era prácticamente imposible actuar políticamente en la universidad con otros planteamientos. Así de sencillo. Algunos falangistas, disidentes del FES (los «lupulinos») en Madrid y miembros de las Juventudes Falangistas en Barcelona se fueron corriendo, primero poco a poco y luego a velocidad de vértigo, estos núcleos fueron virando hacia posiciones más izquierdistas, con incorporación de elementos marxistas, anarquistas, sindicalistas, admiración a las experiencia armadas de la izquierda iberoamericana, etc. El caso extremo lo componen las Juntas de Oposición Falangista en Madrid y la Acción Revolucionaria Sindicalista de Barcelona, que se manifestó junto a la CNT en varias ocasiones y a la que, fatalmente, terminaron integrándose algunos de sus miembros, tras una larga y tortuosa evolución en la que existieron etapas intermedias: Confederación de Grupos Autogestionarios, junto al Partido Sindicalista, mezcla de pestañistas en Barcelona y de antiguos miembros del FSR en Madrid, todo para terminar diluidos en la CNT en el tiempo en el que esta organización era potente. Tras el «Caso Scala» (en el que resultó involuntariamente mezclado alguno de estos personajes), de todo esto no quedó ni el recuerdo. Pero de esta experiencia no hay más que retener que las deficiencias ideológicas y la hegemonía de la izquierda entre la juventud de la época, generaron un complejo de inferioridad resuelto de manera muy ingenua en tres fases: en la primera se seguían manteniendo los mismos símbolos y estética, pero acompañados de una retórica ultraizquierdista en la que se intentaba «superar al partido comunista por la izquierda»; en una segunda fase –y a la vista de que el planteamiento era increíble para la extrema-izquierda marxista y anarquista a la vista del acompañamiento ritual y simbólico– se renunciaba a la estética falangista para concentrarse solamente en los aspectos «sindicalistas» y «sociales» del anterior programa; en una tercera etapa, se renegaba textualmente del origen y se pasó a integrar las filas de los partidos  o sindicatos marxistas o del a CNT. Un verdadero drama surgido al calor de un complejo de inferioridad ideológico.

El grupo FE-JONS(A) siguió una evolución similar, pero con algún matiz. Nunca renunció a la estética falangista creyendo, en una ingenuidad absolutamente incomprensible, que forzando los planteamientos izquierdistas lograrían un reconocimiento, no ya democrático, sino de las fuerzas situadas más a la izquierda. Algo imposible, por supuesto. Para colmo –recuerda el libro «Hacia una Historia del FES»: «Su ideario, para no ser menos que los demás, se resumía en 27 puntos, ajustados lo más posible a los de la Falange primitiva, limando por supuesto aquel lenguaje que se hacía impresentable. Así el punto 3, aparecía con un “Tenemos vocación universal...” en vez del “Tenemos vocación de Imperio...”. Se ponía el mayor énfasis en el aspecto sindical y en una utópica transformación económica de imposible realización, común denominador de los grupos falangistas, tales como nacionalización de la banca, de los servicios públicos, de los seguros y de “toda empresa que por necesidad nacional sea conveniente” (punto 14). En lo referente a la Iglesia, tras “reconocer” la dimensión religiosa del hombre (lo cual por otra parte no era decir nada) y saberse inspirados en la ética cristiana, exigía la absoluta separación entre Iglesia y Estado “sometiendo a la primera a ley civil en materia secular”».

No vale la pena extenderse mucho en todo esto que, en el fondo, es agua pasada. Sirve, eso sí, para demostrar hasta qué punto, a pesar de no quererlo reconocer, la realidad hacía que las limitaciones doctrinales y la creciente inadecuación entre doctrina y realidad, generaran cada vez más conflictos. A partir del 23-F, cuando las distintas fracciones falangistas entran en una etapa de lenta extinción, estas diferencias doctrinales pasan a segundo plano, se elude cualquier tipo de problemática ideológica –a pesar incluso de la convocatoria de un Congreso Ideológico por parte de Diego Márquez que llegaba demasiado tarde cuando ya no existía iniciativa en ningún terreno y los cuadros más experimentados ya habían abandonado el partido– y el único problema consiste en cómo poder sobrevivir realizando un mínimo de actividad que asegure que las plazas de militantes que abandonan, mal que bien, sean cubiertas por recién llegados.

Pero este complejo de inferioridad no aparecía por primera vez en 1968. Se evidenció por primera vez tras la derrota del Eje y la desaparición política del fascismo. Desde nuestro punto de vista, Falange fue la versión española del Fascismo Italiano, como existieron otras versiones, cada cual con sus particularidades, con su voluntad de diferenciarse del modelo italiano y con sus innegables concomitancias. Si no se reconoce esta filiación y se evita reconocer que la separación entre fascismo italiano el falangismo español, es una grieta tan pequeña como la que puede separar a la socialdemocracia alemana del socialismo español o del laborismo inglés, entonces se está polemizando inútilmente. José Luis Jerez hace más de 20 años resumió sus conclusiones en su libro «Falange, partido fascista » y a él remitimos a quien quiera profundizar en la cuestión. El propio Jerez, en una obra posterior en la que recopilaba los  escritos de Manuel Hedilla, demostraba fehacientemente, la  mentalidad de aquella Falange en aquella época… Se trataba, pura y simplemente, de la versión española del «fascismo español». Era un signo de los tiempos.

El problema vino cuando se produjo la situación contradictoria en la que España no entró en guerra junto al Eje y la derrota de las potencias «fascistas», generó una Europa democrática de la que nuestro país resultó excluido. Si España hubiera participado en la guerra mundial, la derrota hubiera generado la prohibición del «partido fascista español» y su reconversión en un partido democrático, como ocurrió en Italia con el MSI. Pero la persistencia del régimen franquista y su aislamiento internacional, hizo que Falange permaneciera al margen de la debacle del fascismo europeo y lograra mantener unas décadas su inercia interior. Como máximo, aprovechando algunas frases dispersas en las Obras Completas, se creó la ficción –increíble a todos menos a quienes estaban predispuestos a aceptarlo– que la Falange no era un partido fascista. Esta tendencia fue creciendo a lo largo de los años 60 y 70, hasta convertirse en un clamor de buena parte de los sectores azules.

Se negaba lo que para toda España y para los historiadores y comentaristas políticos, para la opinión pública y para los observadores extranjeros, era obvio, a saber: que la Falange si tenía un «origen» y una inspiración en los movimientos fascistas de los años 30. El error de los distintos núcleos falangistas consistió en pensar ingenuamente que sólo con unas pocas frases dispersas en los textos clásicos podían levantarse la pesada losa que pesaba sobre Falange. Era completamente imposible.

Por lo demás, había quienes compartían la visión de la falange como partido fascista y estaban dispuestos a contrarrestar los esfuerzos de quienes negaban la mayor. El error consistió en no reconocer que el fascismo había perdido la guerra, que Falange pertenecía al tronco de ideologías de los años 30 que habían nacido inspiradas en el fascismo

italiano y que era precisa una reconversión urgente. Eso era evidente a partir de 1945. Cuando veinte años después, eso fue evidente, las actitudes fueron tres: negarlo defendiendo una ortodoxia que afirmaba justamente lo contrario (FES), dar una orientación obrerista-izquierdista (neo-hedillistas y falangistas de izquierda), dar una orientación franquista al partido (Fernández Cuesta, Girón, etc.). Pero, aparte, del intento de Cantarero y de su «Falange Socialdemócrata», de muy escasa penetración en la clase política, a nadie se le ocurrió, incluso en una fecha tardía en modificar las pautas del partido y convertirlo en una fuerza política democrática y homologable a los partidos que empezaban a despuntar y que, antes o después, deberían competir en unas elecciones libres. Quizás es que no era posible. Quizás es que nadie reparó en la necesidad. O que nadie tuvo la capacidad para hacerlo.

Existía otra posibilidad: la de llevar al franquismo hacia posiciones progresivamente más falangistas. Pero esta perspectiva encontraba dos obstáculos: indefinición e inadecuación ideológica de un lado y de otro falta de cuadros para afrontar el período desarrollista, tal como hemos mencionado antes. Solamente en el terreno sindical Falange podía aportar algo. La legislación social del franquismo era un producto de los falangistas enclastrados en el régimen. Pero, a partir de los Planes de Desarrollo, cuando el país vivió un período de crecimiento económico, los trabajadores, fueron distanciándose progresivamente del régimen –solo puede pensarse en cambios profundos con el estómago lleno– y los núcleos falangistas fueron, poco a poco, desbordados por Comisiones Obreras, entre cuyos miembros fundadores se encontraban algunos antiguos falangistas.

La vía de la evolución del régimen hacia posiciones falangistas era imposible. La vía de la constitución de un partido democrático homologado a otros partidos y con capacidad para obtener buenos resultados en unas elecciones democráticas, tampoco pudo concretarse. No había dirigentes prestigiosos que, además, fueran ideólogos o estrategas capaces de darse cuenta del estado de la cuestión: el tiempo de Falange había pasado, sólo quedaba el renovarse o morir. Y el conjunto no se renovó en una vía razonable, lógica y que pudiera ser apreciada por la población. Por que los puntos en los que se producía una inadecuación creciente de la doctrina falangista eran varios:

IDEA DE ESPAÑA

«España es una unidad de destino en lo universal». Bien, esto es aceptable pero no resuelve completamente la «cuestión nacional» especialmente en este momento histórico en donde la «dimensión nacional» es fundamental para la supervivencia del Estado. Y, por lo demás, esto tampoco resuelve la cuestión histórica de «cuándo empezó España a existir?». Para la escuela tradicionalista fue a partir de la conversión de Recaredo y durante la Reconquista y, por tanto, España está íntimamente ligada a la catolicidad. Y esto lleva a otro planteamiento sobre el catolicismo en Falange. Y, a partir de aquí, las discusiones ideológicas que derivan evidencias, no sólo los desfases entre la doctrina fundacional y la realidad actual. Por que estamos en el período de los grandes bloques continentales.

Para afrontar el reto del «imperio americano» y de la globalización un solo Estado Nacional no basta. Carece de la «dimensión» adecuada. Esto no ocurría en 1933, ahora sí. Algunos falangistas lo percibieron incluso en los primeros tiempos del franquismo cuando la añoranza del Imperio reavivó la idea de «hispanidad» o de «comunidad hispánica de naciones».

Era una vía, desde luego, pero que ignoraba tres hechos fundamentales: la geografía que hacía que España estuviera alejada del Iberoamérica y que éste subcontinente, a partir de la Doctrina Monroe fuera coto privado de los EE.UU.; la propia actitud de los Estados iberoamericanos poco interesados en establecer vínculos preferenciales de tipo político con España que supusieran un menoscabo a la posición norteamericana: y, finalmente, los propios nacionalismos iberoamericanos que generaban innumerables focos de conflicto entre los países fronterizos (Argentina y Chile, Bolivia y Paraguay, Bolivia y Perú, Colombia y Panamá, Honduras y Guatemala) y por la situación interior de debilidad creciente de esos países (inestabilidad en los años 50, guerrillas en los 60, golpes de Estado en los 70, corrupción partitocrática en los 80, dependencia económica en los 90 y bancarrota en el siglo XXI).

Estaba claro pues que era preciso rectificar algunos aspectos de la doctrina falangista. Especialmente a partir de la muerte de Franco. Pero a principios de 1976, cuando tuvo lugar el Congreso Nacional Falangista, en la «Ponencia Internacional», David Jato siguió sosteniendo la negativa a orientar la política exterior del partido hacia Europa y a seguir insistiendo en los vínculos preferenciales con Iberoamérica. Bruscamente, en 2002, una de las fracciones falangistas, «La Falange», descubrió que Europa existía. Siguió sin rectificar la «política europea» contraria a la U.E., pero, eso sí, empezó a tener contactos con otros grupos europeos, frecuentemente contradictorios y enfrentados entre sí (Le Pen, el NPD, el grupúsculo italiano católico Fuoza Nuova) llegando a afirmar que había constituido un «frente Europeo prolongación del Frente Español»… ahí es na’.

La cuestión no era solo de «contactar» con otros grupos de manera superficial, sino de rectificar ideas respecto a la «cuestión nacional». España en 1975 estaba destinada a converger con Europa. Lo único que podía defenderse ya a partir de entonces era: 1) un acuerdo ventajoso para España en su integración a Europa y 2) una concepción particular de Europa que no tenía por qué coincidir con la oficial del entonces Mercado Común. Frente a la «Europa de los Mercaderes» y una «Federación de Estados Nacionales». En lugar de esto, la postura imperante en las distintas fracciones falangistas era, pura y simplemente, negar Europa, la integración en la U.E. y seguir afirmando la perspectiva iberoamericana.

Muy pocos en Iberoamérica tienen idea de lo que es la «Hispanidad ». A unos cuantos millones de argentinos, ecuatorianos, peruanos y colombianos, España solamente es la posibilidad de huir de la inestabilidad y la miseria. En algunos círculos falangistas a principios del 2000 se sostenía la absurda teoría – y entre los que lo sostenían figuraban algunas «cabezas pensantes» del sector– que era necesario estimular y admitir la inmigración iberoamericana en Europa para estimular la «españolización» de Europa. En efecto, la llegada masiva de inmigrantes andinos a Europa debería suponer un estímulo a la lengua y a la cultura española en el nuevo continente. Con análisis así no hacen falta estudios críticos. Ni siquiera enemigos...

LA CUESTION RELIGIOSA

Luego estaba la cuestión del catolicismo. José Antonio y Onésimo eran católicos. Ramiro, simplemente ateo. La mayoría de los militantes históricos, seguramente, eran católicos en un tiempo en el que el catolicismo era hegemónico en la sociedad española. Hoy no ocurre lo mismo. Desde los años 60 y, especialmente, a partir de las reformas conciliares, el catolicismo fue perdiendo influencia hasta ser hoy una comunidad religiosa en franca recesión y en evidente crisis abierta. Por lo demás, la crisis que la Iglesia está viviendo desde el inicio del papado de Juan Pablo II, se ha ido agudizando hasta comprometer la existencia de la institución que, en nuestra opinión, vive una crisis terminal. Esto, sin olvidar que, a partir de los años 50, los distintos sectores falangistas han hecho del Opus Dei una especie de «bestia negra»… ese mismo Opus que se ha convertido en uno de los pilares de la Iglesia en el período Wojtyla hasta el punto de, contra cualquier lógica y criterio, Roma ha elevado a la santidad al fundador de la secta.

Para un sector políticamente prudente, esta crisis terminal de la Iglesia debía forzar a la reflexión. Cada vez resultaba más evidente que había que situar al partido fuera de la influencia de la Iglesia… precisamente por que no se sabía –o más bien las intuiciones que se tenían eran absolutamente negativas– hacia donde iba a evolucionar la institución. Pero, contrariamente a esa lógica, los núcleos falangistas siguieron una evolución completamente diferente: los falangistas colaboradores con el franquismo, colaboraron luego con Blas Piñar, católico ante todo y católico tradicionalista en un momento en que la influencia de esta corriente en la Iglesia española eran mínimos; otros, como el FES siempre ligaron el catolicismo a su comunidad política; a partir de los años 80, la fracción FE(i) abundó en esa perspectiva; ya en el 2000, algunos elementos de la fracción La Falange, dieron muestras de estar más en la línea de Blas Piñar de 1977 que en la de la Falange histórica, sosteniendo, contradictoriamente, posturas tradicionalistas en lo religioso que no les impedían colaborar con el grupo valenciano España 2000, cuyo inspirador y «alma», José Luis Roberto, era el impulsor de ANELA, asociación defensora de los intereses de los propietarios de los puticlubs y entonces era mucho más conocido por esta actividad que por su ideología política (en septiembre de 2002, sobre 15 noticias almacenadas en la base de datos de EFE en las que aparece José Luís Roberto, 13 tenían que ver con la temática de los puticlubs y 2 con incidentes en el barrio valenciano de Ruzafa).

¿Qué puede pensarse de todo esto?

Las actitidudes de las distintas fracciones falangistas son, como mínimo, contradictorias en el terreno religioso y varían desde el indiferentismo, hasta los integristas religiosos, pasando por los que han optado por la inercia de seguir sosteniendo sin mucho interés los textos fundacionales en los que se alude al catolicismo. Pero no existen entre los documentos falangistas ninguno que haya denunciado la situación de crisis y desintegración de la Iglesia, optando, en consecuencia, por una política de alejamiento de la institución, sosteniendo una ética y una moral, pero no una confesionalidad.

En 2002 tuvimos la desagradable experiencia de discutir en un foro falangista en Internet con alguien que defendía la santidad de «Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer» (aun cuando el nombre que consta en su partida de nacimiento es José María Escriba Albas). La idea, apoyada en sus 8 años de estudios de teología, era que un Santo aprobado por el Papa era un verdadero santo, a despecho de que existiera un evidente (e incalificable) oportunismo en esta canonización y que existieran muchas personas que conocieron a Escriba personalmente y que pueden atestiguar que, como mínimo, fue una persona curiosa, pero muy alejada de la santidad. Pues bien, en la polémica terciada en ese foro falangista, apenas hubo respuesta a la santidad de Escriba. En otras palabras: una idea que hasta ese momento había estado muy clara –que el Opus Dei era una secta católica de extraños e incomprensibles comportamientos en lo personal y una trayectoria política neoliberal y, desde luego, históricamente antifranquista– ya no lo estaba tanto. En ese mismo foro se discutió sobre «España» y su origen histórico.

Algunos sosteníamos que España era anterior a la conversión de Recaredo y sobreviviría a la próxima e inevitable desintegración de la Iglesia. La estrecha vinculación entre España y la Iglesia fue real en un período de su historia (en el período Imperial), pero, antes de este período y después del mismo, no hay que exagerar la importancia histórica de la vinculación a Roma. En la Edad Media menudearon los conflictos entre las Ordenes Militares y Roma de un lado y entre el estamento caballeresco y el religioso de otro. Por lo demás, la Iglesia de aquel tiempo era muy diferente a la que salió de Trento y la Iglesia de Trento y la actual median distancias interestelares. 

Identificando España con Catolicidad lo único que se logra es interpretar un período en la historia de España. Pero hubo un antes y un después, de la misma forma que hubo un origen y habrá un futuro. Los hispanos existían desde que la Península fue romanizada. La existencia de pueblos íberos y celtas es, incluso, una base para justificar la aproximación de la España moderna a Europa en donde también existían troncos étnicos similares. Pero Falange siempre ha eludido el planteamiento desde el punto de vista étnico. Y la perspectiva religiosa tiene un alcance limitado, especialmente en nuestros días en los que la crisis de la Iglesia y lo dudoso de la trayectoria que pueda seguir el sucesor de Wojtyla aconsejan, como mínimo ignorar cualquier referencia al catolicismo.

El problema era que las posturas fundacionales eran bastante confusas al respecto. Ya hemos recordado que Ramiro era ateo y José Antonio católico. El problema fue que los herederos de Falange debieron de optar por una línea o por otra. El FES, en el que reconocemos el intento más esforzado por perseguir la «pureza joseantoniana», el planteamiento sobre la cuestión religiosa en los años 60 era original. Citamos un fragmento de «Hacia una historia del FES»: «Precisamente esa cosmovisión le llevó a entender la política como algo completo, total. Es decir, se preparaba a la formación de una milicia que asumiera voluntariamente valores religiosos, semejante a una orden militar, y que sería el “ejército” encargado de hacer realidad los postulados falangistas. Esa vena de sentimiento religioso, donde se entendía que el sacrificio era camino de perfección contaba con la aceptación sin reservas de los dogmas católicos, no ya por tradición histórica inherente a los nacionalismos, sino por acto de aceptación voluntaria de lo que se entendía verdadero. De los textos de Primo de Primo de Rivera se desprende más una llamada al ejercicio personal del compromiso que a la simple participación política».

Y más adelante se amplían estos datos: «Sin ambigüedad alguna se llegaban a declarar “católicos, apostólicos y romanos sin ninguna reserva mental”. Desarraigar la espiritualidad falangista de los dogmas católicos podía conducir a una pseudorreligión” que, si en principio pasara por buena, no tardaría en producir hedor y pestilencia”. Se rechazaban posibles posturas de confusión mantenidas por sectores falangistas en la época republicana, en guerra y después de ella. Se trataba, evidentemente, de una decisión individual y voluntaria la aceptación o no de la doctrina católica para los falangistas. Había habido ejemplos de personajes agnósticos como Ledesma Ramos o Manuel Mateo, e incluso hay recogido algún caso aislado de repudio religioso lo que no deja de ser anecdótico.

De las tendencias menos religiosas de la Falange, y por lo que interesa a este estudio, estaba la de Ledesma Ramos, quien con su agnosticismo, llegó a contagiar a sectores falangistas muy posteriores, que veían la mordiente revolucionaria en el fundador de las JONS e intentaban identificar su “radicalismo revolucionario” con posturas poco religiosas. Conocidos como “ramiristas” estos sectores del falangismo contaron con la oposición radical del FES, quien a su vez recibía de ellos los improperios de “parecer más el Opus que de la Falange”, la calificación de “meapilas” o el tachar a alguna de sus publicaciones de “hoja parroquial”. El FES reivindicaba la conversión religiosa de última hora de Ledesma y tildaba de inconsistencia y no falangista la postura de estos “feroces guevolucionarios”, quienes fundamentalmente hacían gala de una de las constantes asignadas al fascismo: la del radicalismo verbal, y no resultaban novedosos pues a lo largo de la historia de la Falange ya habían surgido núcleos que se adscribían a Ledesma Ramos como el “auténtico revolucionario” de la ideología falangista. Los textos y la biografía de Ledesma se hacían con ópticas distintas según los intérpretes. Y aunque su figura fuera en ocasiones reivindicada por el FES, quedaba bastante apartado de su devocionario».

El asunto de las relaciones entre la Iglesia y el Estado lo tomaba el FES partiendo de su esquema ideológico, plena y exclusivamente joseantoniano, esto es, aceptando el magisterio de la Iglesia y teniendo por válido el planteamiento que se realizó durante la época republicana y que significaba la no interferencia en asuntos políticos concretos por parte de la Iglesia y de sus formaciones y, en contrapartida, la no intervención del Estado en asuntos propios de la vida de la Iglesia.

La norma programática 25 de Falange Española planteó problemas de conciencia para algunos militantes falangistas que aprovecharon la ocasión (caso del Marqués de la Eliseda) para abandonar la asociación política escudándose en el mencionado principio. El estudio pormenorizado de lo que significaba tal norma ha sido estudiado por Cecilio de Miguel en su libro «El pensamiento religioso de José Antonio» concluyendo ser admisible para la Iglesia el sentido de separación allí expresado. Pero ni siquiera en este punto ha existido unanimidad.

La postura de la Falange hacia la Iglesia había sido de sumisión en el terreno ideológico-moral y de separación de funciones en el político. Ya durante la guerra civil española y en los primeros años de la conflagración mundial se asistió a una lucha entre los sectores más totalitarios del partido y la jerarquía de la Iglesia católica, que acabó con el sometimiento de la Falange a las imposiciones eclesiales. Desde los primeros tiempos, las organizaciones del régimen consideradas más falangistas contaron con el claro influjo de la Iglesia católica

en sus presupuestos ideológicos y también con la participación de religiosos en sus quehaceres. En las formaciones juveniles y en los sindicatos existían asesores religiosos; la moral católica era asumida y estudiada en las parcelas más azules del régimen.

Todo ello no fue obstáculo para la antipatía hacia la Falange de prelados como Segura o Pla y Deniel y el apoyo de otros como Eijo y Garay. En las filas de la organización más falangista del Régimen, el Frente de Juventudes, se vivía un clima religioso aunque en modo alguno clerical, y las inclinaciones políticas más vaticanistas no eran precisamente juzgadas con benevolencia. Asimismo hubo motivo de discordia en la competencia que en el terreno juvenil planteaban organizaciones religiosas y que representaban el único contrapunto al monopolio de organización de jóvenes que suponía el Frente de Juventudes».

Para el FES resultaba de una claridad meridiana, como ya ha quedado expresado, que los fundamentos del pensamiento falangista pertenecían a la filosofía católica y que la revolución que habría que hacer en España sólo era posible con la aceptación de sus presupuestos espirituales. El pensamiento de José Antonio y el magisterio de la Iglesia eran, según decía el FES, las fuentes que utilizaba para fijar su postura. Se pedía, en consecuencia, la independencia de ambos estamentos vía complementariedad. La Iglesia no debía intervenir en asuntos políticos concretos de forma partidista, sus organizaciones laicas como la A.C., si adoptaban esa forma de participación quedaban expuestas a la “respuesta contundente” tal y como anunciaba el FES en sus publicaciones. El Estado tampoco debía inmiscuirse en cuestiones internas de la propia Iglesia como ocurría con el histórico Derecho de Presentación, que el régimen se obcecaba en mantener».

Es interesante constatar que el FES de los años 60 y principios de los 70, reconocía la “relajación del clero” (cuando en realidad habría que haber aludido a los primeros síntomas de crisis de la Iglesia). En el citado libro se escribe: “En consecuencia, para luchar contra la relajación del clero, se veía positiva la supresión de privilegios como exenciones fiscales o jurisdicción particular. Los bienes disponibles por parte de la Iglesia seguirían perteneciendo a ella condicionados al cumplimiento de una función social, en caso contrario habría que acudir a la incautación. El Estado debería controlar esos bienes para impedir su libre enajenación y, adelantándose en el tiempo, se pedía que la jerarquía eclesiástica decidiera, con el control estatal, si deseaba que el clero viviera de la caridad pública o impusiera el Estado a los ciudadanos católicos el pago de un impuesto. Se acoplaba el FES en lo referido a la doctrina a los cauces más tradicionales de la Iglesia católica, mientras que en el aspecto relativo al poder social que la Iglesia podía tener apuntaba soluciones mucho más progresistas».

Y, sobre el Opus Dei «Hacia una historia del FES» explica: «De entre las formaciones integrantes de la Iglesia católica por el papel que desde finales de los 50 representaron en la sociedad española y por las controversias habidas con la Falange hay que prestar atención preferente al Opus Dei. El enfrentamiento de falangistas con el Opus Dei era un viejo asunto que se ponía más de manifiesto ahora, cuando hombres vinculados a la Obra ocupaban puestos en el gobierno. No resulta extraño que hable Hermet de multiplicidad de grupos de “falangistas de izquierdas” cuando el ascenso de los opusdeístas. Pero tal planteamiento al FES le resultaba inválido y efectivamente lo era. La crítica contra el Opus Dei no se hacía por competencia de ocupar puestos en la Administración (a los que nunca optó el FES, ni por defender el sillón de francofalangistas a los que se criticó suficientemente su gestión ministerial) sino por entender, con evidente error de apreciación, que esa organización religiosa había fracasado.

Así, no resulta acertada la consideración de Ernest Milá acerca de que “El FES fue el enemigo jurado del Opus Dei al que vio siempre como la vanguardia confesional del capitalismo y como la bestia negra de la Falange...” porque si hay mucho de cierto en cuanto a lo primero, para el FES quedaba claro que la lucha por el control de los resortes del poder se hacía entre miembros del Opus y francofalangistas a los que el grupo falangista criticaba y despreciaba como elementos falsificadores de la verdadera Falange (se nos permite aprovechar para seguir sosteniendo la postura que sosteníamos cuando escribimos aquellas líneas, diremos que el autor de «Hacia una historia del FES» se muestra excesivamente puntillista y no terminamos de entender qué intenta decirnos, cuando dábamos por supuesto que los miembros del FES hacían una distinción entre ellos y los francofalangistas, pero no por ello ignoraban que el Opus Dei se estaba haciendo con el control del Estado franquista. Podemos añadir ahora que la crítica que puede hacerse a los miembros del FES de la época es no haber tenido claro que el régimen no era algo homogéneo sino que existían facciones, algunas de las cuales pertenecían al mismo tronco que el propio FES y otro no. Se podía hablar –y de hecho se habló con los primeros– pero era imposible encontrar territorios comunes con el Opus.

La crítica que se realizaba entraba más en las consideraciones éticas que políticas, eso al menos se desprende de los razonamientos hechos en las publicaciones del grupo falangista sobre el tema. Resulta curioso, por otra parte, que en las filas del grupo falangista se estableciera como libro de cabecera «Etica y estilo falangistas» un texto al que casi todos ven en su forma y por su función con claros influjos del «Camino» de Monseñor Escrivá de Balaguer.

«Concluyendo podríamos decir que el molde elegido era puramente joseantoniano, que al analizar cualquier situación se requería del pensamiento de Primo de Rivera y sobre todo que se buscaba el «estilo» del falangista, desvirtuado durante el paso de los años por las traiciones y por el sentimiento acomodaticio que había acompañado el transcurrir falangista. Aquello semejaba más el intento de una orden religiosa que un partido político. Curiosamente relanzaban y vivían el catolicismo inherente a su doctrina, lo que podía resultar chocante con otras actitudes presentes en la historia de la Falange. El idealismo del grupo, en el que predominaban los jóvenes, les hacía vivir la política como una obligación de servicio hacia la construcción de una sociedad nueva, entendiendo ésta con los parámetros propios de la juventud. Sin embargo tales pensamientos tenían fuertes barreras que vencer porque la juventud de los sesenta y setenta no se encontraba motivada precisamente por las ideas que proclamaba el FES».

El FES fue, de entre todos los grupos falangistas, el único que logró realizar una síntesis entre militancia política y credo religioso. Para el resto de grupos falangistas, de dentro y fuera del movimiento, la religión apenas era otra cosa que una opción personal que tenía poco que ver con la política. Ciertamente, todos aceptaban cierta influencia del catolicismo en Falange,

pero, en general, sin llegar a los extremos de Blas Piñar y Fuerza Nueva para quien todo giraba en torno al hecho religioso. En algunos casos, las referencias al catolicismo eran pura inercia; así por ejemplo, Pedro Conde, líder de la «Autèntica», entrevistado por «Interviú», cuándo le preguntaron en qué se diferenciaba su ideología del marxismo, solo acertó a decir: «En lo espiritual», que era como no decir nada o como el reclamo de una sesión de espiritismo según se mirara. Otros eran ateos. Y progresivamente fue ganando espacio cierto indiferentismo religioso. En la actualidad, en los distintos grupos falangistas se encuentran todas las tonalidades religiosas posibles: desde musulmanes hasta algún que otro budista disperso, desde católicos integristas del «nada sin Dios», hasta ateos matacuras, pasando por indiferentistas, católicos no practicantes, católicos practicantes, católicos medianamente practicantes, etc., etc., etc. En este tema, como en botica, en las fracciones falangistas actuales hay de todo. Y ese «todo» no es más que un reflejo de las distintas corrientes fundacionales.

Si nos hemos extendido en la posición del FES es por que consideramos que aporta más matices que cualquier otra y que podía ser aceptable a mediados de los 60… pero no ahora, cuando la crisis de la Iglesia y el estado de desintegración interior es de tal magnitud que resulta absolutamente imposible hablar de «magisterio», cuando la estructura ritual se encuentra empantada desde hace 30 años, el clero es una especie en vías de extinción y Wojtyla se ha enrocado en unas pocas posiciones intransigentes (rechazo a cualquier forma de aborto y contracepción, negativa del sacerdocio femenino, no al divorcio, etc.) que resultan muy atractivas para los sectores conservadores y les hacen olvidar la destrucción de la liturgia o la cada vez más alarmante falta de vocaciones. La crisis de la Iglesia aparece hoy a muchos ojos como terminal. Hablar sobre la «España Católica» es aludir a la historia; en el presente España es un paraíso laico en el que la relativa hegemonía católica no es más que pura inercia, pero en el que el peso de la Iglesia va desapareciendo progresivamente.

DOCTRINA ECONOMICA

Henos aquí ante uno de los aspectos, posiblemente más interesantes, pero también más controvertidos, de la doctrina nacionalsindicalista. Por que si bien inicialmente quedaba claro que se contestaba en los años 30 a las concepciones socialistas y capitalistas, tampoco estaba muy claro cuáles eran las respuestas en positivo.

Una aproximación a lo que suele ser un programa político fue incluído en el manifiesto titulado «El movimiento JONS quiere», entre cuyos puntos se encuentran las bases de lo que luego será considerada la doctrina económica nacionalsindicalista. Véase:

«(...) 9. -La sindicación obligatoria de todos los productores, como base de las corporaciones hispanas de Trabajo, de eficacia económica y de unanimidad social española que el Estado nacional -sindicalista afirmará como su primer triunfo.

10. -El sometimiento de la riqueza a las conveniencias nacionales, es decir, a la pujanza de España y a la prosperidad del pueblo.

11. -Que las corporaciones económicas y los Sindicatos sean declarados organismos bajo la especial protección del Estado.

12. -Que el Estado garantice a todos los trabajadores españoles su derecho al pan, a la justicia y a la vida digna.

13. -El incremento de la explotación comunal y familiar de la tierra. Lucha contra la propaganda antinacional y anárquica en los campos españoles.

16. -Penas severísimas para aquellos que especulen con la miseria y la ignorancia del pueblo.

Sesenta años después un grupo de epígonos del jonsismo reinterpretaron este manifiesto, sin avisar de que se trataba de una reelaboración y que habían cambiado el orden de los conceptos y los conceptos mismos. Lo que había quedado fue lo siguiente:

- Nacionalización de los transportes, como servicio público notorio.

- Control de las especulaciones financieras de la banca.

- Garantía democrática de la economía popular.

- Regulación del interés o renta que produce el dinero empleado en las explotaciones de utilidad nacional.

- Democratización del crédito, en beneficio de los sindicatos.

- Agrupaciones comunales y de las industrias modestas.

- Abolición del paro forzoso, haciendo del trabajo un derecho de todos los españoles, como garantía contra el hambre y la miseria.

- Igualdad ante el Estado de todos los elementos que intervienen en la producción (capital, trabajo y técnica).

- Justicia rigurosa en los organismos encargados de disciplinar la economía nacional.

- Abolición de los privilegios abusivos e instauración de una jerarquía del Estado que alcance y se nutra de todas las clases españolas.

- Rotunda Unidad de la Patria.

- Imposición a las personas y a los grupos sociales el deber de subordinarse a los fines de la Patria.

- Máximo respeto para la tradición religiosa de nuestra raza.

- Expansión de España y política nacional de prestigio en el extranjero.

- Suplantación del régimen parlamentario por un régimen español de autoridad, que tenga su base en el auxilio moral y material del pueblo.

- Propagar la cultura hispánica entre las masas.

- Sometimiento de la riqueza a las conveniencias nacionales y a la prosperidad del pueblo.

- Extirpación radical de las influencias extranjeras.

Era evidente que se daba la máxima importancia a los conceptos económicos y sociales, frente a los nacionales. Pero también era evidente que se ignoraban las tendencias y enseñanzas derivadas de la aplicación de algunos de estos principios. Hablar en los años 80 de «extirpación radical de influencias extranjeras», parecía, cuanto menos ingenuo en un mundo que cabalgaba aceleradamente hacia la globalización irreversible.

Podríamos ir punto por punto demostrando la inviabilidad de la mayoría de propuestas, pero lo que nos interesa aquí es resaltar la tendencia de algunos falangistas que creían que la  colaboración de Falange con el franquismo les sería perdonada a condición de que colocaran en primer lugar los contenidos económico- sociales de su programa. Craso error por que en esos momentos la izquierda navegaba aceleradamente hacia posturas neoliberales en lo económico. Y, por lo demás, en el citado manifiesto seguían apareciendo referencias que ya entonces estaban fuera de lugar (cuestión religiosa, referencias a la «expansión» de España, «régimen español de autoridad», etc.). Por que Falange lo que a lo largo de toda su trayectoria no ha podido evitar es la búsqueda subjetiva de una vía propia, al margen de que esa vía estuviera o no contestada por toda la sociedad. No está claro que es lo que podría traer de beneficio, por ejemplo, la «nacionalización de la banca y del servicio de crédito», muletilla que aparece en todos los programas de todas las fracciones falangistas. Ni siquiera está claro si eso sería posible. No está claro que las nacionalizaciones y las estatizaciones aporten un beneficio a la economía nacional, más bien todo lo contrario. Pero, sobre todo, lo que no está claro en ninguno de los documentos ideológicos o doctrinales es exactamente cómo se iba a realizar el tránsito de un Estado liberal capitalista a un Estado Nacionalsindicalista. Y cuando alguien ha intentado explicarlo, el salto al vacío aparecía de tal magnitud que lo más razonable era lo aconsejado por la sabiduría popular: «Más vale malo conocido que bueno por conocer».

Pero, lo que es peor, es que durante los sesenta y tantos años de vida de Falange el capitalismo ha cambiado extraordinariamente de rostro. Lejos de humanizarse, se ha mundializado, ha llevado prosperidad a unas zonas, pero ha desertizado otras, ha elevado el nivel de vida de la población, pero también agudizado las desigualdades sociales. Las gigantescas acumulaciones de capitales y su estructura multinacional hacen imposible que en un pequeño país pueda abordarse una serie de aventuras revolucionarias con mínimas garantías de éxito.

En su afán de encontrar los caminos de una «economía social», los falangistas se han dedicado a dar fórmulas inaplicables que, cada vez más, desconsideraban la situación de la economía real y la evolución acelerada del sistema capitalista. Podemos dudar sobre si las soluciones económicas propuestas por el nacionalsindicalismo hubieran sido aplicables y hubiera tenido éxito en su época, pero lo que no podemos dudar es que en la actualidad tales medidas están completamente fuera de lugar y no responden a las necesidades económicas reales. Para colmo, buena parte de las medidas propuestas (sindicación obligatoria, por ejemplo, chocan con los stándares generalmente admitidos en nuestros días y ofrecen la sensación de ser algo «demodé», rancio y fuera de lugar. Por que no basta con desear un mejor régimen de justicia social, hace falta que ese modelo sea aplicable, adaptado a la realidad de cada momento, posibilista y, sobre todo, que no suponga una aventura de problemático desenlace. Pues bien, ninguno de los sectores falangistas ha logrado jamás –ni siquiera la Falange fundacional– disipar la sensación de irrealismo y aventurerismo de sus propuestas políticas.

Cuando en los 27 puntos de Falange del 9º al l6º están agrupados bajo el epígrafe «Economía, trabajo, lucha de clases», su lectura nos confirma en la inadecuación al momento presente de las concepciones económicas nacionalsindicalistas. Concebir a España como un gigantesco sindicato de productores y organizar corporativamente a la sociedad española (punto 9) carece de sentido en un momento en que el peso de la actividad económica se ha desplazado de la producción de bienes y el campo, al sector servicios. El trabajo industrial y el sindicalismo que le era implícito quedan muy lejos. Por lo demás, Falange es presa de la ideología de la época basada en la absolutización del trabajo y en creer que la única actividad digna que puede realizar un ser humano es el trabajo, solo el trabajo y nada más que el trabajo.

Así mismo en el punto de 10 se evidencia, igualmente, la influencia de una época en la que el movimiento obrero estaba controlado por el marxismo. En 1990, la caída del Muro de Berlín, selló la muerte del comunismo. Por lo demás cuando en ese mismo punto, José Antonio escribía: «Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes propicias a la miseria y a la desesperación», no preveía que dos décadas después ese capitalismo iba a dar acceso al proletariado español a los bienes de consumo y a la propiedad de la vivienda. El drama no era que el capitalismo depauperara a la clase obrera, sino que había hecho del obrero algo mucho peor: lo ha transformado en un productor alienado y, a la vez, en un consumidor integrado. Algo que José Antonio no previó.

Así mismo, en el punto 11 se evidencia el mito corporativo de la «armonización posible entre trabajo y capital»: «Nuestro régimen hará radicalmente imposible la lucha de clases, por cuanto todos los que cooperan a la producción constituyen en él una totalidad orgánica». Ciertamente, este planteamiento podía ser justo en una sociedad en la que el patrono y el obrero se conocían perfectamente y existía una proximidad entre ambos, pero no, desde luego, en una sociedad en la que los grandes consorcios industriales hacen que el obrero, el cuadro técnico, incluso el director de una empresa conozcan a los propietarios del accionariado. Los fundadores no supieron anticiparse al gigantismo de la economía y a la aparición de una economía financiera y especulativa casi completamente desvinculada de los procesos de producción.

En los puntos 12 y 13, son propuestas para alcanzar un régimen de justicia social, pero el punto 15 alude a algo que ya hoy no puede ser sostenido -a pesar de que lo sostienen todos los partidos y movimientos políticos-. En efecto: «Todos los españoles tienen derecho al trabajo. Las entidades públicas sostendrán necesariamente a quienes se hallen en paro forzoso. Mientras se llega a la nueva estructura total, mantendremos e intensificaremos todas las ventajas proporcionadas al obrero por las vigentes leyes sociales». Un orden de ideas que se amplía en el punto 16: «Todos los españoles no impedidos tienen el deber del trabajo. El Estado nacionalsindicalista no tributará la menor consideración a los que no cumplen función alguna y aspiran a vivir como convidados a costa del esfuerzo de los demás». Todo esto apenas tiene sentido hoy cuando es innegable la aparición de un fenómeno nuevo «La muerte del trabajo».

Puede ser un drama constatarlo, pero es una realidad. El trabajo está muriendo. Ciertamente cada día se crean nuevos puestos de trabajo, pero si observamos las cifras absolutas, en 20 años se ha duplicado la capacidad productiva, pero la ocupación solo ha ascendido un 5%. ¿Qué quiere decir esto? Que cada vez menos personas hacen más trabajo. ¿Por qué? Por la automatización de los procesos. Constatar este hecho es el elemento sociológico de mayor interés en nuestro tiempo.

Llama la atención que, justo en el momento en que el trabajo está agonizando, éste se ha convertido en un mito universal: tanto la derecha, como el centro, como la izquierda veneran el trabajo, considerado como una obligación social. Todos los partidos lanzan medidas para «estimular el trabajo», «cortar el fraude en el desempleo», «reciclar trabajadores», etc. Ninguno explica –acaso por que en su estupidez no lo advierten– que el resultado de la era tecnotrónica es la eliminación progresiva del trabajo físico.

En los campos hace 10 años eran precisos 12 trabajadores para realizar la vendimia de 1 hectárea. Hoy, ese mismo trabajo se realiza mediante una máquina provista de sensores que detectan los racimos y otra persona que, a pie, examina si ha quedado algún racimo no detectado. En la construcción hace 20 años ladrillo a ladrillo se construía una cosa; hoy se tiende a las estructuras prefabricadas. Incluso en los autobuses hasta no hace mucho había un conductor y un cobrador y dentro de poco solamente habrá un programa que llevará a los pasajeros al destino de la línea guiado por balizas. El trabajo agoniza. Pero nunca como ahora se ha rendido tal culto al trabajo. El culto al trabajo pertenece a la mitología moderna. Es universal: pero es un mito.

Diariamente legiones de desempleados viven un drama que todavía parecen no haber entendido: están dispuestos a vender una fuerza trabajo… que nadie está interesado en comprar. Esas personas van a engrosar las filas del desempleo y la asistencia social o aceptan realizar trabajos mal remunerados, que no precisan cualificación profesional y para los cuales deben competir con otros miles de trabajadores. El resultado es un descenso del precio de la fuerza del trabajo y la proliferación de trabajos-basura que se remuneran con salarios-basura que apenas permiten una mínima subsistencia.

En los últimos 20 años hemos asistido a una mutación imperceptible pero continua. Paralelamente a la muerte del trabajo, está en trance de morir también la economía de producción que se convierte progresivamente en economía de especulación. En las bolsas, la locura inversionista no tiene nada que ver con la economía productiva. Antes, los inversores invertían en tal o cual empresa por que creían en las posibilidades productivas de esa empresa que se reflejarían a la hora de repartir dividendos. Ahora todo esto ha cambiado: se invierte en bolsa solo durante unas horas, luego el dinero, al registrar una leve subida, se retira y la diferencia entre el valor en el momento de la inversión y el registrado dos horas después, ya constituye un beneficio notable. Luego el dinero migra a otras empresas, en otras fronteras, en otras bolsas… No existe ninguna relación entre la economía productiva y la especulación financiera. Estas prácticas especulativas no hacen sino acelerar la muerte del trabajo.

En primer lugar hay que considerar a la muerte del trabajo como algo irreversible: los procesos de automatización irán avanzando y empequeñecerán progresivamente el mercado del trabajo. Este proceso no es bueno, ni malo: es bueno si se reconoce en su verdadero rostro y se actúa en consecuencia. Es malo, en la medida en que los partidos políticos mienten y se niegan a decir a la población la realidad de la muerte del trabajo. Imaginemos una sociedad en la que el trabajo no sea el gran valor universal. Hay otras actividades humanas, que no rinden beneficios económicos, pero que son indispensables para el equilibrio psicológico de la vida humana: el ocio, el estudio, la investigación, el ejercicio de la paternidad, todas estas actividades pueden disponer de un tiempo liberado en una sociedad en la que el trabajo haya muerto.

Por que resulta evidente que en estas circunstancias hay que reducir las jornadas laborales (trabajar menos para trabajar todos) y aumentar las ayudas sociales del Estado. ¿Es posible un programa basado en estos dos puntos? Es cada vez más posible. Basta con reconocer los hechos, estimular los canales educativos de la población y realizar una mejor distribución de los ingresos del Estado que debe aumentar sus ingresos castigando impositivamente a la economía especulativa. Reconocer que le trabajo está muriendo es reconocer también que hay que desterrar de los programas de los partidos políticos de nuevo estilo, cualquier referencia al culto al trabajo, es preciso ser realistas: el trabajo es una actividad como otra cualquiera. Ciertamente desde el nazismo cualquier partido político ha promovido un «culto al trabajo». Y esto ha generado una distorsión de la realidad: por que el trabajo no es la única tarea que puede realizar el ser humano.

Afortunadamente la vida humana es extremadamente rica en matices. A parte del trabajo existen muchas formas de actividad: la creación artística, el ocio, la investigación, el aprendizaje, el estudio, cuya naturaleza es muy distinta de la del trabajo y que, habitualmente, es generada por intereses no económicos. La muerte del trabajo es una de esas formas que adquiere la norma aconsejada por Julius Evola de «cabalgar el tigre»: por que si bien la muerte del trabajo es una tragedia, lo es, sobre todo, para la sociedad burguesa surgida de la Ilustración y de la práctica político-económica del siglo XIX, pero para aquellos que queremos un mundo nuevo y original en el que la posibilidad de no morirse de hambre no se dé necesariamente a

cambio de la de morirse de aburrimiento. En 1965 Herbert Marcuse estableció que la diferencia entre nuestra época y las anteriores, consistía en que ahora era posible la realización práctica de los ideales utópicos dado el crecimiento de las fuerzas productivas. Marcuse se adelantó casi 40 años a su tiempo: para que la utopía fuera posible era preciso una mayor automatización de los procesos productivos… y una decidida voluntad de contener el crecimiento de la economía especulativa. Eso no ocurría en 1965, pero si ocurre hoy.

La utopía es posible, pero a condición de adoptar unas medidas drásticas: en primer lugar es necesario, cortar radicalmente el flujo de inmigrantes a la UE, luego invertir la tendencia y proceder a la repatriación progresiva de los inmigrantes. La consigna en este terreno es: «Españoles primero». Así se pone coto al crecimiento de población que pretende vender su fuerza de trabajo y, en consecuencia, el valor del mundo aumenta. La segunda medida es la reducción drástica de los horarios de trabajo. Hoy es posible descender esos salarios a menos de las 35 horas semanales. Por lo demás, las reducciones de horarios deben ir acompañadas por medidas sociales: subvención al trabajo en el hogar, protección a la familia, etc. Así mismo las coberturas por desempleo, lejos de disminuir como ha ocurrido hasta ahora, deben aumentar. Y todo esto que implica un fuerte aumento del gasto público, se obtiene mediante una mayor distribución de la renta del Estado.

Finalmente la utopía es posible a condición de poner coto a la economía especulativa. La tasa Tobin parece una medida oportuna, pero no la única. Es preciso gravar impositivamente las grandes acumulación de capital. Es imposible abolir el capital, pero si es posible orientar al capital hacia la inversión en lugar de hacia la especulación. Las rentas no procedentes de la especulación deben restringirse al máximo. Hoy, la utopía es posible, pero la utopía ya no está en la nueva izquierda sino que pasa por quien tenga el valor de denunciar el principal hecho de nuestro tiempo: la muerte del trabajo.

SINDICALISMO

Hay que recordar que la doctrina de la Falange es el «nacionalsindicalismo». Menudo drama el de una organización en la que el «sindicalismo» es el eje doctrinal… pero que es inexistente en el mundo sindical. Sobre este tema hemos oído verdaderas barbaridades. Todavía no hemos podido olvidar como en el Congreso Nacional Falangista en la ponencia de organización se sostenía la absurda y peripatética idea de que ¡el partido debía de ser la «correa de transmisión del sindicato » y no a la inversa tal como era habitual!. Esta forma de hacer «obrerismo» no supuso en modo alguno un avance de las fracciones falangistas de la época en el mundo del trabajo, pero si sumió a la organización en un caos en cuanto a «modelo de partido». Por que, incluso en 1976, ya no existía nada que pudiera llamarse «sindicato falangista», fuera, claro está de los «Sindicatos Verticales» iniciales y de la «Organización Sindical» posterior, estructuras ambas del régimen franquista.

Ni las Centrales Obreras Nacional Sindicalistas (de las que existieron varias versiones a partir de 1975), si la Unión Nacional de Trabajadores (ligado a la tendencia «histórica» de Fernández Cuesta entre 1977 y 1980) lograron tener relevancia alguna, como tampoco la Acción Nacional Sindicalista de Trabajadores (dirigida por Antonio Asiego Verdugo, primero hedillista, luego fuerzanuevista, más tarde expulsado y en guerrilla y finalmente en el entorno de Ruiz Mateos –quien tardará en olvidarlo– y, finalmente creador de un Partido Nacionalista Español en pleno 2002), lograrán que sus «sindicatos» superen la etapa subgrupuscular. En la transición no existieron sindicatos falangistas dignos de tal nombre. Antes, en los años 60, hubieron conatos y momentos en los que, efectivamente, existió cierta presencia azul en los movimientos de oposición al sindicalismo franquista. En estas iniciativas Ceferino Maestu siempre tuvo un especial relieve. Entre los primeros núcleos de Comisiones Obreras, se suele contar, que existieron algunos falangistas. Maestu creó la Unión de Trabajadores Sindicalistas en 1963 como resultado de la reflexión que realizó en el opúsculo «La Falange y los Sindicatos Obreros». Las ideas básicas eran dos: repasar las vinculaciones de la Falange histórica con el sindicalismo (haciendo especial énfasis en las iniciativas jonsistas) y utilizar estos argumentos para reivindicar un lugar en el movimiento obrero. Maestu, por supuesto, no establecía ningún vínculo entre la Falange y el régimen de Franco. Criticaba la realidad obrera de la época con más de medio millón de parados y dos millones de emigrantes. Pero eludía lo esencial: que ya en aquel momento no existían grandes núcleos obreros falangistas, e incluso que, más bien, en los círculos de la Guardia de Franco lo que existían eran núcleos obreros favorables y  olaboradores con el régimen. La que ya en la época los falangistas olvidaban era que no bastaba con querer defender los intereses de los trabajadores, había que tener presencia militante entre las clases trabajadoras. El drama consistía en que esa presencia era mínima y, por una extraña contradicción, contra más pequeños han sido los núcleos falangistas siempre han tenido más tendencia a acentuar sus tendencias «obreristas» y «sindicalistas».

Maestu fundó la revista «Sindicalismo» que con sucesivas «épocas» siguió existiendo hasta bien entrada la transición. El primer número apareció en el año 64 y, cuentas las crónicas que se agotó con facilidad. De esa primera época solo pudieron publicarse cinco números. Ese mismo año Marcelino Camacho y Julián Ariza, ya militantes comunistas, frecuentaban el Círculo Manuel Mateo, en donde se encontraban con Narciso Perales, Maestu y otros disidentes falangistas. Se había producido la huelga de los mineros de La Camocha y los núcleos comunistas estaban impulsando una incipiente red que en pocos meses se transformaría en Comisiones Obreras. La esperanza de los falangistas era poder dar a este nuevo movimiento un cariz nacional-sindicalista. Pero los desacuerdos eran muchos. Camacho y Ariza que se presentaban como «socialdemócratas », ya estaban militando en el Partido Comunista.

Fue en esa época cuando Maestu se alejó del ambiente falangista. Siguió existiendo una intención de crear un movimiento falangita de oposición sindical en la iniciativa de Perales de constituir un Frente Nacional de los Trabajadores. Llama la atención que, mientras la estrategia comunista consistía en ganar peldaños en la Organización Sindical, el FNT descartó cualquier contacto con el sindicalismo del régimen. Tal era la diferencia entre el pragmatismo y el fundamentalismo. Y tal fue, sin duda, el motivo por el que los resultados fueron diferentes: mientras FNT desapareció pronto, CC.OO. goza hoy de buena salud.

En 1964 FNT hacía del desmantelamiento del capitalismo la piedra angular de su estrategia sindical. Era la época del 600 y de las hipotecas y pocos estaban dispuestos a oír mensajes tan radicales. Y, por lo demás, lo que FNT pretendía tampoco estaba tan alejado de la Organización Sindical. Buscaban un «sindicato único, representativo y obligatorio». Esto se completaba con la muletilla sobre la «nacionalización de la banca » y esa otra de «la tierra para el que la trabaja». Había mucho de utopía y quizás mucho más de demagogia no percibido por sus difusores. En 1966, la FNT pasó a llamarse Frente Sindicalista Revolucionario y a ostentar como símbolo la espiral dextrógira. Eran los tiempos en los que el FES y el FSR mantenían estrechos vínculos. Pero, por las razones que fueran –y hay versiones para todos los gustos– en 1967, se había producido una crisis que llevó al alejamiento de Perales y a una progresiva autonomía de FSR en relación al FES y a la progresiva erradicación de la presencia falangista en el mundo obrero. Por que el FSR en 1967-68, oficialmente, ya había abandonado cualquier referencia falangista. Los intentos de reconstruir sindicatos falangistas en la transición se saldaron con fracasos. Siempre el verbalismo revolucionario anticapitalista fue parejo a la infecundidad de las iniciativas: la «Auténtica» tuvo sus sindicato, las JONS reconstituidas en 1975 tuvieron el suyo, FE-JONS de Raimundo tuvo el suyo, incluso Fuerza Nueva lo tuvo… pero, en suma, todo esto fue poco, apenas nada.

Esto no hubiera sido muy grave de no ser por que dos factores. En primer lugar por que la vertiente más «social» de las distintas fracciones falangistas intentaba siempre aludir al «sindicalismo» sin darse cuenta de que esas ideas caían en saco roto y no estaban destinadas a ser recogidas por ningún sector social en concreto; y en segundo lugar por que el mensaje de un partido que se decía «nacionalsindicalista» y carecía de implantación en el mundo sindical era, prácticamente, un chiste.

Aún hoy, los núcleos falangistas más obtusos, recomiendan a sus afiliados que se afilien a estructuras sindicales inexistentes más allá del papel con la contrapartida de que, al hacerlo, carecen por completo de «protección» sindical.

En fin, este terreno –extremadamente pedestre, por lo demás– no debería aparecer en este capítulo de no ser por la componente «sindicalista» del falangismo que está incorporada a su médula ideológica. Ya hemos recordado que Ramiro dio un giro «sindicalista» a su movimiento en la medida en que pensaba que era posible «nacionalizar a la clase obrera» y esta se encontraba, mayoritaria-mente encuadrada dentro del sindicalismo anarquista. La forma ideológica del falangismo se llamó nacionalsindi-calismo solamente por que el anarcosindicalismo era una fuerza que se juzgaba que podía ser «nacionalizada». Nuevamente el error acompañó el análisis. Por que lo que era cierto en 1933, dejo de serlo en la postguerra. El sindicalismo anarquista desapareció en los años 50, no estaba adaptado a las exigencias de la lucha clandestina, ni pudo superar en su revival de 1976, las infiltraciones policiales, la confusión interior y el crecimiento desorganizado. Murió víctima de todo ello si bien todavía existe hoy una CNT que rivaliza en indigencia sindical con los distintos núcleos falangistas. Y al observar a las distintas fracciones falangistas, cada vez más se experimenta una irreprimible tristeza al constatar que incluso el enfoque ideológico –el «sindicalismo»– está periclitado y que lo más increíble de este sector sea su obcecación en seguir siendo considerado «nacionalsindicalista» cuando carece casi completamente de base obrera. Llueve sobre mojado, por que ya en los años 60 ¿qué credibilidad podían tener unos núcleos sindicales falangistas que afirmaban defender el «sindicalismo obligatorio y único»… cuando ese sindicalismo era precisamente el oficialista. Claro que uno hablaba de destruir al capitalismo y el otro no. No habían advertido que la clase obrera europea y la española en particular, cada vez estaban menos interesada en desmontar al capitalismo.

FORMA DE ESTADO

El mismo drama que tenía lugar en el mundo sindical se producía en cuando a la concepción del Estado. La democracia orgánica de Franco había llevado a la práctica un amago de Estado Nacionalsindicalista. Explicar que el Estado franquista no era el falangista, explicando a continuación que Falange quería organizar la sociedad en base a las «agrupaciones naturales, familia, municipio y sindicato», era situar a la población ante una confusión, porque eso mismo era lo que había hecho Franco. Si, claro, estaba la cuestión del capitalismo y todo lo demás, pero, insistimos ¿a quién le interesaba? En el fondo toda la teoría sobre la revolución nacionalsindicalista era un buñuelo de viento, una discusión situada entre el nunca jamás y la nada por que no existía ninguna posibilidad de que Falange liderase tal proceso si es que alguna vez se producía. Las distintas fracciones falangistas no entendían que era peligroso tomar los deseos por realidades. En sus arrebatos sociales, todas las fracciones falangistas estaban de acuerdo en la necesidad de una perspectiva social y en definir un nuevo modelo de Estado. Y sobre este segundo punto, el que proponían se parecía demasiado al que proponía Franco. Si a esto añadimos que la TV terminaba por la noche con el Cara al Sol y el retrato de José Antonio, se verá que difícilmente tal intento de diferenciación entre franquismo y falange podía ser creíble. Pero, en el fondo, ¿qué se pretendía?. Ramiro Ledesma en el Manifiesto de la Conquista del Estado, un texto prefalangista, explica el concepto de Estado: “SUPREMACÍA DEL ESTADO.—El nuevo Estado será constructivo, creador. Suplantará a los individuos y a los grupos, y la soberanía última residirá en él, y sólo en él. El único intérprete de cuanto hay de esencias universales en un pueblo es el Estado, y dentro de éste logran aquéllas plenitud. Corresponde al Estado, asimismo, la realización de todos los valores de índole política, cultural y económica que dentro de este pueblo haya. Defendemos, por tanto, un panestatismo,

un Estado que consiga todas las eficacias. La forma del nuevo Estado ha de nacer de él y ser un producto suyo. Cuando de un modo serio y central intentamos una honda subversión de los contenidos políticos y sociales de nuestro pueblo, las cuestiones que aludan a meras formas no tienen rango suficiente para interesarnos. Al hablar de supremacía del Estado se quiere decir que el Estado es el máximo valor político, y que el mayor crimen contra la civilidad será el de ponerse frente al nuevo Estado. Pues la civilidad -la convivencia civi- les algo que el Estado, y sólo él, hace posible. ¡¡Nada, pues, sobre el Estado!!»

En este terreno se permanece pues en plena ortodoxia fascista, sin más matices. En los años siguientes no se producirían cambios excesivos en la doctrina del Estado. Así por ejemplo el 1 de junio de 1934 (cuando el partido aún no había cumplido un año de vida, José Antonio Primo de Rivera y Pedro Sainz Rodríguez, un hombre de la derecha acordaron los siguientes puntos en relación a la forma de Estado: «(…) 3º. El Estado español no estará subordinado a ninguna exigencia de clase. Las aspiraciones de clase serán amparadas condicionándolas al interés total de la nación. (…) 5º.- La condición política del individuo se justifica solamente cuando cumple una función dentro de la vida nacional. Por tanto, se proscribe el sufragio inorgánico y la necesidad de los partidos políticos como instrumentos de intervención en la vida pública. 6º. La representación popular se establecerá sobre la base de los municipios y de las  corporaciones. (…) 8º. Ante la realidad histórica de que el régimen religioso y el sentido de la catolicidad son elementos sustantivos de la formación de la nacionalidad española, el Estado incorpora a sus filas el amparo a la religión católica, mediante pactos previamente concordados con la iglesia. 9º. Será fin primordial del Estado recobrar para España el sentido universal de su cultura y de su historia. 10º. La violencia es lícita al servicio de la razón y de la justicia».

Como puede verse se permanecía en las mismas coordenadas. Lo interesante de este documento es, el acuerdo en sí (con un conspicuo representante de la derecha) que parecía desdecir el «ni derechas ni izquierdas» y el contenido en la medida en que se definía un modelo de Estado típicamente fascista, con la coletilla católica por añadidura. En un texto más tardío, las posiciones seguían sin cambiar. Se hacía, como en este artículo extraído de la edición de «Arriba » correspondiente al 04.04.35, énfasis en los sindicatos y en la cuestión social, pero en un lenguaje que indicaba poca comprensión sobre la realidad de los sindicatos obreros de la época: «Los sindicatos son cofradías profesionales, hermandades de trabajadores, pero a la vez órganos verticales en la integridad del Estado. Y al cumplir el humilde quehacer cotidiano y particular se tiene la seguridad de que se es órgano vivo e imprescindible en el cuerpo de la Patria. Se descarga así el Estado de mil menesteres que ahora innecesariamente desempeñan. Sólo se reserva los de su misión ante el mundo, ante la Historia. Ya el Estado, síntesis de tantas actividades fecundas, cuida de su destino universal. Y como el jefe es el que tiene encomendada la tarea más alta, es él el que más sirve. Coordinador de los múltiples destinos particulares, rector del rumbo de la gran nave de la Patria, es el primer servidor; es como quien encarna la más alta magistratura de la tierra, “siervo de los siervos de Dios».

En el documento «Puntos Iniciales», publicado a poco de la fundación del Partido, y que, en el fondo constituían su justificación y su razón de ser, se percibe esa misma componente clásica del fascismo. Véase sino:

«V. SUPRESIÓN DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS.- Para que el Estado no pueda nunca ser de un partido hay que acabar con los partidos políticos. Los partidos políticos se producen como resultado de una organización política falsa: el régimen parlamentario. En el Parlamento, unos cuantos señores dicen representar a quienes los eligen. Pero la mayor parte de los electores no tienen nada común con los elegidos: ni son de las mismas familias, ni de los mismos municipios, ni del mismo gremio. Unos pedacitos de papel depositados cada dos o tres años en unas urnas son la única razón entre el pueblo y los que dicen representarle. ¿Para qué necesitan los pueblos de esos intermediarios  políticos? ¿Por qué cada hombre, para intervenir en la vida de su nación, ha de afiliarse a un partido político o votar las candidaturas de un partido político? Todos nacemos en UNA FAMILIA. Todos vivimos en un MUNICIPIO. Todos trabajamos en un OFICIO o PROFESION. Pero nadie nace ni vive, naturalmente, en un partido político. El partido político es una cosa ARTIFICIAL que nos une a gentes de otros municipios y de otros oficios con los que no tenemos nada de común, y nos separa de nuestros convecinos y de nuestros compañeros de trabajo, que es con quienes de veras convivimos. Un Estado verdadero, como el que quiere Falange Española, no estará asentado sobre la falsedad de los partidos políticos ni sobre el Parlamento que ellos engendran. Estará asentado sobre las auténticas realidades vitales: La familia. El Municipio. El gremio o sindicato. Así, el nuevo Estado habrá de reconocer la integridad de la familia, como unidad social; la autonomía del Municipio, como unidad territorial, y el sindicato, el gremio, la corporación, como bases auténticas de la organización total del Estado».

Es innegable que estamos hablando de conceptos que resultan familiares a las distintas variedades de fascismo. Pero no es eso lo que nos interesa recalcar, sino la inadecuación presente de este planteamiento. En un mundo en el que la familia, el municipio y el sindicato ha sido sustituida por la inestabilidad y el divorcio, las bajas tasas de natalidad, las megalópolis y el sindicalismo de gestión, en donde han aparecido nuevas formas de convivencia (el concepto de «redes» que acompaña al nacimiento de la sociedad surgida de las aplicaciones de la microinformática), el mismo proceso de globalización, todo esto junto, ha hecho inviable la organización de un Estado en función de «familia, municipio y sindicato». Y es que el ritmo de vida en 1933 era muy diferente al que tendría lugar 70 años después. El «Estado Nacional Sindicalista» que luego el franquismo remedó en forma de Democracia Orgánica», difícilmente podría aplicarse hoy cuando al democracia liberal y el régimen de partidos se ha convertido en quintaesencia de las libertades públicas. La cuestión es que una forma de Estado en la que los partidos estén presentes (aun cuando no estén omnipresentes), en que el Estado se haya sacudido la tutela de los grupos de presión y en donde el sistema de pesos y contrapesos impida que existan gigantescas acumulaciones de poder, un Estado en el que cada cuatro años convoque elecciones libres en las que todos los ciudadanos puedan expresarse… parece que otorga un razonable nivel de representatividad. Ciertamente, en el marco presente la representatividad puede ser mejorada e incluso introduciendo formas corporativas de participación (especialmente de grandes colectivos: universidad y enseñanza, industria y sindicatos, autonomías y municipios, etc.), pero resulta difícil pensar en el sentido que puede tener una «representación familiar » (máxime cuando tenemos muy próximo el fracaso del franquismo en este terreno) y cómo podría estructurarse en la práctica, dejando aparte que la crisis de la institución familiar está presente en la sociedad y no parece remitir.

Falange ha sido presa del modelo de Estado descrito por José Antonio. En este terreno han existido algunos intentos de afinar algo más. La tendencia sindicalista de Falange dio un giro, definiendo el modelo como «Estado Sindicalista» en el que la columna vertebral representativa serían los sindicatos: era España concebida como «gigantesco sindicato de productores » (con aires expresionistas de «Metrópolis»). Pero los textos clásicos pesaban como una losa sobre los sindicalistas. En la norma programática de Falange se definía al Estado como «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria. Todos los españoles participarán en él a través de su función familiar, municipal y sindical. Nadie participará a través de los partidos políticos. Se abolirá implacablemente el sistema de los partidos políticos con todas sus consecuencias: sufragio inorgánico, representación por bandos en lucha y Parlamentodel tipo conocido».

Lo importante es recalcar que todo este planteamiento tenía lógica en 1933, cuando la variante alemana del fascismo había convulsionado Europa llegando el poder, cuando el fascismo italiano se había anexionado Etiopía y cuando, en mayor o menor  medida, en toda Europa las formaciones fascistas realizaban avances importantes. Hoy, todo esto carece de sentido. El sistema de partidos, con todas sus imperfecciones ofrece un razonable modelo de representatividad que puede ser corregido sin necesidad de aventuras «totalitarias» o «sindicalistas» en las que nadie apuesta. Pero las distintas fracciones falangistas disidentes del franquismo no comprendieron que, en este terreno del Estado, lo que José Antonio había teorizado, Franco –más o menos– lo estaba aplicando. Y en estas circunstancias la salida lógica era aprovechar la estructura franquista para «corregir» el tiro y corregir su vinculación a la forma liberal de economía y producción. En lugar de eso, resultaba mucho más «juvenil» actuar a la contra y considerar a los falangistas que actuaban dentro del régimen como «traidores». A estos, por su parte, les resultaba mucho más fácil aprobar la gestión franquista antes que criticar algunos rasgos visiblemente antifalangistas de su política. Nadie, ni dentro ni fuera del régimen, tomó la situación de hecho creada por Franco como algo a corregir y llevar a posiciones nacionalsindicalistas. Cuando se produjo la transición, los falangistas no entendieron que durante el franquismo ellos no eran el único poder, pero estaban cerca del poder, lo suficientemente cerca como para que una política planificada para corregir los aspectos problemáticos del franquismo pudiera ser abordada. En la transición no advirtieron que ya no eran el poder y que debían competir con otros partidos. Habían bajado un peldaño. La situación era mucho más difícil que mientras existieron funcionarios falangistas en el régimen de Franco. La prueba es que Falange pudo mantenerse 40 años activa bajo el franquismo, pero apenas logró mantener actividad real durante la transición. El no estar en condiciones de diseñar un modelo de Estado diferenciado del franquismo y del totalitarismo fascista de los años 30, selló la incapacidad de las distintas tendencias falangistas para ofrecer propuestas en positivo. Quienes intentaron aventurarse en el modelo de Estado se perdieron en las utopías más ingenuas y descabelladas (especialmente la izquierda falangista que hizo de la candidez y el irrealismo una constante en su actuación).

LAS GRANDES LAGUNAS IDEOLÓGICAS

Desde hace tiempo sostenemos que la ideología nacionalsindicalista es una ideología incompleta que une al deterioro causado por el tiempo, algunos huecos que los fundadores no tuvieron tiempo de rellenar y que sus herederos tampoco estuvieron en condiciones de completar. El resultado ha sido una ideología cuyos partidarios han tenido que recurrir sistemáti-camente a otras fuentes para lograr ampliar su radio de acción. Depende de las afinidades particulares de los herederos que estos complementos se tomaran en una dirección u otra. Así por ejemplo, los falangistas impregnados de un cierto catolicismo progresista y de un humanismo acusado tendieron durante los años 60 y principios de los 70 a impregnarse con las lecturas de Emmanuel Mounier y adoptar posturas personalistas. Esos mismos falangistas, progresivamente más virados a la izquierda, incorporaron a sus concepciones económicas determinados conceptos que Mounier sostenía; especialmente el de «autogestión» que, por lo demás, había alcanzado cierta fama y notoriedad a partir de la contestación estudiantil y la aparición de la nueva izquierda. De hecho, entre 1968 y 1977, la «izquierda falangista» devoró literalmente los textos que aludían a la autogestión y los libros de editorial ZYX, ubicados entre el progresismo católico de izquierda y el anarquismo, fueron consumidos regularmente por los militantes de estos grupos… con lo cual el nivel de confucionismo ideológico no hizo sino aumentar.

Otros grupos experimentaron las carencias de la ideología  falangista de distintas maneras. Cuando se advertía un hueco ideológico se realizaba un razonamiento extremadamente simple: José Antonio era católico; Falange es un partido de inspiración católica; luego hay que buscar respuestas en la doctrina de la Iglesia. También los hubo que identificaban casi por completo Falange con el Franquismo y terminaban incorporando a la ideología falangista los vaivenes ideológicos que se iban generando en la Secretaría General del Movimiento. Y finalmente, una inmensa mayoría de militantes falangistas no experimentaban las carencias ideológicas limitándose a leer y recomendar las «Obras Completas» de José Antonio a modo de «libro sagrado» en cuyo interior se encontraban todas las respuestas y que anualmente era reeditado por la Sección Femenina. Así mismo existían distintas compilaciones de textos que ordenaban los contenidos del «libro» en función de distintos objetivos a demostrar. En este terreno, Agustín del Río Cisneros publicó no menos de media docena de libros de estas características publicados regularmente por la Editora Nacional. Pero todo esto era poco para evitar el desfase creciente entre una historia que iba acelerándose progresivamente y dejaba atrás la actualidad y vigencia del «libro» y las posiciones falangistas en él reflejadas. Cuando estalló la contestación estudiantil y se forjó la ideología contestataria esta brecha se evidenció. No se trataba ya de que Falange no estuviera en condiciones de elaborar una línea estratégica que contemplara a la vez «rigor» (lo que preocupaba mucho a algunos grupos garantes y buscadores impenitentes de la ortodoxia), sino también la «eficacia » (algo que nunca ha parecido importar excesivamente en ninguna de las corrientes falangista que siempre la han subordinado al «rigor doctrinal»). Si había que elegir entre rigor y eficacia, la mayoría de falangistas disidentes del franquismo se decantaban por el rigor en detrimento de la eficacia, mientras que los falangistas adictos a Franco, defendían sus posiciones en función del pragmatismo a pesar de que su rigor ideológico fuera cuestionable.

Pero entre 1967-69 todo cambió. Aparecieron en la universidad especialmente y en la sociedad problemas nuevos ante los cuales los falangistas no tenían respuestas. Eran los años de la liberación sexual, la contestación estudiantil, la minifalda y el pop. Frente a los sofisticados planteamientos de la contestación, Falange apenas pudo oponer un voluntarismo bienintencionado y la doctrina católica. Eso, o bien, sumarse a las novedades y «superar al marxismo por la izquierda», ansia que caracterizó a la izquierda falangista desde su nacimiento a su extinción.

A todo esto Fernández de la Mora decretó la muerte de las ideologías en esos mismos años. El nacionalsindicalismo que no había terminado de explicar si era una ideología (o doctrina) y en ocasiones aludía a sí mismo como «una forma de ser» pero que no terminaba por renunciar a adoptar la forma de ideología, experimentó en su propia piel la inadecuación creciente de su marco doctrinal a la realidad social. Como el marxismo, como el anarquismo, como cualquier forma de conservadurismo.

Por lo demás en Falange se daba un problema añadido: nunca se terminaba de distinguir entre ideología y programa.

La cacareada «nacionalización de la banca» es apenas una solución programática a un ideología de justicia social, sin embargo para los falangistas disidentes era algo fundamental a tenor del énfasis que colocaban en la traición de los colaboracionistas con el Movimiento franquista que no la habían realizado. Por que, en el fondo de la cuestión, lo que estaba presente era el olvido de lo que una ideología es y debe aportar. Recordémoslo:

Una ideología es la suma de distintos factores: una cosmogonía, una interpretación de la historia, una interpretación del ser humano, una interpretación de las relaciones sociales, una interpretación de la realidad. Todo esto, es posible que esté disperso, en parte y de manera muy sucinta en el «libro », pero resulta extremadamente forzado -tal como se hizo en el libro «Falange y Filosofía»- inferir a partir de una frase aislada toda una filiación doctrinal. Por ejemplo, ciertamente, José Antonio explicaba que «el nacimiento del socialismo fue justo»… pero de esta frase no puede deducirse necesariamente que detrás existiera una «concepción de la historia» digna de tal nombre. Ledesma es, desde luego, el gran teórico del nacionalsindicalismo, pero su radicalismo ideológico, su intransigencia, su adhesión a lo que en Italia fue el fascismo de izquierdas que caracterizó el inicio y el fin del ciclo mussoliniano o la izquierda nacionalsocialista alemana o las formas más completas de la versión francesa encarnadas por Doriot y el Partido Popular Francés, unido al agnosticismo que jamás ocultó, hacían de Ledesma un autor problemático. De hecho, incluso en los círculos falangistas disidentes, el FES en concreto, se albergaban ciertas reservas en relación a Ledesma. En Ledesma, por lo demás, las componentes fascistas son demasiado evidentes como para que pudieran negarse. Pero si hubo un ideólogo en el nacionalsindicalismo digno de tal nombre ese era Ledesma y si existen libros teóricos sobre el fascismo español, ese es el «Discurso a las Juventudes de España» y las «Disgresiones sobre el Destino de las juventudes». Quizás en el terreno en el que todo estaba más claro es en el de la concepción del mundo como lucha, conquista, destino. La idea de la persona como portadora de valores eternos (a pesar de que se eludía recordar que esos valores o se actualizaban o bien permaneciendo en estado de latencia apenas eran suponían nada). Una concepción ascética de la vida que podía inspirar a una clase política dirigente organizada en forma de orden. Y esto tiene vigor, actualidad y lo tendrá siempre.

Lo importante es recordar la distinción platónica entre el mundo de las ideas y el mundo de lo contingente. Falange no estuvo en condiciones de distinguir entre uno y otro. La libertad, por ejemplo, es la capacidad de dominio del ser humano sobre todo lo que es capaz de someterlo. Desde el miedo hasta el heroísmo, todo puede ser controlado o controlar al ser humano. Un náufrago en una isla desierta, a pesar de no estar sometido a ninguna ley ni estructura coercitiva, puede no ser considerado libre si es sometido a sus pulsiones interiores, sus vicios, su mente, etc. Este es el concepto ideal de libertad; en el momento en que se hace preciso descender del terreno de lo ideal al de lo real y contingente el concepto de libertad se proyecta como la luz en un prisma, dividiéndose en matices. Así pues, en el mundo de lo contingente no existe «la libertad», sino «las libertades». Algunas, como la libertad de pensamiento son positivas y otras como el matar al vecino, son negativas.

Toda sociedad para poder cumplir sus funciones requiere una limitación a las libertades. En Falange jamás se realizó un análisis que distinguiera entre doctrina y aplicación práctica. Todo se encontraba excesivamente esquematizado, próximo, inextricablemente confuso. Era difícil distinguir entre teoría y práctica, entre ideología y programa, entre mundo de las ideas y mundo de lo contingente. Algunos, ciertamente, lo intentaron, pero la mayoría de textos falangistas de ayer y de hoy reflejan esta confusión de manera inevitable.

En noviembre de 2001, «La Falange», uno de los grupos que disputan la hegemonía en el ambiente falangista decidió propulsar un «frente español», que tenía a un grupo valenciano -España 2000- como inspirador. En «La Falange» el tema de la inmigración nunca había interesado, a diferencia de «España 2000» que había hecho del tema una bandera. Esta relación bastó para que en pocas semanas «La Falange» quedara impregnada por una patina antiinmigracionista asumida con rapidez, sin reflexión previa y, por tanto, sin gran eficacia. Bien, pues lo mismo ocurrió en la izquierda falangista a principios de los 70. Bastaba con que un grupo se autotitulara «sindicalista» para que sus escritos fuera tenidos como de aliados seguros, a pesar de que en la mayoría de los casos se trataba de sindicalistas de otras familias políticas muy alejadas de Falange.

Y otro tanto ocurrió con los falangistas que escucharon el verbo cálido de Blas Piñar y que se dejaron seducir por Fuerza Nueva, subordinando su sindicalismo a una vaga aspiración de «justicia social», ampliando la influencia del «patriotismo» y la concepción joseantoniana del ser humano. En todos estos casos, la desfiguración del pensamiento originario se produjo siempre por la debilidad estructural de la doctrina falangista que no podía incorporar ningún elemento procedente de otros ámbitos para completar el suyo propio, bajo riesgo de quedar completamente desfigurada.

Pero las lagunas ideológicas han forzado a lo largo de la historia de Falange una búsqueda obsesiva de la «ortodoxia» en detrimento de la eficacia en unos grupos, mientras que otros han centrado sus obsesiones en la «justicia social» en su intento de diferenciarse de la derecha franquista y los ha habido que han hecho del franquismo una forma de pragmatismo falangista… ninguna de estas corrientes ha demostrado la más mínima eficacia política. Eficacia, rigor y pragmatismo deben caminar juntos, o de lo contrario, aislados, son solo obsesiones.

Por que la doctrina es uno de los elementos a tener en cuenta en la lucha política que conduce por los caminos del éxito, pero no el único. Existen unas necesidades mínimas que deben estar presentes en la lucha política si lo que se pretende es alcanzar unos mínimos de eficacia.

 

 

LAS RELACIONES EXTERIORES DE LOS PARTIDOS PATRIOTAS. OTRA TRAGEDIA NACIONAL...

LAS RELACIONES EXTERIORES DE LOS PARTIDOS PATRIOTAS. OTRA TRAGEDIA NACIONAL...

 

Uno de los aspectos más patéticos de la mayoría de formaciones políticas patrióticas es su afán de homologarse con partidos extranjeros. Habitualmente, estas homologaciones son realizadas prácticamente a prisa y corriendo y sin llegar al fondo de la cuestión, es decir estableciendo si verdaderamente existe identidad de fines y de objetivos entre homologado y homologador. Todo esto viene a cuento de la nota sobre la participación de DN y La Falange (sector Andrino) en la fiesta BBR organizada por el Front Nacional.

EL QUE NO SE HOMOLOGA ES PORQUE NO QUIERE

La delegación española en la fiesta BBR va a tener gracias: el responsable de prensa de DN que habla francés asistirá e imaginamos que Torresano lo hará por el grupo de Andrino. ¿Quiere decir esto que existen “alianzas estratégicas” entre esa fracción falangista, DN y el FN? Seria aventurado decirlo. Desde que en 1984 Le Pen contactó con Diego Márquez, las idas y venidas de los capitostes de grupúsculos españoles a París han sido tan continuos como poco decisivos.

El FN no atribuye ninguna importancia en este momento a sus contactos con Europa. De hecho, el pragmatismo propio de la clase política del FN, hace que solamente mantengan contactos serios con partidos con representación en el parlamento europeo, especialmente con el Vlaams Belang, MS Fiamma, y en menor medida con partidos con representación en länders (NPD-DVU) o en ayuntamientos (BNP). El resto de partidos europeos que carecen de representación parlamentaria, cuentan muy poco en el esquema de relaciones internacionales del FN. “Euronat” está congelado desde hace casi ocho años y el cargo de responsable de relaciones internacionales en el FN ha sido siempre dado a gente de segunda fila.

Cada cual es dueño de autoconsiderar que su relación con el FN es “privilegiada”: en realidad, esto no hay relaciones privilegiadas con el FN, el que tire lastre, despegue y deje atrás al resto, sea quien sea, aun cuando no haya saludado nunca a Le Pen, ese se quedará con la relación preferencial. ¿Apostamos?

PERO ¿SIRVE PARA ALGO HOMOLOGARSE?

Hoy, todos esos intentos de homologación sirven para poco para muy poco. Apenas para intentar dar la sensación de que se tienen más contactos de los que realmente se tienen, con la esperanza de que estos contactos repercutan positivamente en el crecimiento de estos grupos en España. Es rigurosamente cierto, que cuando se produjo en 2002 el éxito de Le Pen al llegar a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales, este hecho benefició a DN que vio como se multiplicaban sus adhesiones… especialmente a través de Internet.

Pero luego, cuando el partido evidenció estar mal dirigido y peor organizado, con la misma facilidad que se afiliaron algunos cientos de nuevos simpatizantes… desaparecieron sin dejar huella.

Por otra parte, hay que desmitificar la importancia de tales contactos y homologaciones. Se trata de contactos en falso. Como gente educada que es, llamar a la puerta de cualquiera de estos partidos, cuesta muy poco. Y siempre, siempre, te atienden y te escuchan. Así que cualquiera que aspire a dar la mano a Le Pen, lo tiene fácil. Basta con llamar a la puerta de la sede central del FN. Ahora bien…

... Un partido como el FN no da mucha importancia a estos contactos… especialmente si no tienen representación parlamentaria y su apoyo sirve de muy poco. Diferente sería si estuvieran presentes, especialmente en las instituciones europeas. Pero eso no ocurre, por tanto lo que existe es un dinámica de inercia: bueno, mientras haya diputados de ese país, invitamos a los de siempre. ¿Y quiénes son los de siempre? Por una parte Alberto Torresano conocido por aquellos lares desde los años 60 y por otra esos de DN que merodean desde su fundación y no parecían malos chicos…

Pero que nadie se engañe: no estamos hablando con superficiales, gilipollas, e irresponsables: estamos hablando de gente que avanza políticamente y no precisamente a paso de caracol, estamos hablando de gente que conoce la vida, la política y tiene olfato. No todos están desinformados sobre la realidad de nuestro país.

En el preciso momento en que algún partido patriótico obtenga diputados y concejales en número suficiente como para resultar evidente que haya superado la etapa grupuscular, ese partido, aun sin haber tenido contactos con vistas a homologarse… obtendrá automáticamente la homologación. Se equivocan quienes creen que estos los contactos que hoy mantienen los distintos grupúsculos patrióticos españoles, son para siempre y están blindados.

¿SABEN LOS PARTIDOS EUROPEOS LO QUE OCURRE EN ESPAÑA?

No, es evidente. Le Pen ha dado la mano en los últimos veinte años a: Ramón Graell Bofia, fugaz presidente de Juntas Españolas, uno de los más atrabiliarios personajes que haya pasado por la extrema-derecha, hoy marginado completamente a causa de los episodios más propios de “Salsa Rosa” que de actividad política, que protagonizó; luego a Ricardo Sáez de Ynestrillas, más tarde a Juanito Peligro, luego a Pérez Corrales, presidente de DN, para caer al nivel más bajo con la actual directiva de DN.

Desde que Giorgio Almirante venía a España dentro del marco de la Eurodestra y se dejaba seducir por las masas oceánicas de la plaza de Oriente y por el ejército de Pancho Villa formado por Fuerza Nueva, da la sensación de que los líderes europeos están completamente descolocados en nuestro país.

Cada vez que alguien contacta con ellos, utilizando nombres gloriosos en el pasado (Falange) o con capacidad de crecer hace algunos años, pero hoy completamente desfondados (DN), da la sensación de que no terminan de apreciar lo que está sucediendo en este momento en España.

Los vendedores de humo, venden eso precisamente… humo. Dado que bastantes problemas tienen los partidos hermanos en Europa, apenas se preocupan de los “partidos hermanos españoles” que dan poco juego en Europa. A poco de conocer a sus representantes se perciben perfectamente sus limitaciones. La máscara triunfal termina de caer cuando alguien se le ocurre preguntar: ¿cuántos diputados tenéis? O esa otra pregunta fatídica de ¿en cuántos municipios tenéis representación? Ejem…, ejem, en eso estamos. La frase repetida desde hace veinte años, ha terminado siendo un chiste entre los partidos europeos serios y sólidos.

Hace tres años, el Front National se sorprendió del estado de fragmentación del área falangista. Nadie les había confesado la realidad: que no existe una falange, sino media docena… una ocultación con evidente mala fe.

El problema real es que en Europa hace falta un debate profundo sobre algunas materias:

- la estrategia ante el actual momento de la globalización.

- la posición ante las instituciones europeas.

- la relación nacionalismo chauvinista e ideal europeo.

- un programa común para todos los movimientos patrióticos europeos,

Y el problema es que los “delegados” españoles siempre han tenido una presencia anecdótica en este tipo de encuentros, jamás se les ha hecho mucho caso, los aplausos a sus mensajes han sido protocolarios y siempre se han cruzado espontáneos, no computados (como el MCE de Corral que, a pesar de no ser invitado oficialmente, se cuela en estos eventos, seguramente con el mismo derecho que los invitados oficiales que pierden toda legitimidad al mentir descaradamente sobre su propia realidad.

DOS MODELOS DE RELACIONES INTERNACIONALES

A la fiesta de la BBR irán representantes de cómo mínimo cuatro o cinco grupúsculos españoles. Alguno tendrá sus tres minutos de gloria y podrá dirigir un mensaje a los delegados (o quizás ni eso). Es lo que podríamos llamar: “hacer el figurón”, ir dar color a un encuentro como “españoles” y volver después de tres días a contar lo bien que lo hacen los militantes frentistas. Ni intercambio de ideas, ni de debates, ni nada que no sea superficial e irrelevante.

Frente a ello, hay otros tipos de relaciones. El pasado fin de semana vimos como llegaban delegados de distintos grupos europeos, incluidos del Este de Europa, a “debatir”, a intercambiar ideas. En una palabra: a trabajar en la construcción de un movimiento unitario europeo. En años anteriores hemos asistido a encuentros parecidos, y nos hemos beneficiado de intercambios de ideas e información con responsables políticos de los principales grupos europeos. Es lo que podemos llamar: “encontrarse para trabajar en la construcción de un movimiento europeo unitario”.

Nos quedamos con este segundo modelo. Todo lo que no se asiente sobre bases sólidas, programáticas y doctrinales, y sobe ideas y proyectos, queda siempre prendido con alfileres.

Que nadie se engañe: ni Le Pen, ni el Vlaams Belang, ni AN, van a quemar sus siglas apoyando al primer grupo de mindundis que aparece. No confundamos la educación y la corrección con la política. El Front National no se va a casar con nadie… solamente con el que tenga éxito.

Vale ya de infantilismos: de “frentes europeos” que solo existen en las imaginaciones de los que aspiran a contrapesar su impotencia política con una foto saludando a Le Pen. Basta ya de una concepción pueril de la política en la que se sustituye la comunidad de ideas, los debates necesarios y la política real, por un brindis protocolario y poco más. Tantos años de esas prácticas, aburren. El caracol en sus pasos más allá de los Pirineos, todavía es más lento.

 

 

 

 

FALANGE: UNA REFLEXIÓN CRITICA SOBRE EL PASADO Y EL FUTURO DEL NACIONALSINDICALISMO

FALANGE: UNA REFLEXIÓN CRITICA SOBRE EL PASADO Y EL FUTURO DEL NACIONALSINDICALISMO

Abordamos la publicación de un texto que antes ya ha sido colocado en Internet: “Falange: una reflexión crítica sobre el pasado y el futuro del nacional-sindicalismo”. Dada su extensión, hemos dividido esta obra en tres partes, de las vue hoy presentamos la primera, titulada: “Las siete muertes de Falange Española”. No pretendemos abrir un debate con los medios falangistas que hasta ahora han contestado las posiciones críticas que hemos presentado en esta web con insultos reiterados. Pretendemos, simplemente, aportar una versión coherente y orgánica para explicar la lenta agonía de Falange Española y los motivos del agotamiento de este partido.

Capítulo I

LAS SIETE MUERTES DE FALANGE ESPAÑOLA

Falange Española no ha muerto en el filo del milenio a sesenta y tantos años de su fundación. Falange Española ha muerto en siete ocasiones y su situación actual de inanición política no es sino la muestra más fehaciente de esos siete óbitos. Cada una de estas muertes no es sino la constatación de una situación de crisis no resuelta, o más bien resuelta en contra de los intereses de Falange como partido político. Cada una de estas muertes señala un momento de crisis insuperable que situó a Falange al borde de su extinción pero que, por sí misma, no fue suficiente como para sellar la desaparición del partido.

En cada una de estas etapas el partido fue perdiendo razón de ser y existir y así se dio la paradoja de que siguieron existiendo falangistas aun cuando el ser falangista se fue convirtiendo en cada vez en algo más imposible. Y así, de muerte en muerte, el partido se convirtió a la postre en eso absolutamente estéril que es hoy.

Estas son las siete trágicas muertes del partido que fue fundado con el nombre de Falange Española y que, en la hora de su extinción final, como la hidra de Lerna, tenía media docena de denominaciones diferentes para llamar al mismo ideal, empobrecido y vacío de contenido.

PRIMERA MUERTE: ELECCIONES DE FEBRERO DE 1936

Falange Española murió joven, extremadamente joven, cuando aún no había alcanzado la mayoría de edad, en febrero de 1936. En esas elecciones la mayoría fue a parar al Frente Popular situando al país en la antesala de la guerra civil que, finalmente, debía estallar cinco meses después. Falange Española murió cuando José Antonio no resultó elegido diputado y el partido obtuvo unos resultados no precisamente relevantes ni esperanzadores. A partir de ese momento, Falange percibió que el camino del poder a través de las elecciones iba a ser excesivamente largo y problemático y, en cualquier caso, distaría mucho de ser una marcha triunfal. Vale la pena preguntarse qué fue lo que inhibió el voto falangista en 1936. Por que razones, las hubo y fueran de tal calibre que resultaba absolutamente increíble el pensar cómo en esas circunstancias Falange concurrió a las elecciones y por qué no accedió a un pacto previo con la derecha tal que le garantizara al menos unos cuantos escaños con los que preservar de la represión republicana a sus principales líderes. Por que el pacto fue posible y sólo las exigencias maximalistas de algunos líderes de Falange lo hicieron imposible.

Ese pacto, en efecto, hubiera sellado algo que la historia se encargó de certificar: el posicionamiento de Falange a la derecha del espectro político, en comandita con la CEDA, algo que horrorizaba a algunos falangistas. Cinco meses después, esos mismos falangistas se alzaban contra la república, junto al ejército y junto a la derecha sociológica y política. Pues bien, en el tránsito que medió entre febrero de 1936 y julio del mismo año, resultaron encarcelados y represaliados la mayoría de líderes falangistas y el partido, si bien se vio fortalecido por el

tránsito de cientos de jóvenes de las Juventudes de Acción Popular a sus filas, se vio mermado de líderes que vieron el 18 de julio desde la cárcel y muchos de ellos fueron fusilados en meses siguientes en las «sacas» con que los republicanos obsequiaron a sus enemigos políticos.

A partir de 1934, la derecha española se fue fascistizando en un fenómeno que Ramiro Ledesma describió perfectamente y del que dio cuenta en su «¿Fascismo en España?». La derecha, especialmente la derecha juvenil, adoptó las formas, los usos y las consignas del fascismo español, es decir, de Falange Española. Ellos también gritaban «Arriba España», ellos también tenían un saludo particular, ellos también tenían su líder (el «jefe, jefe, jefe», versión celtibérica del fuhrer germano y del duce italiano) e incluso, oh maravilla de maravillas, esos fascistizados de las J.A.P. tenían sus ideales sociales y clamaban por la «revolución nacional». Y lo hacían teniendo detrás todo el peso político y toda la fuerza que tenía la derecha española de la preguerra con el concurso de una Iglesia que compartía sin reservas sus objetivos, ideales y estrategias.

En estas condiciones, Falange Española, pequeño grupúsculo de unos pocos cientos o miles de afiliados en toda España, difícilmente podía destacar junto a coloso de la CEDA y de las JAP. Para colmo, el partido falangista se había comprometido en una insensata espiral de violencia contra la extrema-izquierda.

En efecto, llama la atención que en aquellos mismos años otro partido fascista, el Partido Nacionalista Español desarrollara su actividad teniendo los incidentes normales que el desmadre republicano de la época hacía obvios. El Partido de Albiñana y sus «legionarios», debilitados ciertamente por la concurrencia falangista, todavía seguía existiendo en Navarra,

Madrid y disponía de algunas decenas de militantes esparcidos por toda España que desde el período pre-republicano realizaban trabajo político. Los albiñanistas se habían enzarzado en peleas y disputas a tiros con otras fuerzas políticas de izquierdas, si, pero nunca con el volumen y la intensidad de violencia con que Falange Española se implicó desde el momento mismo de su fundación.

Y en cuanto a las JONS que sobrevivieron a la integración y posterior ruptura con Falange, en el número 6 de la revista «La Patria Libre», se lee la siguiente nota: «Victoria falangista.– (…) salieron a la calle cuarenta y dos camaradas jonsistas que se distribuyeron por Madrid para vocear y vender LA PATRIA LIBRE. Teníamos noticia de que las terribles escuadras falangistas estaban preparadas para impedir la venta de nuestro periódico. Los jonsistas, repetimos, se distribuyeron por Madrid y quedó UNO SOLO en cada puesto de venta. Transcurrió una hora sin el menor incidente, a pesar de que los grupos falangistas pasaban y repasaban junto a nuestros camaradas. Bien es cierto que éstos habían sido previamente seleccionados entre los más robustos del Partido. En vista de que no pasaba nada, a pesar de los informes, el Comité encargado de la venta quiso poner a prueba los propósitos falangistas. E hizo lo siguiente: Coloc n la Cibeles, esquina al Banco de España, dos voceadores profesionales, dos chiquillos de diez y de doce años, de los que se dedican a la venta de los periódicos diarios. Y ocurrió nada menos que esto: A los cinco minutos, los mismos grupos falangistas que habían estado pasando por delante de nuestros camaradas adultos sin permitirse el más mínimo gesto de disgusto, se lanzaron sobre los dos niños -repetimos que uno tiene diez años y otro doce- ¡¡¡y les arrebataron trece ejemplares!!! He ahí sencillamente narrada la gran victoria falangista. Digna de Alejandro, de César, de Aníbal, de Napoleón».

Es posible que haya en el relato algo de imaginación, pero lo que nos interesa resaltar es el hecho de que las JONS podían en esos momentos distribuir su propaganda en Madrid sin que se produjera ningún altercado y en cambio en ese mismo tiempo, distribuir el semanario «FE» era prácticamente una acción de guerra. Y el radicalismo antiizquierdista de las publicaciones de Ledesma no era menor que el de las falangistas.

La «dialéctica de los puños y de las pistolas» fue una frase arriesgada que llevó al partido a una espiral de represalias y contrarrepresalias que fueron creciendo de intensidad a medida que el partido fue desarrollándose. Y esto sentenció al partido. Por que Falange Española no sería un partido más que iba a entablar una lucha electoral contra otros partidos, a los cuales tenía la ambición de derrotar; en absoluto: Falange Española fue un partido cuya imagen de marca, desde casi el momento mismo de su fundación estuvo implicada en acciones continuas de violencia. No importa quien fue el primero en disparar, ni desde luego estamos tentados de atribuir a Falange Española una responsabilidad en estos episodios de terrorismo urbano menor que la que corresponde a otros partidos republicanos, al Partido Comunista y a las Juventudes Socialistas y, muy en especial, a sectores de la FAI que desde siempre habían hecho de la Star 9 mm un objeto de culto. El clima era violento. La II República Española fue violenta como pocos regímenes lo han sido en la historia de Europa. Pero Falange no midió bien sus fuerzas, ni supo evitar o comprometerse lo menos posible con todo este clima de violencia, sino, antes bien, lo espoleó, se zambulló en él y lo estimuló por activa y por pasiva.

¿Para qué votar a un partido que no tenía la más mínima posibilidad de ganar unas elecciones por que sus miembros, muy buenos chicos ellos, estaban implicados en una batalla a muerte contra la izquierda? ¿para qué votar a una formación que no era un partido convencional sino una milicia paramilitar apta sólo para responder a la izquierda con las armas en la mano? ¿para qué votar a una formación política que no había demostrado capacidad política sino potencia activista? Por que lo que había mostrado la historia de Falange Española desde su fundación a las elecciones de 1936 era que una cosa eran los deseos iniciales de José Antonio y de sus primeros camaradas (el edificar un partido en el que la parte cultural y formativa estuviera muy presente; recuérdese los primeros números del semanario FE en los que se hablaba de las ruinas de Roma, de cuestiones intelectuales y en donde muchos intelectuales, surrealistas incluso algunos de ellos, habían ido a militar) y otra la imagen que el partido estaba dando de sí mismo y que lo configuraban a ojos de la opinión pública española como una fuerza paramilitar de choque contra la izquierda, el cual, precisamente, fue creciendo a medida en que el choque se presentó como ineludible.

El gran drama de Falange Española consistió en haber nacido en una época turbulenta y en no haberse sabido inhibir de esas mismas turbulencias. Todo lo contrario: el partido se implicó tanto que el electorado le castigó con la ignorancia de sus listas. A decir verdad, si hoy examinamos lo que fue Falange en aquellos años se advierte que resultaba imposible tener sindicatos, tener una actividad política normal, tener afiliados que fueran al local a tomar unas copas y tener núcleos organizados de simpatizantes. Por que Falange Española, toda Falange Española, era la Primera Línea. No había, en la práctica más «líneas » que la primera. Todo el partido estaba implicado en el activismo cotidiano y quien no quería participar de ese activismo no tenía sitio en el partido.

En esas condiciones no puede reprocharse algo que trataremos en otro lugar de este pequeño ensayo, a saber, la escasa teorización política de Falange Española en el período fundacional. Era sencillamente imposible que ningún falangista se dedicara a la elaboración ideológica, por que las balas silbaban en torno a sus cabezas habitualmente. En una situación así, no es el tiempo de las palabras, ni de las reflexiones, es, en cambio, el tiempo de la acción.

También hay que tener presente las responsabilidades. Que los mitos no impidan ver el bosque de responsabilidades que se abren sobre los líderes históricos de Falange Española. Y en especial sobre la figura de José Antonio. En los partidos en los que el poder es personal y su ejercicio prerrogativa del líder, a él es a quien hay que pedir responsabilidades. Digámoslo ya: esta primera muerte fue debida a la poca pericia de José Antonio a la hora de conducir al movimiento político. Impericia por que no logró zafarlo de la espiral de violencia que se generó en sus lindes, impericia por que no logró darle un cuerpo doctrinal suficientemente compacto; impericia por que no fue capaz de adivinar el escenario que se avecinaba para Falange y que iba a entrañar la muerte de muchos de sus militantes y cuadros y la suya propia; impericia, finalmente, por que no supo dar al partido una imagen de madurez que generara confianza en la sociedad española y animara a sus mejores hijos a ingresar en sus filas. Impericia por que, la imagen de marca del partido en 1936 era la de un grupo juvenil y activista, nada más. Y efectivamente, esa imagen se correspondía bastante bien con la realidad.

El carácter juvenil de Falange es posiblemente uno de los mayores atractivos que el partido tuvo siempre para quienes nos comprometimos con él en algún momento de nuestra vida.

Era un partido de jóvenes, con ideales jóvenes y en donde el canto a la juventud era una constante. Pero también esa imagen tuvo las consecuencias que podían preverse. Los partidos jóvenes ganan la confianza y la adhesión de los jóvenes, y los jóvenes son siempre los más generosos y los más radicales. La juventud si bien no es una garantía de inmadurez política, si lo es de maximalismo, de falta de apreciación de la realidad objetiva, de poca experiencia para prever escenarios (y dramas) futuros, etc.

Ciertamente, una de las características más universales del fascismo fue ese «canto a la juventud» que está muy presente especialmente en los sectores más intelectuales. El futurismo de Marinetti y del Partido Futirsta que luego dio vida al Partido Fascista era, a la postre, un canto a la juventud. El fascismo francés y en especial el fascismo intelectual de Brasillach y Drieu la Rochelle, era constantemente una exaltación de los valores y virtudes de los jóvenes. Y otro tanto ocurría en Alemania en donde la «nueva Alemania», a remolque de su juventud, iba a sustituir a la «vieja Alemania» de papá. Y, desde luego, el mismo modelo se repetía en el fascismo belga que incluso hizo de su líder Leon Degrelle un personaje de cómic que aun goza del favor de la juventud, «Tintín», y en el fascismo inglés el más escénico y populista de todos los fascismos con Mosley o en el fascismo rumano en el que a la idea de exaltación de la juventud se unió la idea sacrificial. Era una constante y como tal estuvo representada en el Fascismo Español. Pero…

… Pero a diferencia de otros fascismos, el español no logró arrancar políticamente. Desde el principio se vió comprimido entre una derecha suficientemente sólida y asentada que no supo encandilar (cuando el partido negó la entrada de Calvo Sotelo, la izquierda siguió viéndolo como un partido de derechas, mientras que la derecha se sintió como rechazada por el extremismo juvenil de unos jóvenes) y una izquierda que no supo ganar, ni siquiera neutralizar (por que, en dos años y medio de actuación, resultó evidente que los primeros esfuerzos de las JONS por atraer sectores del sindicalismo se había consumado con el fracaso. A este respecto resulta grotesco recordar que, si bien Angel Pestaña manifestó cierto interés por Falange Española fue, en tanto que Pestaña creía que Falange era el «brazo armado del capital» y que, por tanto, ahí encontraría el apoyo y la financiación para su exangüe Partido Sindicalista…). Cogido en esta pinza derecha-izquierda, el partido se vio comprimido en su crecimiento y no logró encontrar un espacio político propia sobre el que asentar su crecimiento, ni contar con el favor de grupos sociales concretos en donde pudiera crecer sin discusión y sin grandes conflictos.

El resultado de todas estas circunstancias objetivas fue que Falange Española, al no haber obtenido votos suficientes como para estar presente en las Cortes Republicanas de 1936, evidenció su infecundidad política. Desde entonces ya nunca más volvería a ser considerada como un «partido político», sería una milicia, sería una primera línea, sería un movimiento, pero nunca más, nunca, sería un partido adaptado para ganar elecciones.

Y es por ello que esta primera muerte enlaza, como veremos con la última, cerrando ambas un ciclo vital y sellando la extinción definitiva del partido falangista.

SEGUNDA MUERTE 18 DE JULIO DE 1936

El 18 de julio de 1936, Falange Española era un partido extremadamente débil. Ciertamente entre las elecciones de febrero y el 18 de julio, el partido se había visto reforzado con contingentes procedentes de las JAP. Pero, el partido había sido ilegalizado y a duras penas podía mantenerse en la clandestinidad. A decir verdad, Falange Española se vio envuelto en la conspiración militar por un doble motivo: por que era la única salida estratégica que le quedaba tras la ilegalización y por que vocacionalmente el partido era golpista desde el momento mismo de su fundación. Pero dar un golpe de Estado es una cuestión meramente técnica. Basta con tener la decisión y, a partir de ahí, con establecer una estrategia golpista. Pero, a fin de cuentas ¿qué diablos es un golpe de Estado? Pues apenas es otra cosa que un cambio de gobierno en el que la fuerza militar entra en juego en un momento concreto y puntual. Un golpe de Estado es un hecho político en el que la fuerza militar deja sentir su peso en un momento concreto. Fenómeno político-militar, un golpe militar no pueda darse sin el respaldo o la aquiescencia de una parte de la población. No existe el golpe militar-militar; para que un golpe militar pueda prolongar su existencia –y el franquismo logró sobrevivir durante 40 años– precisa el apoyo de una clase política civil. Al día siguiente del golpe el preciso seguir resolviendo los asuntos de la «res publica» y esto no puede hacerse por la vía de la orden ni del recurso al sargento mayor o a la cadena de mandos. Es un hecho político y, por tanto, precisa de políticos.

Todo esto lo decimos para recordar que el 18 de julio de 1936, los grupos falangistas dispersos por toda la geografía nacional, iban creciendo en la clandestinidad, limitadamente, pero crecían y Falange se perfilaba como la fuerza más combativa contra el comunismo, el socialismo y el anarquismo.

Ciertamente, si se leía la letra pequeña de sus documentos daba la sensación de que aquellos jóvenes tenían veleidades sociales, pero esto pasaba a segundo plano por que en el fragor de los combates callejeros con los «chiribís» y los «faieros», lo social importaba muy poco. Por lo demás, en Falange existía un amplio elenco de nombres ilustres de la nobleza española, tradicionalmente alineada con la derecha –salvo algún que otro raro aristócrata galdosiano y librepensador– con los que existían puentes tendidos. Y, por qué no recordarlo, el propio José Antonio Primo de Rivera era hijo del «Dictador», así con mayúsculas. El tiempo de la dictadura de Primo de Rivera estaba demasiado próximo como para que la derecha pudiera olvidar que el hijo del dictador lideraba, desde la cárcel, a aquel partido, pequeño pero tan bien dispuesto a combatir al marxismo y al anarquismo con sus propias armas. La derecha instó al ejército a «golpear» y éste aceptó el reto. Y para golpear, las fuerzas armadas acudieron a aquellos sectores más combativos que podían ayudarle en el momento decisivo y puntual del golpe militar: la falange y el carlismo.

¿Era justo dar un golpe de Estado contra la República? Hoy, lo políticamente correcto es negarlo. Ya se sabe, los golpes de Estado gozan de poco predicamento. Así que vamos a plantear la cuestión en otros términos: la República era inviable; los cuatro años de distintos gobiernos republicanos no habían conseguido modernizar mínimamente a España. Existía una guerra civil larvada en los corazones que precedió a la guerra civil que estalló en los campos de batalla. No creo que haya algo más trágico que una guerra civil. No creo que en 1936 hubiera muchos españoles que la desearan y desde luego no creo que ninguno estuviera en la dirección de ninguno de los dos bandos.

Unos pensaban en un golpe militar rápido que abriera el paso a una modernización global del país no menos rápida tal como había ocurrido en Alemania e Italia. Otros veían a la República como el vehículo de esa modernización. El engaño de esta polémica consiste en suponer que los republicanos de la época eran moderados, dialogantes y sensatos como los socialistas de hoy. La II República tuvo golpistas desde el momento mismo de sus orígenes y estos golpistas fueron socialistas. Para colmo, los anarquistas, siempre mantuvieron grupos armados que vivían del atraco puro y simple. Y la patronal tenía sus pistoleros a sueldo. Como también los tenían los comunistas e incluso partidos absolutamente moderados como Izquierda Republicana o los Escamots de Estat Catalá no se privaban de mantener grupo de potencia ofensiva que eran mucho más que sus servicios de orden. Si a esto unimos el subdesarrollo y la corrupción que apareció con la misma República, solamente los muy inconscientes pueden sostener que aquello podía llegar a algo bueno. Si la República era inviable, estaba claro que iba a morir rematada por la derecha o por la izquierda. La derecha golpeó, como ya lo había hecho la izquierda y los separatistas catalanes en octubre de 1934.

Para Falange Española el estallido de la guerra supuso un drama por que en su programa existía un sincero deseo de superar la dicotomía entre las dos Españas. Imaginamos la ruptura interior que debieron sentir en aquella época algunos dirigentes falangistas que deseaban ardientemente una España mejor no sometida a las discordias partidistas.

¿Existía otra salida estratégica? Creemos que no. Que Falange Española hizo en aquel momento lo único que podía hacer.

Y en este episodio reside la segunda muerte de Falange por que el partido era todavía muy débil como para poder pesar decisivamente en los escenarios que se generarían a partir de entonces. Diferente hubiera sido si el 18 de julio de 1936, Falange hubiera sido ilegalizada pero entre sus militantes figurasen diputados, senadores, alcaldes y si sus filas hubieran respondido con manifestaciones masivas al decreto de prohibición.

Pero no hubo tal. Falange era débil y no podía aspirar más a ser mera comparsa en el golpe militar. Para colmo la mayoría de sus líderes estaban entre rejas y el partido, con Hedilla al frente, apenas podía hacer otra cosa que estructurar redes clandestinas y prepararse para una lucha en la ilegalidad que el 18 de julio aceleró y cambió de orientación.

El compromiso de Falange con el alzamiento militar de julio de 1936, aun constituyendo la segunda muerte de Falange, contradictoriamente, supuso su despegue definitivo. En pocas semanas, aquella pequeña formación política cuyas siglas no aparecían más que en la crónica de sucesos, pasó a constituir un amplio movimiento de milicias como no se había visto nunca en la historia de la España contemporánea.

En efecto, el éxito de la sublevación en algunas zonas, la cobardía de la derecha que quedó virtualmente desmantelada incluso en aquellas zonas en las que la sublevación triunfó y el ímpetu de los pocos falangistas que estaban en libertad y contribuyeron al éxito del golpe en algunas zonas, generó un clima de adhesión y entusiasmo. Muchos jóvenes –y no tan jóvenes– se hicieron el siguiente razonamiento: ahora que el golpe de Estado se ha producido, los focos de resistencia republicana serán vencidos tarde o temprano y, finalmente, nuestro país podrá homologarse con otros países europeos en donde han triunfado regímenes antimarxistas. Así pues, la opción más aconsejable para las gentes que así pensaban era ingresar en las milicias falangistas, esto es, en las milicias del «fascismo español».

Otros sentían que había que hacer algo por la patria y que, aparte del ejército, los únicos que habían dado el paso al frente eran los falangistas (a excepción de Navarra en donde el carlismo tuvo un peso decisivo en la conspiración) así pues a ellos iba a corresponder el honor y gloria del triunfo. Sea como fuere y por las razones que llevaban a cada cual a las filas de Falange, lo cierto es que a las pocas semanas del alzamiento, los núcleos falangistas originarios habían sido desbordados por las nuevas adhesiones que se produjeron en masa. Generalmente, los recién llegados eran conservadores de derechas, más o menos aguerridos, que tenían de Falange Española una idea bastante básica. Y tampoco había cuadros suficientes como para formarlos políticamente. Afortunadamente muchos de ellos eran jóvenes estudiantes que aprendían bien y pronto. Les bastó leer unos cuantos discursos de José Antonio para entender que aquello era una forma española de fascismo y que valía la pena luchar e incluso morir por él. Y, c ciertamente, muchos de estos nuevos afiliados dieron su vida en los campos de batalla en los tres años que siguieron. Pero no nos adelantemos.

Al problema generado por la debilidad estructural de Falange Española en las elecciones de febrero, se unía ahora el problema de afrontar un crecimiento brutal sin tener cuadros capacitados. El resultado de este proceso liquidó muchas de las ilusiones que habían dado vida a Falange en el discurso del Teatro de la Comedia. ¿Cómo iban a pensar aquellos jóvenes bienintencionados y patriotas que se iban a ser envueltos en una guerra civil en la que posiblemente debían enfrentarse con su hermano o con su amigo de la infancia? Qué triste es un conflicto civil, qué dramas personales debieron vivir aquellos jóvenes militantes… Lo más dramático era que el ideal falangista no había terminado de ser definido.

En otra parte de esta pequeña obra abordaremos la cuestión ideológica, pero es preciso recordar ahora que Falange apenas tuvo de 1933 a 1936, es decir, algo más de dos años en nacer a partir casi de cero, crecer, desarrollar un nivel mínimo de actividad política y un máximo de actividad de choque y apenas pudo dedicarse a la elaboración ideológica. Esto es tan claro que apenas merecen comentarse las numantinas defensas de aquellos falangistas que opinan que el ideal nacionalsindicalista estaba completado, clasificado y cerrado el 18 de julio de 1936. Como máximo lo único que pudo establecerse fue un pequeño ideario y un programa político de 27 puntos, pero en cuanto a lo que se refiere a una ideología esto ya es otra cosa. No hubo tiempo, fuera de Ramiro Ledesma, no existió ningún ideólogo digno de tal nombre y, por lo demás, Ramiro estaba fuera de la disciplina del partido hasta el punto de que resulta un enigma histórico el por qué el movimiento creado por Franco se llamó Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, nombre no precisamente corto que además incluía a sectores muy diversos de los que, sin duda, las JONS eran una pieza prácticamente virtual y con una deriva ideológica muy especial en julio de 1936.

No había ideólogos, no hubo tiempo para redactar una ideología… así pues no es de extrañar que Falange fuera como un timón que «hacia donde se le da, gira». Efectivamente, un católico estaba predispuesto a ver en Falange a un partido defensor de los valores tradicionales de la España Católica y, por lo demás, José Antonio era terciario franciscano, así que… Para un fascista de estricta observancia, Falange era, sin más y sin matiz de ningún tipo, un partido fascista o nazi, incluso. Para alguien preocupado por «lo social», falange podía ser perfectamente el partido de defensa de los trabajadores. Así se entiende como hubo una falange de izquierda, como hubo una falange de derechas, como hubo una falange-falange y una falange fascista, una falange franquista y una falange antifranquista, una falange que daba más importancia a lo sindical que a lo nacional, al lado de otra que primaba el término nacional sobre el sindical… Cualquier versión del nacionalsindicalismo (y su contraria) eran válidas y podían justificarse en función de alguna frase perdida en las obras completas de José Antonio, o en su defecto en las de Ramiro Ledesma o en las de Onésimo Redondo. Pero el hecho esencial que vale la pena retener aquí es que cuando se produjo la llegada masiva de recién llegados al partido, ni existían cuadros políticos en número suficiente para asegurar el encuadramiento y la disciplina ideológica, ni, por lo demás, existía una ideología que difundir más allá de un programa mínimo y unos puntos doctrinales básicos.

De la misma forma que antes del 18 de julio, lo importante para Falange era asegurar la supervivencia de sus militantes, a partir de esa fecha, los mayores esfuerzos se concentraron en las necesidades del momento: ganar la guerra y preparar la paz. Esta fue la segunda muerte de Falange Española, por que, a pesar de que Falange impulsó decisivamente la acción de uno de los dos bandos, aquella guerra civil no era su guerra civil, pues no en vano se habían definido como “ni de derechas, ni de izquierdas”, y el impulso falangista surgió de un sincero deseo de superación de las divisiones históricas que habían arruinado el siglo XIX y el primer tercio del siglo XX español.

La participación de Falange Española en la contienda tuvo otra consecuencia histórica que ha pesado como una losa desde entonces sobre la actividad del partido: su vinculación a la derecha y a la extrema-derecha. El drama ha sido todavía mayor en la medida en que la totalidad del partido, seguía voceando la consigna de «ni derechas ni izquierdas»… ignorando o fingiendo ignorar que tras el 18 de julio de 1936 todo estaba mucho más que claro: «ni derechas, ni izquierdas, pero más bien con la derecha». A partir de ese momento empezó a existir una contradicción creciente entre lo que el partido decía y la imagen que la sociedad tenía del mismo. Esta brecha se ha ido ampliando con el paso del tiempo. Aun hoy muchos falangistas están convencidos de que su partido encarna la opción más revolucionaria que podría buscarse en el panorama político español… y la sociedad ignora en su conjunto que Falange Española siga existiendo como partido. Incluso personas con cierto grado de conocimiento y cultura política, como Amando de Miguel, hace unos años, en el curso de una tertulia a la que asistimos en Radio Intercontinental de Madrid, aludió a Falange Española como a un partido que se extinguió en la transición y del que, por lo demás, no tenía ninguna duda que se ubicaba en el mismo sector político que Blas Piñar, es decir, a la derecha de la derecha.

TERCERA MUERTE EL DECRETO DE UNIFICACION

Cuando Falange estaba desangrándose en los campos de batalla y movilizando la retaguardia de la zona «nacional», muy pocos de entre sus cuadros y militantes dudaban que el mayor esfuerzo debía estar orientado a ganar la guerra. Franco lo veía también de la misma forma, pero en su mentalidad militar recordaba un viejo axioma de la profesión que recordaba que un mal mando –el suyo– era mejor que varios mandos distintos. Por lo demás, la zona republicana era el reflejo especular de aquello que no había que hacer. Y Franco, con una lógica precisa y extremadamente lúcida, se aprestó a crear un soporte político que asegurase la existencia de una clase dirigente para su gobierno, durase lo que durase.

Con esta lógica se hilvanó el Decreto de Unificación entre la Falange y el Carlismo. A partir de entonces, se consagró el mando único de Franco que duraría por los siguientes 38 años. Falange Española dejó de ser un partido autónomo para ser otra cosa, como mínimo bastante extraña. Por que la «unificación » fue más teórica que real. Siguieron existiendo carlistas que no utilizaban camisa azul y siguieron existiendo falangistas que siempre llevaban la boina roja en el bolsillo o simplemente la denostaban visiblemente.

Con todo es innegable que Falange salió beneficiada de la Unificación. Algunos de sus cuadros de la preguerra alcanzaron carteras ministeriales y pasaron de ser activistas callejeros a funcionarios del nuevo Estado. Ciertamente, la Falange no fue la más beneficiada por el nuevo reparto del poder y es incluso aceptable que su aportación a la contienda no se tradujera en un mayor peso en el nuevo Estado. Pero así estaban las cosas y las resistencias falangistas a la unificación, aun existiendo, no fueron excesivas. Y, por lo demás, no existió alternativa falangista al decreto de unificación, esa es la triste realidad.

La unificación se produce con la mayoría de dirigentes, incluso los más significativos, presos, fusilados o muertos y sin que el cuadro ideológico estuviera completado. La gran paradoja es que un partido de dimensiones mínimas pudo llegar a compartir el poder gracias a la iniciativa golpista. El decreto de unificación, en la práctica, supuso que la Falange dejó de carecer de mando y pasó a tener un nuevo e inesperado Jefe Nacional, Francisco Franco, alguien que, ante todo, era una persona pragmática.

Fruto de ese pragmatismo fue la «fascistización» del régimen en la primera etapa de su larga andadura. En efecto, quien vea en el franquismo un fenómeno político que fue homogéneo a lo largo de sus 40 años, se equivoca. El franquismo atravesó cuatro etapas bien diferenciadas en su evolución histórica. La primera de todas ellas fue el giro fascista que se produjo a lo largo de la guerra civil. Era evidente que los Estados fascistas estaban aportando armas, municiones y voluntarios a la causa nacional, así que contra más se pareciera el nuevo régimen a quienes tan generosamente le ofrecían ayuda y patronazgo, más podría obtenerse de ellos. Además, a medida que la guerra seguía su curso, la situación internacional iba degradándose y pronto resultó claro que las potencias del Eje y los Estados democráticos terminarían batiéndose. Esos Estados manifestaban un apoyo no disimulado a la causa republicana, Francia especialmente y, por tanto, si había conflicto, la nueva España franquista estaría frente a ellos. El régimen adoptó en pocas semanas todos los rasgos propios de la coreografía fascista más elemental: águilas imperiales, retórica expansionista, uniformes, consignas para la población, banderas alemanas, italianas y españolas hermanadas. La España franquista se fascistizó y la fuerza política que en esos momentos era más similar a otros partidos fascistas europeos era, sin duda, Falange Española. Las necesidades de la fascistización hicieron que el régimen adoptara, con una mezcla de convicción y criterios de conveniencia, los ideales de Falange y los elevara a paradigmas del nuevo Estado.

Falange dejó de ser un partido autónomo y pasó a ser una parte de algo mucho mayor, en la que, por cuestiones de mero oportunismo político e imagen de cara a los países amigos, su presencia fue sobredimensionada. Pero, Falange había muerto, una vez más. Habían muerto líderes falangistas, militantes de primera hora y el fundador. Con ellos había muerto también, por tercera vez, Falange Española.

CUARTA MUERTE LA DERROTA DEL EJE

Por si todo este cúmulo de desgracias históricas fueran poco, las potencias del Eje, a cuya imagen y semejanza había sido constituido el nuevo Estado franquista, perdió la guerra. La División Azul que fue enviada para evidenciar el decantamiento de la España franquista hacia las potencias del Eje cuando la victoria sonreía a sus armas, fue repatriada tras haber pagado un elevado tributo de sangre generosaen la lucha contra el comunismo.

El plan de expansión de España en Marruecos fue archivado y olvidado, al igual que los planes de ocupación de Gibraltar y el régimen comprobó horrorizado que la imagen fascista que había adquirido podía convertirse en un serio problema, especialmente después de la derrota de Stalingrado, el desembarco americano en Marruecos y la ocupación de Sicilia. Cuando se produjo el desembarco de Normandía ya quedaba claro que el Eje estaba destinado a perder inevitablemente la guerra y que había que despojarse a prisa y corriendo de buena parte de los ideales y de la coreografía que caracterizaron a la primera fase de evolución del franquismo, travestido en nacionalsindicalismo.

Las medidas que adoptó Franco fueron dos: la transformación de España en Reino, no ya en «Estado Totalitario al servicio del bien común», sino en reino bajo la situación de una regencia y de otro lado la sustitución de la ideología nacionalsindicalista, dominante hasta entonces, por el nacional-catolicismo. Los propagandistas católicos y, con ellos los primeros núcleos del Opus Dei, tomaron el relevo de los funcionarios falangistas al frente de los ministerios más preciados y la enseñanza del catolicismo ultramontano sustituyó a los veintisiete puntos de Falange que, por el camino, por cierto, ya habían perdido el último.

El resultado de todo esto fue una segunda fase en la evolución del franquismo que abarca un período de límites relativamente definidos entre la sustitución de Serrano Suñer hasta los diez años siguientes cuando Eisenhower fue recibido en Madrid en olor de multitudes y Berlanga rodó su «Bienvenido Mister Marshall», comedia negra que evidenciaba la precariedad de un país que hasta ese momento encontraba dificultades para salir del subdesarrollo.

Pero Falange en esta reconversión murió una vez más. Fue su cuarta muerte. Era preciso que el régimen evitara el cerca exterior y, justo es reconocer, que la retórica imperial, que los postulados anticapitalistas de Falange que algunos líderes integrados en el franquismo todavía seguían sosteniendo, que las alusiones a la revolución nacional, a la formación de un «Estado Nacional Sindicalista» y la coreografía exterior, quedaran relegados a un segundo plano. La habilidad de Franco consistió en operar esta transformación sin inmutarse. De hecho, él era un católico de derechas y, en cuanto advirtió los riesgos de persistir con unas formas y principios que iban a estar marginados en la Europa democrática que empezaba a levantarse de las ruinas, se apresuró a dar al régimen una patina de nacional-catolicismo como ideología de sustitución del nacionalsindicalismo.

Pero hubo otro factor sin el cual es imposible entender como pudo resultar creíble la operación. A partir de 1946 y especialmente a 1947, se evidenciaron los resultados del triste y abominable Pacto de Yalta en el que Roosevelt, Churchill y Stalin, sellaron el destino de media Europa. En efecto, con Alemania dividida, todos los territorios que quedaban entre la frontera de las dos Alemanias y la rusa quedaban bajo el control de la Unión Soviética. Para colmo, los partidos comunistas de Europa Occidental, especialmente el francés y el italiano, gracias a su participación en el movimiento de resistencia antifascista (especialmente tras el desencadenamiento del conflicto germanosoviético, no antes), gozaban de una posición preponderante en sus países que amenazaba incluso, no sólo con aproximarse al poder, sino con llegar al poder.

Frente a esto, la recién constituida Alianza Atlántica presentaba debilidades. Por un lado existían menos de dos mil kilómetros entre el Telón de Acero y Hendaya. Desde el punto de vista estratégico, la OTAN carecía de profundidad. Y por otra parte, los países de la OTAN, tenían atadas las manos por su propia estructura democrática y parecían inermes ante el ascenso de los partidos comunistas. Menos mal que ahí estaba la España franquista para resolver en parte este problema. Por que si bien España no entró hasta muy tardíamente en la OTAN, si es cierto que, a partir de 1939 y con mucha mayor nitidez cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, si era algo era, sobre todo, un país anticomunista en el que, por lo demás, el partido comunista estaba prohibido y no existía una oposición de izquierdas digna de tal nombre. Era evidente que España no podría sobrevivir por mucho tiempo en su «espléndido aislamiento » y que las necesidades del desarrollo laminarían progresivamente las ínfulas autárquicas de algunos. Así que España era un aliado natural de la OTAN a pesar de permanecer fuera de la misma por sus estructuras políticas, digámoslo así, predemocráticas. El régimen logró sobrevivir al aislamiento internacional que no se tradujo en movimientos que atentaran contra la integridad nacional (a parte de la acción de los maquis comunistas en el Valle de Arán, loca aventura sin pies ni cabeza preparada por estrategas que, probablemente lo único que deseaban era el desmantelamiento y la aniquilación de los núcleos antifranquistas más agresivos).

Fue así como Falange murió por cuarta vez. El adoctrinamiento nacionalsindicalista en las escuelas cedió paso al adoctrinamiento nacional-católico, pero este, cada vez más se mostraba inadecuado para servir de soporte ideológico a la construcción de un Estado moderno. A decir verdad, el nacional- catolicismo supuso una tragedia para España. Probablemente fuera cierto que, en la nueva coyuntura histórica, si el régimen quería sobrevivir debía necesariamente atemperar su imagen fascista, pero en lugar de realizar una evolución hacia delante y encontrar fórmulas modernas y basamentos ideológicos más acordes con los tiempos que se avecinaban, realizó una síntesis entre la doctrina social de la Iglesia y los valores del catolicismo ultramontano, que ya empezaban a ser cuestionados en la práctica por la propia sociedad. Ahora bien, si el período nacionalsindicalista se tradujo en la creación de estructuras de encuadramiento de la sociedad (Falanges Juveniles, SEU, Guardia de Franco, Sección Femenina, etc.), el débil impacto del nacional-catolicismo en la sociedad no fue suficiente como para que se constituyeran núcleos de encuadramiento social. El régimen empezó a perder fuerza social. De hecho, y a decir verdad, la población apenas experimentó el cambio de signo ideológico del régimen. Interiormente se siguió cantando el Cara al Sol en el intermedio de las proyecciones de cine y a la entrada de los colegios, las organizaciones de encuadramiento del régimen siguieron con sus uniformes paramilitares y su coreografía más o menos inspirada en el período fascista y no existió una ruptura notable. Esa ruptura, sin embargo, se produjo a nivel de cúpulas y de orientación general del régimen. El peso de los «propagandistas católicos» creció en la misma intensidad que disminuyó la presencia falangista en las altas esferas. Ciertamente, esta presencia siguió existiendo hasta último hora, por que, con mayor o menos intensidad, los únicos que lograron movilizar masas durante el franquismo fueron –a parte de los franquistas de estricta observancia– los falangistas en los que una parte de la población vería a gentes con cierto sentido social y, por lo demás, el yugo y las flechas seguía presente en los pueblos de España en obras sociales, casas baratas y ayudas a los necesitados. Pero el Estado que un día pretendió ser nacionalsindicalista, ya evidenciaba otra vocación: la de Reino. Y aquí las cosas estaban claras. Por que si los líderes falangistas supervivientes de la primera

hora y aquellas nuevas adhesiones que habían venido con la movilización del 18 de julio o los que acudieron al estallar la paz, a poco que hubieran leído algunos párrafos de las Obras Completas de José Antonio, pudieron advertir que si alto tenían claro era el distanciamiento enorme de Falange Española de cualquier forma de monarquía. Se proponía un Estado Nacionalsindicalista que no sería, en absoluto monárquico. Tanto José Antonio, como Ramiro Ledesma, habían expresado críticas muy profundas y radicales a la monarquía borbónica de la que el primero dijo en un alarde de generosidad que había «gloriosamente fenecido» (la «gloria» de la huida de España de Alfonso XIII que abrió el paso a la República y a la guerra civil, no quedaba, de todas formas, aclarada) y el segundo, pasando balance en el capítulo inicial de su «Primera Digresión sobre el destino de las juventudes de España» concluyó su análisis sobre los últimos 150 años de historia española resaltando la incapacidad de los borbones para gobernar, concluyendo que «tras esta pirámide de fracasos, la consigna es Revolución Nacional». No había nada, absolutamente nada, ningún elemento doctrinal en el magro patrimonio ideológico de Falange que permitiera pensar en una convivencia posible con monarquía alguna, en especial con la borbónica (al menos con los carlistas existía una hermandad de sangre vertida en la guerra civil, no desde luego con los alfonsinos ausentes, salvo muy escasas excepciones, de los campos de batalla).

España fue, a partir de entonces, Reino; Falange falleció por cuarta vez. Fue víctima de incompatibilidad de formas de Estado. También hubo drama: por que la población siguió teniendo a Falange como el motor del régimen, de un régimen que ya no era suyo y que tenía una forma que chocaba explícitamente con lo propuesto por los fundadores.

QUINTA MUERTE: LOS ACUERDOS CON EE.UU.

La brecha se fue ensanchando. Si en la anterior ruptura, se hizo en función del adaptacionismo del régimen a la realidad internacional, la siguiente muerte tendría mucho más que ver con el adaptacionismo económico. España era, no lo olvidemos, una sociedad que pugnaba desesperadamente por salir del subdesarrollo, pero que a principios de los años cincuenta todavía languidecía en la pobreza. Hasta bien entrados los años 50 existieron «restricciones» de energía; y hasta un poco antes hubo racionamiento de alimentos. La situación no era particularmente boyante. La realidad es que Franco, con una habilidad propia del gran estadista que fue, sobrevivió a las peores crisis y supo llevar al país desde el subdesarrollo económico y el desmantelamiento generalizado de 1939, a una sociedad con buena salud económica e incluida en el pelotón de cabeza de los países desarrollados. Justo es reconocer que Franco, en este tránsito de la más absoluta miseria a la abundancia, se vio ayudado por una serie de factores y el primero de todos ellos fueron la firma de los acuerdos de cooperación y ayuda con los Estados Unidos en 1954.

En esa época el régimen era nacional-católico en su proyección exterior, nacionalsindicalista en su proyección interior y, la población, parecía cada vez menos interesada por los matices ideológicos, los Cara al Sol, los rosario en familia del Padre Peyton, el Congreso Eucarìstico Internacional y las adoraciones nocturnas; la población quería sobrevivir y más que eso, algunos insensatos, pretendían incluso vivir feliz y prósperamente. Y Franco lo sabía. Lo exiguo de la oposición antifranquista delata que por esas fechas el pueblo español anteponía la resolución de los problemas cotidianos a la reconquista de las libertades democráticas y a la revolución nacional Raimundo Fernández Cuesta compartía también ese criterio. Cuando se le preguntó en 1972 por qué no se había hecho la «revolución nacional», se limitó a sonreír y decir «Hombre, es que hubiera sido el reparto de la miseria». Y tenía razón. Pero allí estaba el flamante Presidente Eisenhower, «Ike», para situarse en una línea de ayuda mucho más profunda que el peronismo argentino, y garantizar las bases del futuro desarrollo económico español.

Cuando Franco abrazó a «Ike» en Barajas, la etapa nacional-católica del régimen se cerró y se abrió otra nueva: la del desarrollo económico. Y una vez más, Falange murió en ese abrazo. En primer lugar por el «patriotismo» inherente a la doctrina falangista que difícilmente podía compatibilizar una dependencia del régimen con una potencia que era, en primer lugar extraeuropea, en segundo lugar demoliberal y en tercer lugar, el coto de caza del capitalismo más avanzado y agresivo. Por que, si había otra cosa que la mayoría de falangistas tenía claro, era que falange, aun no teniendo una doctrina económica particularmente clara y bien teorizada, era, más o menos, anticapitalista. De hecho, sus ínfulas de justicia social tenían como contrapartida una limitación a los excesos del capitalismo. La presencia de «Ike», aun sin decirlo, implicó: «Si queréis desarrollo poneros en el furgón de cola». Y así la bandera de las barras y estrellas empezó a ondear en España. No fue del todo mal. Si bien se renunció a parcelas de soberanía, el adscribirnos al «bloque occidental» hizo que los embajadores regresaran a sus embajadas, que se normalizaran las relaciones diplomáticos y que las fronteras se abrieran al turismo y a los capitales. La economía se reactivó y los excedentes de capital procedentes se reinvirtieron en nuevas industrias. En 1961 una chica de aspecto francés fue la «turista un millón». En los quince años siguientes se llegaría a la «turista veinte millones».

El turismo trajo algo más que dinero. Trajo otras formas, otras costumbres, otros ritmos. El fenómeno no vino solo, la televisión avanzó también paralelamente. Y con las series nuevas importadas del extranjero, también se vieron otras formas, otras costumbres y otros ritmos. Nosotros, nuestros padres y nosotros mismos, no lo sabíamos, pero estábamos asistiendo al despuntar de un fenómeno que corriendo el tiempo ha sido llamado «mundialización». Y este fenómeno iba a acarrear profundos cambios en la sociedad española. En este momento de nuestra exposición queremos abordar un punto extremadamente crucial y decisivo en la historia de Falange. Un punto todavía no resuelto razonadamente por las distintas fracciones que hoy sobreviven del falangismo. Se trata de la valoración global que tuvo para Falange el franquismo. Hay que reconocer que, sobre este tema, no ha existido ninguna obra definitiva, ningún análisis que tuviera en cuenta la multiplicidad de factores en juego y que, finalmente emitiera una valoración crítica de lo que ganó y lo que perdió Falange en su colaboración –por que, a la postre se trató de eso, de una colaboración– con el franquismo. Es evidente que excede de los límites de estas páginas un estudio de tales características, pero si sería bueno recordar algunos puntos que quizás otros se sientan tentados a desarrollar.

A diferencia de los defensores de lo «políticamente correcto», nosotros sostenemos que el franquismo fue necesario en la historia de España. A lo largo del siglo XIX se había evidenciado –y Ramiro Ledesma lo explica con una claridad que le honra– entre España y Europa. El desastroso siglo XIX español fue una acumulación de tragedias y desgracias sin sentido ni interrupción cuyos efectos se vieron en 1898 en el plano nacional y en el plano económico en un desfase entre los países de Europa Occidental y España. Este abismo de 150 años de retraso existente en 1936, se superó durante el período franquista.

Así pues, si hoy nos encontramos en el pelotón de cabeza del desarrollo mundial no se debe ni a los buenos oficios de las dos repúblicas –a cual más catastrófica– ni a la acción de los borbones –no menos catastrófica, por lo demás– sino a las iniciativas asumidas durante el período franquista que se pueden resumir en una sola: concentrar todos los esfuerzos nacionales en una sola tarea, lograr el desarrollo económico. ¿Y las libertades políticas? Franco respondía: la primera libertad es la seguridad de llevarse un bocado de pan al día. ¿Y el libremercado? A la porra, se trataba de planificar el desarrollo, no de dar vía libre al mercado.

Así, con estas dos orientaciones: concentración de poderes en lo político y planificación económica, España, entre 1954 y 1975 logró despegar económicamente. La historia todavía no ha juzgado convenientemente este período de nuestro pasado que, por sí mismo, legitima al franquismo, al menos desde el punto de vista del bienestar material de los ciudadanos, lo cual no es poco. ¿Hubiera podido conseguirse tal desarrollo en un régimen de libertades? Lo dudamos. No es lo mismo reemprender la reconstrucción de un país que, como Alemania o Francia, ya estaban insertados en el siglo XX cuando se produjeron las catástrofes de las dos guerras mundiales, que reconstruir un país sin tejido industrial, sin cuadros directivos, sin personal especializado, como era la España agraria y subdesarrollada de 1936. Para que en tan poco tiempo pueda darse un salto de tanta envergadura hay una serie de condiciones que se deben asumir: la primera de todas ellas es la concentración de poderes. Es imposible planificar la economía a largo plazo estando pendientes de elecciones cada cuatro años. Es imposible planificar una tarea de desarrollo de tal magnitud, sabiendo que el electorado puede dar la espalda, por cualquier capricho, a la opción que ha asumido la tarea. Así pues, la concentración de poder y el relegar a segundo plano las libertades formales es casi una condición necesaria para un desarrollo acelerado. Lo ocurrido en España no es una excepción.

Rusia pasó de ser el paraíso de los mujiks a ser una potencia mundial de primer orden gracias a la espantosa concentración de poder que supuso el período bolchevique. En el otro extremo de Europa, en España, las cosas anduvieron de la misma manera…

Y Falange volvió a morir. Por que en ese momento lo que Franco requería era, sobre todo, economistas, planificadores, cuadros técnicos y científicos. Y falange no los tenía; apenas tenía otra cosa que movilizadores de masas a lo Girón. Bastaba con un resoplido del «león de Fuengirola» para que los trabajadores y las clases medias a las que les empezaba a lucir el régimen, para que tras las banderas de España y la Falange (o el Movimiento de FET y de las JONS) se lanzaran a la calle, no en apoyo de la revolución nacionalsindicalista, sino en apoyo del régimen. Siempre son buenos los baños de multitudes, pero también es mejor que esas multitudes tengan un motivo para salir a la calle y la satisfacción de sus necesidades es, desde luego, el más atractivo. La gran contradicción era que esas masas seguían saliendo a la calle tras las banderas de Falange, pero el régimen era cada vez menos falangista, si es que en ese momento lo era algo.

En este período se gestó otro fenómeno cuyo desarrollo no supieron predecir ni los falangistas del régimen ni los escasos núcleos que se situaban extramuros del mismo. El capitalismo incipiente se siguió desarrollando en España. Convivía más que bien con las estructuras de poder centralizado y autoritario. Ya hemos visto por qué, era una condición para el desarrollo. Pero, con el paso del tiempo, hacía principios de los años 70, se evidenció que todo lo que podía desarrollarse en aquel marco político, ya se había desarrollado. Faltaba un impulso definitivo para la economía española: el tránsito de una economía cada vez menos autárquica, a una economía integrada en la Europa Comunitaria. Y aquí ya existían problemas, por que la forma política española, confirmada en el referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado de 1967, implicaba que nuestro país seguía sin alcanzar los standares democráticos preceptivos para entrar en el club europeo.

Lo que había ocurrido es que la aristocracia económica tradicional –los grandes latifundistas y las dinastías industriales catalanas y vascas– que hasta entonces habían convivido perfectamente con el franquismo, a partir de ahora precisaban de otro marco político para desarrollar sus negocios. Todo el país precisaba de un salto cualitativo que el franquismo, por muchos motivos, ya no podía aportar. Así se produjo la contradicción entre un crecimiento económico que alcanzó tal nivel de desarrollo que tuvo que afrontar una reforma política. De hecho, a una estructura económica capitalista, corresponde una estructura social en la que la burguesía es la clase hegemónica y la democracia formal su forma política más adaptada. Las necesidades de la estructura económica arrastraron la necesidad de una reforma política.

A mediados de los años 60, el régimen empezó a dar muestras de debilidad. Apareció una contradicción en su interior entre los miembros del Opus Dei y los que remotamente tenían una inspiración falangista (o, más bien, «movimentista»). Los primeros habían constituido los cuadros que sustituyeron a falangistas y propagandistas cuando las necesidades del desarrollo precisaron el recurso de tecnócratas y cuadros directivos, mucho más que el de movilizadores y moralizadores de las masas. Pero eran tecnócratas fríos y además castos. Algo con poco atractivo para la población. Si bien siguió existiendo una mayoría social que apoyó al franquismo, también es cierto que esa mayoría era «silenciosa» y que empezaban a oírse los ecos de las protestas de minorías menos silenciosas.

Y además Franco estaba envejecido. Era evidente que el régimen, a pesar de las promesas de la Ley Orgánica y de la jura de Juan Carlos como «Príncipe de España y heredero de la Corona», no habían disipado las dudas sobre el porvenir; se dudaba de su capacidad de liderazgo. Para casi todos resultaba altamente improbable una supervivencia del franquismo sin Franco. Y mucho menos con Juan Carlos, si bien para ello, el Caudillo colocó junto a él el brazo tutelar del Almirante Carrero Blanco.

Todos estos desarrollos estaban implícitos en el abrazo que intercambiaron Eisenhower y Franco en 1954. En ese abrazo murió de nuevo Falange Española víctima del desarrollo económico que España necesitaba pero al que sus cuadros no podían ni sabían estimular. Para eso estaba el Opus-Dei y con ellos contó Franco que, en el fondo, había dicho en esa época a un conocido: «Hágame caso, no se meta en política», actitud muy gallega que implicaba que la política de Franco, voluntariamente no era cosa más que una forma de pragmatismo por encima de ideologías concretas. Como máximo, las formas autoritarias (derivadas de su pertenencia al estamento militar) y católicas (derivadas de su propia concepción religiosa), impidieron que ese pragmatismo fuera absoluto.

SEXTA MUERTE 20 DE NOVIEMBRE DE 1975

Los últimos años del franquismo registraron un alto nivel de actividad de los grupos falangistas disidentes del movimiento que, contrariamente a lo pretendido, pudieron desarrollar su actividad sin grandes obstáculos y sin que debieran afrontar una represión comparable a la izquierda comunista. Y también, intramuros del régimen, se produjeron distintos movimientos de rectificación de posiciones que cobrarían forma en los años siguientes.

En efecto, contrariamente a lo que se tiende a pensar, la transición democrática empezó en vida de Franco. O al menos una forma de transición. En efecto, Carrero Blanco era perfectamente consciente de que, tarde o temprano, los caminos de España convergerían con los de Europa. Era un simple problema de geografía: España era un extremo de Europa; era imposible negar esta realidad geopolítica. Y Europa se empezaba a articular en torno al entonces llamado Mercado Común. España tendría el paso vedado mientras no adquiriera formas política democráticas.

Para Carrero la evolución del régimen era inevitable a corto plazo. El problema era que el régimen había advertido a finales de los años 60 que carecía de base organizada. La transformación del «movimiento organización» en «movimiento comunión de todos los españoles en los ideales del 18 de julio», no había estimulado la creación de una base social organizada. Y lo que era peor, las organizaciones del «movimiento» se estaban vaciando de militantes justo después de vaciarse de contenidos. Los Servicios de Información de Carrero advirtieron al Almirante de la situación y éste decidió actuar en consecuencia. Transición hacia una democracia formal, si, pero limitada, tal era la posición de Carrero Blanco quien lo había comentado con sus ayudantes y colaboradores más próximos: «Hasta los socialistas todo, desde los comunistas nada». La idea era animar a los socialistas a que se integraran en un sistema democrático limitado que excluyera a sus principales concurrentes, los comunistas. El plan de Carrero no era absurdo; solamente así podía mantenerse la institución monárquica como continuadora del franquismo y evitarse la ruptura democrática que preconizaban comunistas y socialistas. Para Carrero se trataba de romper el frente de la oposición democrática. Por otra parte, el Almirante intentó en los últimos meses de su gobierno estimular el comercio español en los países del Este europeo con la idea de disminuir la dependencia española del Mercado Común.

Era una estrategia lícita para asegurar la supervivencia del régimen, pero fracasó en la medida en que el delfín Carrero resultó asesinado por ETA en diciembre de 1973. A partir de ahí los casi dos años que Franco le sobreviviría demostraron la incapacidad del régimen por evolucionar interiormente. Y al mismo tiempo demostraron otra cosa: la incapacidad de Falange para prever escenarios futuros.

La muerte Franco cogió a Falange Española debatiendo sobre su unidad, cuando, en realidad lo más oportuno habría sido debatir sobre las ideas, orientaciones y programa que deberían de impulsar al partido en los años siguientes. Por que, a partir del 20 de noviembre de 1975 una cosa estaba clara: el régimen estaba obligado a evolucionar si quería salvar algo. Suárez lo entendió. Fraga lo entendió. El propio Fernández de la Mora lo entendió. Blas Piñar, Girón, Raimundo, Diego, incluso los militantes que dieron vida a la Falange Auténtica no lo entendieron.

Una etapa nueva se aproximaba para España, pero los distintos grupos falangistas no iban a estar en condiciones de subirse al tren de la democracia. El día en que murió Franco era evidente que un capítulo de la historia de España se cerraba. El régimen estaba obligado a abrirse o de lo contrario a perecer arrastrado por la marea democratizadora. Y Falange estuvo ausente de este proceso. Por eso, por sexta vez en su historia, murió.

A partir de 1968, se habían formado distintas asociaciones y círculos falangistas que disponían de una mínima base humana para un crecimiento futuro. Había militantes capaces de dar vida a un partido falangista adaptado al tiempo nuevo. No es que no hubiera unidad –que no la había– es que no se pensaba en términos de partido y, por tanto, no se actuaba con la lógica de un partido que está dispuesto a competir con otros en la conquista del poder.

Los núcleos juveniles que dieron vida a la Falange Auténtica optaron por la vía del activismo y asumieron una línea política en la que toda la actividad podía sintetizarse en un izquierdismo obrerista que incluso empezaba a estar en desuso en la extrema-izquierda. Consignas como «Falange con el obrero» caían en saco roto por que habían pocos obreros en Falange y, por lo demás, a la clase obrera le daba absolutamente igual si la Auténtica estaba con ellos; a la vista de como iba la inflación en aquellos años, era evidente que afrontaban problemas mucho más realistas.

Los intentos, completamente obsesivos e inútiles por demostrar que Falange era un movimiento de oposición que buscaba la «ruptura democrática», las recogidas sistemáticas de yugos y flechas en todos los pueblos de España, no consiguieron levantar la pesada losa que tenía Falange desde el altofranquismo. Es más, los «auténticos» no se dieron cuenta nunca de que el problema no era si Falange había colaborado o no con el régimen –algo que era muy difícil de desmentir– sino como mirar hacia el futuro, con qué programa, con qué estrategias, con qué tácticas, con que objetivos… y sobre esto, las clamorosas acciones de Falange Auténtica no aportaron absolutamente nada, aparte de un verbalismo hiperrrevolucionario que no podía ocultar la vergüenza y el complejo de inferioridad de este sector hacia la izquierda marxista. Por supuesto, no hubo nada que hacer; aquello estaba condenado al fracaso antes de empezar a actuar.

Pero es que otros sectores falangistas tampoco tuvieron mejor fortuna. Los Círculos Doctrinales José Antonio que habían logrado constituir algo mas de un centenar de núcleos a mediados de los años 70, estaban preocupados por lograr la unidad de acción con otros sectores. Las conversaciones eran interminables.

Los avances escasos. Cada paso adelante era bloqueado por la inestabilidad misma de estos grupos y por el hecho de que ni siquiera interiormente cada sector tenía una opinión uniforme sobre nada.

A poco de morir Franco, en diciembre de 1976 se convocó el intento unitario más ambicioso de este sector, el llamado Congreso Nacional Falangista. No se produjeron avances significativos. Los «auténticos» recién constituidos aprovecharon para repartir su propaganda. Mientras, en el interior, las cosas no avanzaban: las ponencias habían sido redactadas por anticipado; no era un congreso en el sentido riguroso del término, sino un intento de traslado de ponencias elaboradas por la «superioridad», ponencias, por lo demás, de muy escasa calidad y que, de nuevo volvían a eludir el problema fundamental: no preveían un escenario democrático. Les preocupaba solamente la unidad y el salvar el programa de 27 puntos. Por lo demás, el nivel político era muy bajo. Se llegó a votar punto por punto el programa fundacional. Al llegar a la consideración del hombre como «portador de valores eternos» la votación arrojó un escaso margen de cinco puntos, margen suficiente para que la concepción del ser humano resultara como en el texto fundacional. Era la «primera fase» de un proceso que debía de haber llevado a la unidad, pero que constató para los que asistimos el pobre nivel político y la ignorancia del mundo real al que habían caído los dirigentes del movimiento en aquella época. En realidad, la «auténtica» era más práctica y, por tanto, más agradable a muchos. Convencidos de que las conversaciones por la unidad eran absurdas por que las brechas entre las distintas fracciones eran excesivas –lo cual era una apreciación rigurosamente cierta– se dedicaron a realizar unilateralmente agitación política. Crecieron como crece toda masa que se agita, pero su despiste político y lo infumable de sus planteamientos hicieron imposible que tantas energías desplegadas pudieran ser capitalizadas.

Sorprende hasta la exasperación como ninguno de los grupos falangistas fue capaz de elaborar documentos que previeran la evolución del régimen y explicaran cual podía ser el papel de los falangistas ante la nueva situación. Sorprende que en ese período previo a la muerte de Franco, los grandes problemas que se planteaban los distintos núcleos falangistas eran: seguir manteniendo el programa de 27 puntos, rescatar el yugo y las flechas del «secuestro» de que habían sido objeto por el régimen de Franco, de disputarse con otros grupos azules el nombre y las siglas. He de confesar que, personalmente no entendía nada de todo esto, fue un querido amigo y camarada de Barcelona quien me lo explicó de regreso del Congreso Nacional Falangista: «Falange –me dijo– es eso: 27 puntos, un himno, el brazo en alto, la camisa azul, el yugo y las flechas… quita eso y acabarás con Falange». Y entonces entendí la obstinación de las distintas fracciones falangistas por disputarse ese patrimonio. Solo que esta disputa, enmarcada dentro de la inalcanzable perspectiva unitaria, no tenía ya sentido político en unos momentos en los que era preciso conquistar a las masas, y conquistarlas electoralmente, por que, a fin de cuentas, de lo que se trataba entonces era de tener parcelas de poder al alcance de cualquier partido democrático.

Esto parecía que les interesaba a muy pocos. Los «auténticos» se situaban más allá de cualquier legalidad, lo que querían era un indefinida e indefinible «revolución sindicalista», mal definida y peor planteada por el camino del activismo insensato. Los falangistas franquistas se fueron enrocando en concepciones golpistas. En resto de grupúsculos languidecían entre intentos unitarios sin porvenir y pequeñas actuaciones activistas sin norte ni guía. En definitiva, una situación que era extremadamente parecida a la que se había producido en los últimos años del franquismo. Falange no advertía que empezaba a ser historia, que el tiempo jugaba inexorablemente en su contra y que a medida que pasaban los años y se eludía hacer una adaptación de los ideales fundacionales a la realidad de la transición, quizás, por que se intuía que negar al «Libro», es decir a las Obras Completas de José Antonio parcelas de actualidad, hubiera supuesto un sacrilegio. Y la falta de valor para «revisar» la doctrina entrañó el alejamiento de la realidad.

Falange murió –y una vez más, la mayoría de falangistas no se enteraron– el 20 de noviembre de 1975. Para mayor fatalidad, el óbito de Franco se produjo exactamente 38 años después del fusilamiento de José Antonio. Incluso en cuestión de fechas fúnebres el franquismo cultivó el equívoco con Falange. En estas circunstancias el interés de algunos falangistas en desvincularse del régimen era una empresa tan absolutamente irreal que no valía la pena intentarla. Los «auténticos» lo hicieron y su actividad frenética agotó toda una generación de militantes.

SEPTIMA MUERTE LA UNION NACIONAL DE 1979

Llegamos a la última muerte con la que se cierra el círculo y se concreta la desaparición de un movimiento político que ha agrupado en el siglo XX a buena parte de las energías juveniles de España. Por otra fatalidad del destino, la última de las muertes engarza con la primera, aquella que tuvo lugar en las elecciones de febrero de 1936. En ambas ocasiones ningún diputado falangista se sentó en las Cortes. En ambos casos, el fracaso sirvió para variar de rumbo las orientaciones políticas del partido. Entre 1975 y 1979, Falange estuvo dividida en tres opciones mayoritarias y un sin fin de opciones menores. Por un lado, los falangistas que habían colaborado con el Movimiento Nacional de Franco, agrupados en torno a Raimundo Fernández Cuesta; por otro los falangistas disidentes del Movimiento pero moderados agrupados en los Círculos José Antonio que habían organizado un Partido Nacional Sindicalista, y, finalmente los miembros de la Falange Auténtica que seguían con su activismo callejero.

Pero había otra fuerza, Fuerza Nueva, que había crecido extraordinariamente entre 1977 y 1979, gracias a la particular oratoria de su líder y fundador, Blas Piñar López. Piñar era un franquista, ante todo; su ideología era católica más que falangista. Su modelo de franquismo era el derivado del período nacional-católico que había absolutizado y convertido en el rasgo distintivo del franquismo, cuando, como hemos visto, apenas fue la línea dominante en un período de su historia.

Conservador en lo político y más conservador aún en lo religioso, Blas Piñar impregnó con estos principios a su movimiento que fue percibido por una parte de la población, como la opción de los descontentos con la democratización. Y, en efecto, mientras la transición generó problemas interiores de adaptación y asentamiento, Fuerza Nueva progresó. Pero cuando la democracia estuvo suficientemente asentada, Fuerza Nueva llegó a su techo y se desintegró vertiginosamente.

Los coqueteos de los falangistas colaboradores con el franquismo con Fuerza Nueva fueron constantes desde el principio de la transición. En las primeras elecciones democráticas se presentó una Alianza Nacional del 18 de Julio formada por carlistas, fuerzanuevistas y falangistas. No tuvo mucho éxito.

Sin embargo, es rigurosamente cierto que tras la campaña electoral de junio de 1977, Fuerza Nueva empezó a recoger el fervor de una parte sustancial de la población, especialmente en Madrid, Valencia, Cantabria, Asturias y Sevilla. En otras palabras, Fuerza Nueva creció mucho más de lo que lo hicieron el Partido Nacional Sindicalista de Diego Márquez y Falange Española de Fernández Cuesta. Así, cuando se convocaron las elecciones de 1977, Fernández Cuesta y Blas Pilar se aproximaron en la Alianza Nacional. Sin resultados. A los dos años siguientes, a estas dos fuerzas políticas se adhirió el Partido Nacional Sindicalista excepcionalmente debilitado por la presión de los «auténticos» por un lado y de los «colaboradores» por otro. La nueva candidatura de Unión Nacional llevó a Blas Piñar al congreso de los diputados… fue, sin duda, un éxito para Blas, pero no desde luego para las Falanges. Por lo demás y tratándose de una coalición, lo normal hubiera sido que con posterioridad a las elecciones se intentara proseguir con el trabajo unitario. No hubo tal. Ni Fernández Cuesta, ni Diego Márquez, números dos y tres de la candidatura hubo un lugar en el Congreso, ni interés posterior por profundizar en la iniciativa unitaria.

Esa fue la última muerte de Falange Española. La camisa azul era utilizada también por los fuerzanuevistas, que lucían el yugo y las flechas en los bolsillos de sus camisas. El nombre de José Antonio salía frecuentemente de los labios de Blas Piñar como en los cuarenta años anteriores había sido pronunciado frecuentemente por personalidades no falangistas. Las centurias paramilitares de Fuerza Nueva rememoraban las milicias falangistas de la guerra civil… La bandera de Falange ondeaba junto a la cruz carlista y la bandera azul y roja (azul de falange, roja del requeté) de Fuerza Nueva. Y además, Blas Piñar fue el político más maldito de toda la transición, por lo tanto, el nombre de Falange raramente era considerado como el de una entidad independiente, sino que se le consideraba como una especie de aliado y prolongación del piñarismo. En estas condiciones el mensaje falangista una vez más se desfiguró.

Las opciones del FE(i), por no decir de la «auténtica», señalando que el franquismo y la falange eran entidades completamente diferentes, resultaba increíble para la población que veía como los mismos símbolos falangistas eran utilizados por la extrema-derecha fuerzanuevista.

Pero hubo algo peor, mucho peor. Los dirigentes y cuadros falangistas parecían seguir sin tener interés por adecuar su doctrina a la nueva realidad española. Hubo estudiantes falangistas, universitarios falangistas, cuadros técnicos falangistas, pero que resultaron absolutamente incapaces de reelaborar y adaptar el programa de 1936 a la realidad de 1979. Y Falange murió a causa de esa incapacidad.

Por puro respeto hemos fechado en las elecciones de 1979 la última de las muertes de Falange, la séptima. En realidad no habría que perder de vista la fecha del 23 de febrero de 1981, como fecha alternativa a esta última y definitiva muerte de Falange.

A partir de 1977, cuando la evolución democrática era imparable, la mayoría de miembros de Fuerza Nueva y de Falange Española, sector «raimundista», habían renunciado a vencer en unas elecciones democráticas. Se les antojaba un proceso excesivamente largo y dificultoso para el que no se sentían adaptados. Surgió así la hipótesis golpista como una alternativa.

Pero, a decir verdad, pocos fueron los que entendieron lo que significaba el golpe militar. Para la mayoría se trataba simplemente de «apoyar al Ejército». A diferencia de la situación de la preguerra, esta nueva Falange de la transición jamás tomó contacto con medios militares, jamás conspiró con ellos y jamás tuvo noticias de las intentonas golpistas antes de que se produjeran. Eran vocacionalmente golpistas, pero estaban alejados de cualquier práctica golpista. El 23 de febrero les cogió de sorpresa a casi todos y, desde luego, al grueso del movimiento falangista. El 23 de febrero, uno de esos momentos olvidables de la historia de España, se cerró con una Falange que, en buena medida, compartía las posiciones golpistas pero que no había sabido ni podido hacer nada para colaborar con ellas. Falange, por última vez murió.

El ciclo iniciado en febrero de 1936 se había cerrado. Como entonces Falange no superó la prueba electoral. Como entonces Falange –el sector mayoritario de Falange en la época– asumió la vía golpista. A diferencia de entonces, acaso por cansancio, acaso por que el movimiento era de pequeñas dimensiones, acaso por impreparación o por lo que fuera, Falange no participó activamente en la iniciativa golpista de febrero de 1981, como tampoco, por lo demás, Fuerza Nueva.

Aquella fecha murieron muchas cosas. Falange se vio acompaña en su óbito por Fuerza Nueva quien, a los pocos meses se autodisolvería reconociendo su fracaso. A Falange no le quedó ni siquiera eso. Incluso la «Auténtica», el sector de Pedro Conde, se había autodisuelto en 1980 a la vista de los malos resultados del partido y de la deriva problemática adoptada. Cuando eso ocurría, Falange hacía muchas décadas que había dejado de ser un partido unitario, existían muchas fracciones, todas ellas igualmente desorientadas, desprovistas de medios, de estrategia, y sobre todo, de ideas nuevas.

La falta de ideas nuevas y de salidas estratégicas hizo que, a partir de 1981, las distintas fracciones falangistas enarbolaran la consigna de la «unidad» como única alternativa. Poco importaba que a medida que pasaba el tiempo la realización de esa consigna quedara cada vez más lejos y que en esas intentonas unitarias frustradas, menudearan los conflictos que creaban barreras insalvables, poco importaba que las iniciativas unitarias fracasaran una tras otra, poco parecía importarles que la única discusión fuera sobre los términos en los que debía realizarse la unidad, pero nunca sobre los principios y los esfuerzos de adaptación, sobre la estrategia y la táctica que eran las cuestiones verdaderamente importantes. Poco importaban, en definitiva, los contenidos de esa unidad, lo que importaba era la unidad en sí. Unidad inalcanzable que jamás terminó de formalizarse.

A partir de 1980, no la historia de España, sino la historia de la humanidad se acelera. Cada vez con mayor velocidad el rostro de la civilización va cambiando. Aparece la microinformática, cae el mundo comunista, guerra del golfo, fin de la historia, crisis de Yugoslavia, masacres en Africa, era de la informática, era de las redes, atentados del 11 de septiembre... eran los signos inequívocos de una mutación que afectaba a toda la humanidad y ante la cual, Falange y los falangistas permanecieron mudos y sin emitir documento alguno de altura capaz de integrar cada uno de estos hitos de la humanidad.

Al filo del milenio, era evidente que Falange había resistido mal la mutación de la humanidad. Ahora si que estaba muerta, definitivamente muerta, inhábil para pesar políticamente y para salir del exiguo gueto en el que se encuentra cada vez más aislada. Solo quedaba constatar esa muerte y actuar en consecuencia. A los cadáveres se les entierra antes de que se deterioren más.

ALGUNAS CONCLUSIONES PROVISIONALES

Estas siete muertes son, cada una por si misma y todas ellas en conjunto, episodios dramáticos en la historia del movimiento falangista y en algunos casos en la historia misma de España.

Ahora, cuando se llega al centenario del nacimiento de José Antonio, es fácilmente perceptible que lo único que tiene el movimiento falangista en sus alforjas, es historia. No tiene futuro, sólo historia. A diferencia de otros movimientos surgidos en el tiempo nuevo que carecen de historia pero pueden tener el futuro que sus miembros sean capaces de conquistar. Falange sólo tiene historia, Falange es historia, Falange forma parte de la historia. En esa historia, Falange tiene un punto importante en su haber: el haber constituido la levadura de buena parte de la juventud española durante varias generaciones. Por que, Falange nació de los jóvenes extasiados con la experiencia del fascismo. Falange facilitó a los jóvenes una causa para vivir y una buena excusa para morir por la Patria. Falange, finalmente, también murió entre los jóvenes e incluso hasta

última hora, sus últimos militantes, esos que no perciben que se han adherido a un movimiento que ya es historia, siguen siendo jóvenes en edad. Pero entre tanto canto a la juventud, tantas lonas y claros de luna en campamentos juveniles, faltó madurez de ideas, incluso entre los más maduros de sus militantes que seguían pensando en Falange, no tanto como una opción política de futuro, sino como una opción emotiva y sentimental que les remitía a los mejores años de su vida, esos en los que tenían energías y optimismo para afrontar las duras pruebas de la vida que se les avecinaban.

Falange no pudo evitar que la historia discurriera a mayor velocidad que su propia historia. Casi puede decirse que todo en Falange se hizo tardío y a destiempo: el movimiento fue fundado en un momento en el que ya existían las JONS que defendían exactamente lo mismo, su tardía fundación hizo que solamente estuviera presente durante algo más de dos años antes de que estallara la guerra civil; ese tiempo de retraso es lo que selló la debilidad del movimiento en esas jornadas, lo que hizo que sus filas fueran rebasadas en los primeros meses de contienda por recién llegados que intuían el ideal, pero no lo conocían en profundidad, o por simples ambiciosos.

Falange llegó tarde a su cita con la historia: Franco la utilizó mientras le convino y la sustituyó cuando la conveniencia fue otra. Cuando eran precisos técnicos y economistas, Falange no dispuso de ellos. El Opus Dei, en cambio, si. Cuando la situación requería estrategas hábiles y lúcidos, durante los años de Carrero Blanco y en la transición política, las distintas Falanges se enrocaron en posiciones difícilmente digeribles unas (los «auténticos») y políticamente nostálgicas (los «raimundistas»). Para colmo, el fracaso electoral de 1979 y el fin del golpismo les dejaron huérfanos de estrategia. El resultado fue una muerte lenta, por etapas, una extinción triste y aplazada en la que cada etapa era más oscura y deprimente que la anterior, las esperanzas eran cada vez menores y las dificultades a remontar cada vez más infranqueables, al mismo tiempo que la esterilidad política fue creciendo y la inadaptación al tiempo presente de cada instante cada vez más palpable.

Si la situación de Falange no es la de un cadáver velado cada vez por menos partidarios y más enfrentados entre sí, nos gustaría saber qué es... Lo hemos preguntado en algunos foros de Internet y la respuesta nos ha confirmado precisamente en la necesidad de escribir estas líneas. Siempre se nos ha contestado con retórica, mera retórica y nada más que retórica: «Falange está en las calles y en los campos de España» nos decía uno; otro aludía «a los actos y manifestaciones que se celebran en todos los puntos de España»; los había que utilizaban una retórica ampulosa fuera de lugar ayer y hoy: «Falange es una idea romántica que vive en los corazones de millones de españoles de buena voluntad». En otras palabras, se nos hacía saber que nuestra tesis era acertada: que Falange había muerto. Y nosotros nos limitábamos a recordarles a sus últimos mohicanos que era mejor enterrarla con dignidad.

 

LIDERAZGO Y SEUDO-LIDERAZGO. MANUAL PARA RECONOCERLOS

LIDERAZGO Y SEUDO-LIDERAZGO. MANUAL PARA RECONOCERLOS

¿Por qué algunos individuos se creen llamados a ostentar el mando a pesar de sus mediocres cualidades para el liderazgo? Vamos a ver las razones más frecuentes. Alguno se sorprenderá de que planteemos este tema, sin embargo ahí está: candente a la vista de que nunca como ahora hay tantos “líderes” para tan poco chicha. Vale la pena reflexionar sobre el liderazgo para evitar que el primer iluminado que aparezca reivindique el papel de líder por haber obtenido 3 votos más que el candidato contrario.

EL DECÁLOGO DE CUALIDADES DEL LIDER:

Existen algunas condiciones sine qua non para que alguien que reivindica la condición de líder pueda ser considerado como tal:

1) El éxito es la medida de todos los liderazgos: si el éxito acompaña a un movimiento político es que éste cuente con un liderazgo justo y asentado. Si un movimiento avanza, el liderazgo es adecuado; si un movimiento retrocede es que ese liderazgo es cuestionable. Es así de simple. Así pues, el líder debe saber guiar al partido por la senda del éxito, a partir de cero..

2) El líder debe tener relaciones sociales, eso supone que, antes de dedicarse a la política ha destacado en algo, evita que un frustrado en otras actividades puede intentar el camino de la política a modo de compensación. El líder debe disponer de una red propia de contactos de los que pueda beneficiarse un movimiento político. Si estos contactos no existen, podemos preguntarnos ¿en qué ha destacado un presunto líder político antes de serlo? Si la respuesta es: “en nada”, entonces no hay duda, tampoco destacará en política.

3) El líder debe disponer de propios medios de vida o bien ser extremadamente austero el partido debe facilitárselos. O bien, el líder cuenta con un patrimonio propio que le permita dedicarse full time a la actividad política, o bien la propia organización debe liberarlo de los problemas económicos cotidianos. Lo que hay que descartar como fuente de todos los problemas es que el seudo-líder tenga la llave de la caja y no esté obligado a dar cuenta de la salud económica de su organización. Una cosa es que el partido dé un suelto al líder y otra muy distinta que el seudo líder lo coja por su cuenta sin dar explicaciones a nadie.

4) El líder debe tener facilidad oratoria. El líder se expresa, en buena medida, mediante la palabra, así pues debe tener facilidad de palabra, buena información y agilidad mental para presentar en cada momento los mejores argumentos. Con demasiada frecuencia hemos visto seudo líderes que demostraban escaso conocimiento de la actualidad política, mínima agilidad mental y una oratoria tosca y facilona apta sólo para convencidos. Además, esa facilidad oratoria debe ser tal que no le impida contactar con distintos sectores sociales y culturales.

5) El líder debe ser un analista preciso. No basta con que otros sugieran lo que el líder debe decir, él mismo tiene que informarse sobre la actualidad y entender lo que está pasando. No debe olvidar que el líder es el máximo responsable político del partido y que a él le corresponde orientarlo políticamente. Solamente si es un buen analista, dará la talla en debates con sus propios camaradas o en el exterior del partido.

6) El líder debe ser una mezcla de doctrina y acción. El líder no puede ser una personalidad escindida: a un lado activista y a otro teórico. El líder es el primer militante de la organización y, en tanto que tal, una síntesis de pensamiento y acción. Esas cualidades las debe manifestar en el arte de la conducción política.

7) El líder debe conjugar prudencia y audacia. El líder debe mantener siempre una visión objetiva y real de sus capacidades de mando y de la situación del partido. De entre todas las opciones políticas que existen, solamente sobrevivirán aquellas que sean capaces de conjugar la prudencia (que le servirá para evitar provocaciones) con audacia (que hará que su partido destaque por encima de otros).

8) El líder debe tener la cabeza en el cielo y los pies en la tierra. El líder debe ser también una mezcla de idealismo y realismo. Para él la lucha política no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin: la realización del propio proyecto. A esto le llamamos “idealismo”. Pero ese idealismo debe ir conjugado con un realismo absoluto. Esa combinación solamente le posibilitará llevar a la práctica el rasgo anterior.

9) El líder debe ser imaginativo. En la lucha política, el ejercicio de imaginación es fundamental. El líder debe ser un personaje con una imaginación fértil, capaz de encontrar la consigna adecuada en cada momento; eso no está al alcance de todos, pero es una de las cualidades más necesarias para un líder. Entendemos que también debe ser una persona intuitiva capaz, en ocasiones, de anticiparse a las situaciones.

10) El líder debe rodearse de un elenco de cuadros eficaces. El líder es la cúspide, pero un líder solo no puede dirigir autocráticamente un movimiento político. El líder debe tener capacidad para elegir cuadros capacitados que le ayuden en su gestión. Son capacitados en tanto que son eficaces. Todo partido susceptible de avanzar solamente puede hacerlo gracias a la existencia de un equipo de cuadros eficaces. El liderazgo solo no basta.

Todas estas características se encierran en dos: simpatía y donde de gentes. Ambas cualidades le permitirán sintonizar:

- con sus militantes, con esperanzas y anhelos, y, consiguientemente, no defraudarlos.

- con amplias masas populares a las que deberá convencer de la bondad de sus puntos de vista.

- con los medios de comunicación que deben ver en él a un hábil polemista, jovial, y con gancho mediático.

LAS DISTINTAS FORMAS DE SEUDOLIDERAZGO

El liderazgo que no se ejerce correctamente lleva, de manera inevitable, al partido hacia su fracaso absoluto. Existen distintas formas de ejercer mal el liderazgo, esto es de practicar lo que hemos llamado “seudo liderazgo”:

- El autócrata: es el liderazgo intolerante, celoso, manipulador, ansioso de controlar todos los resortes del partido y de que nada se le escape. ¿Su error? Simplemente sufre una deformación del carácter, alberga desconfianza hacia todo y hacia todos y solamente elige colaboradores entre gente de su confianza, es decir, entre los que no cree que puedan hacerle sombra.

- El paranoico: la paranoia es una obsesión, frecuentemente una manía persecutoria o bien una forma incorrecta de apreciar la realidad. Es un grado más extremo que el autócrata, un error más grave, que puede proceder de una deformación del carácter aun más extrema, o bien de una herencia genética averiada, o bien del consumo de determinadas sustancias. El líder paranoico tiende a culpabilizar a otros de sus propios fracasos y ver conspiraciones inexistentes.

- El aventurero: es un tipo de liderazgo en el que apenas existen las componentes de prudencia, realismo y objetividad de las que hemos hablado antes. En lugar de eso prima el elemento activista, suele caer en provocaciones o, simplemente, las desata él mismo. Es una verdadera fuente de problemas y sus militantes corren el riesgo de verse embarcados en aventuras de escaso rendimiento político y mucho riesgo. Nunca mide las consecuencias de sus actos.

- El pasmarote: es la forma de seudo liderazgo opuesta a la anterior. El sujeto carece de valor y energía suficiente como para conseguir que el movimiento irrumpa en la sociedad, no se atreve a realizar una actividad rompedora, quizás, entre otras cosas por que carece de imaginación y le falta convicción en la tarea que ha asumido.

- El analfabestia: es el seudo-líder cuya sensibilidad cultural, doctrinal y político es similar a la de la piedra pómez. Literalmente, es más bestia que un arado, cree que con una mano de hostias y cuatro palabras bien dichas, su movimiento triunfará. No entiende grandes cosas de la política y su primitivismo ideológico ha surgido de muy pocas lecturas. Apenas lee. Más que hablar, escupe frases inconexas.

- El ultraidealista: no cae en la cuenta de que en política los ideales están bien y ser fiel a ellos mucho es mucho mejor que traicionarles, pero le falta realismo. No desciende a la política real, cree que con buenas intenciones ya basta para triunfar. Desprecia las técnicas políticas, los análisis objetivos y, en general, la política real. Su discurso político tiene muy poco que ver siempre con las necesidades de la población.

¿Y LOS QUE NO SON LÍDERES?

El liderazgo es una complicación que muchos no estamos en condiciones de asumir. Algunos somos lo suficientemente realistas como para saber que no estamos hechos de la madera de los líderes y, por tanto, preferimos situarnos en lo que consideramos nuestro justo lugar. No es por cobardía, es por realismo. Lo peor que puede ocurrirle a un movimiento político es justamente lo contrario que gente que no está capacitada para el liderazgo, se arrogue el mando de sus organizaciones. Eso ya ha ocurrido en el pasado demasiadas veces como para que permanezcamos silenciosos ante episodios tan lamentables.

Los que no somos líderes, nos queda participar en los organismos de dirección, si somos elegidos en los congresos, nos queda la posibilidad de opinar tanto dentro del partido como mediante blogs o artículos, etc., y, siempre, en cualquier caso, de actuar como militantes, al nivel de lo que nuestras condiciones y habilidades hagan posible.

Lo peor que se puede hacer es permanecer impasibles, callados, ante la mala gestión de los seudo líderes. El silencio contribuye a eternizar las situaciones de crisis y las agonías interminables. No vale la pena decir que los trapos sucios se lavan en casa. Habitualmente, los seudo líderes suelen cortar la posibilidad a toda libertad de expresión interior en el seno del partido. Los seudo-lideres precisan lo que en EEUU se llama “yes-men”, es decir, los que siempre les dan la razón, agradecen particularmente los halagos de los aduladores y terminan creyendo que se lo merecen todo. De ahí a una concepción patrimonialista del partido no hay más que un paso: el partido soy yo y el partido es mío… aunque sean cuatro chavales mal organizados.

El líder expresa su liderazgo mediante el éxito. ¿Tienes éxito en tu gestión? Entonces es que tú vales para esto. ¿Has desintegrado el partido, tu solito y sin ayuda de nadie? ¿has entrado y salido de la cárcel por delitos comunes? ¿tu irreprimible tendencia es a generar escisiones sin parar? ¿te rodeas de inútiles totales y están muy a gusto con ellos por que te dan la razón en todo? ¿estás tan aislado socialmente como lo está tu partido? Entonces, muchacho, dedícate a otra cosa, puede que sirvas para cualquier otra cosa, pero, desde luego, no sirven como líder máximo, gran timonel y ayatolah de tu partido…

 

¿EXISTE ALGUNA POSIBILIDAD POLITICA AL FALANGISMO? ¿EXISTE ALGUNA POSIBILIDAD DE LOGRAR LA UNIDAD FALANGISTA?

¿EXISTE ALGUNA POSIBILIDAD POLITICA AL FALANGISMO? ¿EXISTE ALGUNA POSIBILIDAD DE LOGRAR LA UNIDAD FALANGISTA?

En principio, la respuesta a esta pregunta es clara: NO. No existe ninguna posibilidad de avanzar en ninguna dirección hacia la unidad falangista. Ni una sola, por pequeña que sea… siempre y cuando nos refiramos solamente al plano político-organizativo. En ese campo, las experiencias desde los años del FES han sido elocuentes. Todas las operaciones unitarias, sin excepción, se han saldado con auténticos y rotundos fracasos: por aquí se unen dos y por allá se separan tres. Tal ha sido la crónica de 40 años de falangismo. Así pues hay que reconocer los hechos: no hay posibilidades de ver reunidos a todos los falangistas en una sola organización política. No demos, pues, más vueltas a la cuestión. Ahora bien…

¿ES EL PLANO POLÍTICO EL ÚNICO A CONSIDERAR?

Respuesta: no. Existen el plano cultural, el plano histórico, el plano convivencial. No todo es política. Y si en el plano político el mensaje de falange es tan variopinto como sus múltiples variedades, y difícilmente puede concebirse una organización con tantos matices y sensibilidades diferentes, sobre el plano cultural, en cambio, las diferentes perspectivas desde las que es posible abordar el pensamiento joseantoniano, si tienen mucho que ver con el enriquecimiento de este patrimonio.

Para una organización política no tiene mucho sentido las conmemoraciones de hechos acaecidos hace setenta años. Para un círculo cultural, en cambio, si. Una organización política no puede estar manejando eternamente –mucho menos a la velocidad con la que avanza la historia desde 1945- discursos y escritos redactados hace setenta años y que nadie se ha preocupado de actualidad, ni cuando los intentos de reactualización se han intentado, han podido llegar a buen puerto.

¿A que pueden aspirar los falangistas en 2006? Por una parte, a conocer más y mejor el pensamiento fundacional, a profundizar en la historia de la Falange desde 1933 hasta nuestros días, en extraer conclusiones, en trabajar los temas culturales que manejaban los fundadores y a crear un ambiente común en el que los que comparten este pensamiento se sientan cómodos. ¿Y la política? Es evidente que el pensamiento falangista es un “pensamiento político” y, como tal, es lógico que intente intervenir en el ruedo político… ahora bien, es demasiado evidente que en las tres últimas décadas, el pensamiento falangista ha ido perdiendo vigor y capacidad de penetración en la sociedad. Electoralmente hablando, dan la sensación de vivir una lenta extinción. Una agonía política a la que lo peor que puede ocurrir, es no percibirla, habituarse a ella, no considerarla en su justa medida: como imposibilidad de irrumpir en el plano político, algo que ya han experimentado los miembros del PCE, que a la chita callando han enterrado al partido y, en la práctica, lo han sustituido por Izquierda Unida.

EXISTE ALGUN RESQUICIO PARA ALCANZAR PROTAGONISMO POLITICO

El Punto 27 del programa falangista histórico es claro: “pactaremos muy poco”. La realidad hoy es sensiblemente diferente: “no hay nadie con quien pactar”. Nos explicamos.

Las elecciones catalanas han demostrado que, por primera vez, otros grupos políticos, aparentemente de menor entidad –MSR, por ejemplo- o de la misma entidad –AES- han conseguido presentar listas, mientras que ninguno de los grupos falangistas ha estado en condiciones de hacer otro tanto. Esto es, tan preocupante como significativo de la pérdida global de peso político del ambiente azul.

Si a esto unimos las escisiones sufridas por este ambiente desde hace 10 años, comprendemos mejor que los 1000 militantes que tenía La Falange en tiempos inmediatamente posteriores a su escisión de FE-JONS, se han convertido en menos de la mitad, divididos, además, en tres grupos (MNF, Andrino y Cantalapiedra). Con esa escasez de efectivos, ninguna de las fracciones puede aspirar a un papel dirigente en ninguna fórmula de coalición, sino como máximo al papel de secundario, mero acompañante deslucido para otras formaciones.

Ahora bien, la posibilidad política “máxima” para el movimiento falangista en este momento es constituirse como corriente dentro de un partido mayor capaz de avanzar, no ya a paso de caracol, sino con fuerza suficiente para alcanzar algún éxito. Y en este sentido, dando por sentado que se trataría de un partido de estructura democrático, el peso de esta corriente, sería el que correspondiera al número de militantes capaces de movilizar.

Pero esta sugerencia no puede lanzarse sobre el tepate sin antes expresar una duda razonable: ¿existe cultura política suficiente como para formar parte de un “partido con tendencias”? ¿no iba a producir esta fórmula graves desajustes internos, y esas escisiones angustiosas a las que nos tiene habituados el ambiente azul? ¿qué ocurriría si en un partido de este tipo, la componente azul mantuviera sus emblemas, ritos, usos, costumbres, fraseología y demás? ¿y si este sector, necesariamente limitado en número, no crece y se ve sumergido y anego completamente por otros sectores con menos lastres y más facilidad de crecimiento?

Lamentablemente, no tenemos respuesta a todas estas cuestiones e incluso nos sentimos pesimistas respecto a la posibilidad apuntada, hasta el punto de no verla viable en la práctica. Pero…

AUTONOMIA HISTORICA EN LO POLITICO, MODELO HISTORICO EN LO CULTURAL

En nuestra opinión, la constitución de una tendencia falangista dentro de un partido político patriótico, es problemática, sobre todo, porque, éste partido, necesariamente debería asumir la “autonomía histórica” como valor irrenunciable. No hay modelos históricos que inspiren nuestra acción. Eso, evidentemente, parece poco aceptable para los falangistas. Así pues no hay más remedio que apelar a una dicotomía: en el trabajo en círculos culturales, asociaciones para la memoria histórica, encuentros fraternales, etc., la autonomía histórica, huelga decirlo, no es importante. Lo semejante se reúne con lo semejante para cultivar los valores comunes.

Ahora bien, el falangista, una vez decide militar políticamente, debe comprender que no lo puede hacer con el mismo bagaje. No es que “no proceda”… es que su presencia como tal dentro de un movimiento político más amplio, tiende a generar discusiones tan habituales como inútiles: franquismo, fascismo, sindicalismo, etc, discusiones insoportables que desvían de las discusiones necesarias.

Esto crea una situación hasta cierto punto esquizofrénica, soportable solamente por aquellos falangistas que experimenten la necesidad de realizar un trabajo político fructífero. No desde luego, por aquellos otros que, simplemente, se sienten bien “entre falangistas” y experimentan un subidón al cantar el “Cara al Sol” o pasearse con camisa azul. Si se trata de los primeros, vale la pena decirles que está suficientemente demostrado que el partido falangista que mejores resultados obtuvo en las anteriores elecciones generales, quedó ya relegado a puestos secundarios en relación a DN, cuyos votos fueron pocos, pero algo superiores a los azules, en un momento en el que DN todavía experimentaba una situación cómoda y con cierto crecimiento.

Hasta las elecciones de 2004, el argumento para justificar la subsistencia de los partidos falangistas era “tienen más votos que las construcciones recientes”. Este argumento, a partir de 2004, ya no sirve. Además, desde 2004, los grupos azules han seguido experimentando esa larga agonía que las manifestaciones callejeras de Cantalapiedra, no han llevado sino a la siguiente escisión. Los falangistas deben ser los primeros en reconocerlo: la vía política autónoma ya se ha agotado para el ambiente azul.

En unas elecciones se trata de obtener resultados: no de presentarse… por el mero placer de perder, o para demostrar que se alcanzan unos pocos votos más que las otras fracciones falangistas, dentro de unos porcentajes irrisorios. No, esa vía, camaradas, ha concluido: que lo sepáis apreciar u os engañéis creándoos falsas esperanzas, es harina de otro costal. Movimientos formados hace setenta años, no tienen ninguna posibilidad de ser entendidos en 2006. Y si de lo que se trata es de realizar un maquillaje cosmético, tal como ha intentado FA, el resultado es completamente nulo.

ASI PUES: UNA CONCLUSION

En los próximos meses se aproximan recomposiciones históricas dentro de la extrema-derecha española, a la vista de cómo queden las elecciones municipales. Estas elecciones supondrán la desaparición definitiva de buena parte de los grupos de extrema-derecha. Unos se desharán ante la falta de buenos resultados, otros cesarán actividad por puro cansancio, seguramente algunos lograrán obtener resultados apreciables y será en función de ellos que se recomponga el ambiente. Entre estos, no figurará ningún grupo azul, casi diríamos, lamentablemente. Todo induce a pensar que las candidaturas que se presenten serán pocas y las que puedan obtener más allá del habitual 0’05-0’09% serán muchas menos aún.

Las municipales van a ser la hora del “último esfuerzo” por parte de los falangistas. Si después del previsible fracaso, siguen como si nada hubiera pasado y en las mismas posiciones que hoy, sin entonar el mea culpa o hacer algo tan simple como la autocrítica (no hemos sabido de ninguna autocrítica realizada por falangistas y ya va siendo hora), entonces la situación a plantear es diferente: eso implicaría que en el ambiente azul, no solamente no hay posibilidad de obtener resultados, sino ni siquiera de establecer conclusiones de los fracasos obtenidos. Y esto implicaría que no queda nada con “valor político” en este ambiente. Y si esto es así ¿para qué preocuparse más sobre el ambiente azul, si la inevitable extinción es el único fin al que pueden aspirar…?

Un consejo final: las formaciones azules deberían cesar de realizar actividad política, sondear entre ellas sobre las posibilidades de crear una “fundación” o una red de “círculos culturales” para trabajar los temas comunes, eliminando las rencillas políticas y las rivalidades entre fracciones. Si lo falangista tiene referencias históricas comunes, es a ellas a las que hay que apelar; si la práctica política les ha llevado al polifraccionamiento, es éste campo el que deben evitar. Y mucho más cuando en breve, se producirá una necesaria recomposición de todo el ambiente y, si quedan al margen, jamás volverán a coger el tren político.

Sólo queda realizar una pregunta: ¿qué falangistas van a tener el valor, la fuerza moral y la decisión para asumir la realidad, y plantear la transformación de sus grupos en círculos de estudios? Algún día, alguien tendrá que dar el paso al frente. Y tendrá toda nuestra simpatía y colaboración.

 

 

 

 

 

DEFINIR LO NR. PROBLEMAS DE POLISEMIA. NUEVA APORTACION AL DEBATE

DEFINIR LO NR. PROBLEMAS DE POLISEMIA. NUEVA APORTACION AL DEBATE

Cuando desde el blog n-r se viene reclamando elaborar una hoja de ruta para alumbrar el conjunto de esta tendencia política, incluimos en El Caracol esta segunda aportación sobre el tema. En realidad, pensamos que toda hoja de ruta es posterior a la definición de este ambiente político. Y esto es lo que no terminamos de ver claro: dónde empieza y dónde termina lo NR, cuál es su frontera con lo NS, si existe ósmosis o no. Y si existe, a qué se debe que buena parte de los fuentes ideológicas de lo NR sean anti-NS… Creemos que este no es un debate inútil sino que tiende a definir posiciones, posturas, fronteras e influencias. Permanecer en los actuales niveles de indefinición contribuye a mantener entre brumas todos estos problemas. La polisemia del concepto NR debe dejar paso a una definición, neta, clara, rotunda, sin dobleces ni equívocos. No se trata de decir a cada uno lo que quiera oír, sino de disponer de una definición exacta y única.

1º Las referencias históricas

Antes de plantear cualquier debate es necesario previamente definir los términos sobre los que se discute. El debate no puede darse cuando el término sobre el que se habla significa una cosa y su contraria, una afirmación y la negación de la misma, una referencia histórica y la antítesis de la misma. Desde la polisemia no hay debate, sólo confusión. He ahí el problema previo a la hora de hablar de lo ns y lo nr. Si todos sabemos a qué nos referimos con el término ns: el NSDAP y el gobierno de Hitler en Alemania durante de 1933 a 1945, nadie ha definido exactamente qué entender por nr, y lo que queremos determinar en el debate de hoy, si el nr es ns; si es a-ns o si es anti-ns.

Sabido es que las únicas organizaciones que se han definido como nacionalsocialistas en España han sido CEDADE y PENS (actualmente también CISNE lo hace). Fue CEDADE, organización ns, la que introdujo el término, nr, asumiéndolo también como propio. El motivo principal es que con el término nr se reconocía la herencia no sólo del nacionalsocialismo sino del resto de movimiento nacionales de la Europa de los años 3º: Fascismo, Guardia de Hierro, Cruces Flechadas, etc…, aunque siempre reconociendo la primacía del Nacionalsocialismo.

Hasta ahí sin problemas… si no fuera porque Armin Mohler precisamente para eximir a Jünger (y a las corrientes de pensamiento relacionadas con él) de culpa y cargo con todo lo que pudiera ser Tercer Reich. Inventó entonces una Revolución Conservadora y Nacionalismo revolucionarios contrapuestos al III Reich, pretendiendo dar importancia a algo que históricamente fue puramente anecdótico e imperceptible (la oposición nacionalista al NSDAP). Entonces se hizo de lo  nr era una realidad histórica concreta, definida y detectable, y además opuesta (con fusilamientos por medio) al ns.

La realidad histórica del nr tendría como figura principal a Ernest Niekisch, quien en 1932 publicara su folleto “Hitler una fatalidad para Alemania”, fue detenido por el régimen hitleriano en 1937 y condenado a cadena perpetua en 1939 por sus ácidas crítica a Hitler y a su gobierno, liberado en 1945 se afilió al Partido Comunista Alemán (KPD) y poteriormente al Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) viviendo sus últimos años como funcionario en la RDA.

En un rápido repaso a las principales que A. Mohler y sus seguidores catalogan como  nr históricos tendríamos a:

- Gregor Strasser: ejecutado durante la noche de los cuchillos largos.

- Otto Stasser: Exiliado durante el III Reich

- Kart-Otto Paettel: También exiliado, primero en París, luego en Nueva York, donde murió en 1975.

Frente Negro: Organización de oposión interna en la Alemania nacionalsocialista, que participó en toda clase de sabotajes, entre sus figuras más destacadas estaba el conde Helmuth Janes von Moltke, uno de los organizadores del atentado contra Hitler.

Es evidente que ya aquí aparecen con un mismo nombre nr, dos ideas absolutamente diferentes. Primer elemento de confusión.

2ª Los intentos renovadores.

Ya en fechas mucho más cercanas, hemos de referirnos a la salida de Ramón Bau, junto varias delegaciones, de CEDADE a la que acusan –no sin razón- de una especia de quietismo nostálgico y un progresivo alejamiento de la sociedad y sus problemas. Es la época del MNS, de número titulado “Hacia la realidad” recomendamos una nueva lectura. Es en esto momento cuando Ramón Bau utiliza preferentemente el término nr, ¿con qué significado? Nunca se elabora una definición concreta pero podemos advertir los siguientes elementos.

- Lo nr significaba una ruptura con los ejercicio de estéril memoria histórica, era pues un elemento de renovación. Era joven, dinámico y sobre todo actual

- Lo nr era vanguardista y rupturista en lo ideológico, se definía por estar en contra de cualquier desviación “derechista”. Implícitamente se hizo la división entre nacionalrevolucionario y nacionalderechista.

- Lo nr esta un término común a todos los movimientos que en España y Europa compartían estas características unidas  a la exigencia de una presencia activa en la política real.

Y aquí nos encontramos con el segundo elemento de confusión. Porque a la vez en España diversos grupos, primero entorno a BB.AA, y luego a AE, además de algunos falangistas en vías de renovación, definieron una vez más el término nr en un sentido más limitado y concreto, estos nr puros o nr strictu sensu, no se reconocerían en todas la realidades arriba mencionadas, sino en unas coordenas mucho más concretas que tendrían como epicentro a Christian Bouchet – Nouvelles Resistances, la revista Orion (años 80), los incipientes nacionalbolcheviques rusos y algunos elementos más que cristalizarían en el fantasmagórico Frente Europeo de Liberación (FEL). Entre sus características, además de una constante negación de cualquier vinculación con lo ns, tendríamos:

- Una mezcla sin cuajar entre componentes nacionalista no exentos de reflejos chauvinistas, con componentes de extrema izquierda, superados por ésta una década antes.

- Una mezcla sin cuajar entre una iconografía de extrema derecha (célticas, runas, triskeles) y una iconografía de izquierdista (Ché Guevara, pañuelos palestinos, banderas cubanas).

- Un tercermundismo permanente y una vinculación ideológico-sentimental con cualquier movimiento antiamericano por el simple hecho de serlo: Tupac-Amaru, Chavez, Edén Pastora, etc…

- Una permanente ausencia a incluir la inmigración en su mensaje al considerarla a la vez bien un problema puramente económico ligado a la “explotación” por parte de Europa del tercer mundo, y un tema recurrente de partidos y movimientos con los que siempre han querido manifestar una diferencias insalvables.

3ª Aquí y ahora.

Todo esto no tendría lugar en un weblog como éste si fuera porque tiene algunas implicaciones actuales que es necesario señalar, para luego poder solucionar.

Si leemos las declaraciones y constatamos las actividades de los ns puros (Ramón Bau y CISNE), vemos la claridad con que definen la imposibilidad de hacer «política nacionalsocialista hoy», y han optado por mantener su actividad en revistas y círculos culturales sin la menor pretensión de hacer política desde esos parámetros.

Lo contrario está en el ánimo de los nr, si hemos abierto esta sección ha sido por la aparición de blogs en los que se insta a los nr a hacer política con ese nombre y desde esos planteamientos. Lo que nos parece un error de principio.

Si tomamos como nr puros a los que así se definen –a la espera de que Juan Antonio Aguilar dé continuidad a su intervención en este foro- tomamos con nr strictu sensu al blog nr que ya ha respondido algunos de nuestros argumentos, para que, en la medida de lo posible termine con la confusión y la polisemia del término nr, y aclare definitivamente su relación o no con el ns.

- ¿Qué valoración histórica se hace del fenómeno nacionalsocialista?

- ¿Están en la misma línea que sus referentes históricos, que lo calificaron de “fatalidad para Alemania”?

- El nacionalsocialismo se define como la ideología de la raza, ¿consideran a la raza una categoría política o lo niegan rotundamente?

- ¿Los movimientos de liberación nacional iberoamericanos son aliados bjetivos?

- ¿El problema de la inmigración es la lógica consecuencia de la explotación europea de los recursos del Tercer Mundo?

- Dado que se habla de entrar como corriente en un partido político, ¿de qué tipo de partido estaríamos hablando?, ¿qué referentes o modelos se consideran válidos?

 

 

EL DUDOSO PLACER DE DEBATIR SOBRE EL “VERDADERO” SOCIALISMO, EL “SOCIAL-PATRIOTISMO” Y LA “AUTONOMÍA HISTORICA”.

EL DUDOSO PLACER DE DEBATIR SOBRE EL “VERDADERO” SOCIALISMO, EL “SOCIAL-PATRIOTISMO” Y LA “AUTONOMÍA HISTORICA”.

Desde que decidimos abrir este blog de El Caracol nos hemos propuesto, por una parte, denunciar usos nefastos y deformaciones del ambientillo y abordar debates de clarificación. Unos tienen más importancia que otros. La importancia de un debate deriva de la cantidad de gente que se ve afectada por él. Un debate sobre el “socialismo” en el ambiente patriótico es un debate de poca importancia porque muy pocos se sienten “socialistas”. Los debates entre minorías hiperminoritarias, restan tiempo a los verdaderos debates. Y debemos reconocer el escaso interés que tenemos en discutir sobre este tema. Maldita la hora que se nos ocurrió intentar elucidar si lo NR y lo NS era lo mismo, parecido, antagónico o contiguo. Pero bueno, ya que alguien ha escrito algo sobre ello, responderemos.

Evidentemente, el punto de partida del debate es el que la bitácora n-r plantea; a saber: “Nosotros por nuestra parte opinamos que el socialismo es irrenunciable y que la definición sobre la autonomía histórica no aporta ningún suplemento especial a la actividad política ni significa un valor añadido a un grupo político o su actividad. Pues bien, a partir de esta introducción –poco prometedora, a decir verdad- vamos a intentar arrancar.

EL “SOCIALISMO”, Y LA ECONOMIA DE ESFUERZOS

Descubrir es socialismo es una “grande cosa”. Hasta ahora, nadie se había percatado de que el partido que se llama “socialista” y que arrastra casi diez millones de votos, no es socialista o, peor todavía, es “falsamente socialista”. Vete tú, uno por uno a esos diez millones de votantes socialistas, unidos a los otros diez de la derecha que creen que el socialismo es el del PSOE y explícales que todos están equivocados y que los “socialistas del PSOE” son “falsos socialistas”, porque, hete aquí, que los socialista “verdaderos”, somos, mira por dónde éste y yo… ¿Es de recibo un planteamiento así, aunque sobren argumentos? ¿Sobran? Hoy no hay más socialismo real que el del PSOE y ZP es su profeta.

Aunque solamente sea por una mínima y lógica economía de esfuerzos, lo que no puede hacerse es discutir sobre “esencias puras”. A algunos, el tránsito por la falange les ha generado daños colaterales: hay una “falange auténtica” y, por tanto, se supone que hay una “falange falsa” (es decir, todas las demás). Hay un socialismo auténtico (el nuestro) y un socialismo falso el de los demás, incluidos comunistas, socialistas, socialistas revolucionarios, socialdemócratas, laboristas, trotskystas, marxistas revolucionarios, anarkistas y demás lindezas. Pero dado que la diferencia entre el socialismo “auténtico” y el “falso” socialismo, no es evidente a simple vista… hay que emplear buena parte de los esfuerzos demostrar que lo auténtico es auténtico y lo falso es falso. Y más vale empezar convenciendo a PRISA de que apoya a los “falsos socialistas” y a la COPE de que sus andanadas van contra esos farsantes que, por no ser, ni siquiera son socialistas… Ardua y problemática tarea. Me gustaría que n-r nos explicara como hacerlo. Porque necesario si es.

En una sociedad de masas los fenómenos son lo que son, no lo que a nosotros nos gustaría que fueran. No existen socialismos a medida. Existen socialismos que todo el mundo considera “socialismos” –salvo una ínfima minoría dentro de una minoría de patriotas- y que, por eso mismo, son “el socialismo”. ¿Y yo qué quieres que te diga si todavía no he encontrado nadie que le interese el debate sobre si el socialismo del PSOE es falso?

Intentar disipar este equívoco –que en mi opinión no lo es, sino que el único socialismo es el socialismo real, esto es, el de la corrupción, el de la baba coriácea de ZP, el del GAL, el del tripartido, el del felipismo y así sucesivamente- es vano y fútil. Siempre habrá unas elecciones en las que se presente como mínimo una etiqueta socialista (falsa para tí, pero con más capacidad que tú de penetración en las masas) que condene a la esterilidad todos los esfuerzos empleados en disipar el equívoco.

EL MENSAJE ES MENSAJE POLÍTICO CUANDO ES MENSAJE CLARO, SINO, NO.

Luego existe otro problema: ya no se trata solo de demostrar cuál es el socialismo falso y cuál el auténtico (lo que no es moco de pavo), sino especialmente, lograr que el receptor del mensaje entienda que debe de apoyarte a ti, y no al falso. En ocasiones, los productos falsos tienen cierta ventaja. Por ejemplo, cuando se compra una carga de toner de impresora, te suelen preguntar: “¿de marca o compatible?”, hombre, a la vista de los 15,00 € de diferencia, casi me lo dé de pastel… Todavía no he comprobado que el “auténtico” sea mejor que el “falso”.

Así pues, tras ímprobos esfuerzos, puede ocurrir que, por simple agotamiento, hayamos logrado demostrar a un persona, que nuestro socialismo es el de “verdad” (la Comuna de París, Proudhom, Ramiro, todos grandes socialistas, sobre todo éste último), queda solamente demostrarle que el “verdadero” es más recomendable que el “falso”.

Las posibilidades matemáticas de conseguir que todos estos esfuerzos y demostraciones lleguen a buen puerto, se van reduciendo progresivamente. ¿Por qué? Por que el mensaje va perdiendo claridad. Primero lo lanzamos intentando eludir el hecho de que en el imaginario colectivo del pueblo español “socialismo” son “100 años de honradez, 40 de vacaciones y 15 de corrupciones”, el rostro gitanesco de Felipe y el blandurrio de ZP, el nacional-charneguismo de Montilla y el nacional-alcoholismo de Maragall, o el nacional-catetismo de Bono. Liberada la mente de todos estos “pequeños” prejuicios, queda solamente demostrar las ventajas de un socialismo sobre otro. Es decir del socialismo falso pero con decenas de diputados nacionales, europeos, autonómicos, miles de concejales y millones de votos, con el socialismo que tiene en su haber solamente el hecho de ser “verdadero” o autotitularse tal.

Creer que una lucha de convencimiento de este tipo puede ser emprendida con garantías de éxito, es ya ingenuo, pero creer que el mensaje puede ser entendido por sectores apreciables de la población es un error que se paga con la esterilidad política más absoluta.

SOBRE LA CONCEPCION DEL “SOCIALISMO”. TODOS SOMOS SOCIALISTAS

Va n-r y dice: “Entonces a la forma simple diremos socialismo al socialismo.”. Claro, ahora solo falta definir al “socialismo”. Y entonces n-r recurre a lo “sesudo”: “Poniéndonos mas lógicos, mas sesudos. Si lo que predicamos es el socialismo, el reparto de la riqueza general de forma que sus beneficios alcancen al máximo de la población bajo la formula administrativa o política que corresponda en cada momento, debemos decir que queremos el socialismo, la justicia social”.

Esperábamos algo más, francamente. El concepto “sesudo” de socialismo es más simple que el rabillo de una boina: socialista es todo aquel que “predica” (encomiable labor de apostolado) “el reparto de la riqueza”. Joder, menos mal. Así pues, todos somos socialistas, empezando por León XIII cuando ya aludió al “reparto de la riqueza”, y es más, los mentores de la globalización, no la “predican” argumentando que generará una mayor concentración de capital, sino que también explican que, después de unos “pequeños desajustes” iniciales, todos se verán beneficiados por la globalización. Incluso los carlistas son socialistas y, además, los jodidos van y lo reconocen, y su aspirante Carlos Hugo, se define como tal. Los falangistas no se llaman socialistas porque bastante cruz tienen con eso de ser sindicalistas, pero, con todo el derecho del mundo podrían incorporar también la catalogación de socialistas a sus méritos, pues no en vano también ellos buscan “distribuir la riqueza”. Afortunadamente siempre nos quedará Evola como no-socialista.

Yo lo lamento, pero si este es el gran argumento para incorporar el término socialista a una definición, para ese viaje no hacían falta alforjas. Me parece un argumento simple, fuera de la realidad y, en definitiva, malo. Por que a lo malo, hay que llamarlo malo, como al socialismo socialismo.

[Releídas estas líneas antes de lanzarlas on line se me ocurre añadir que una de las formas de socialismo, el socialismo fabiano, fue asumida por el clan emergente de los Rockefeller a principios del siglo XX y, en buena medida, hasta no hace mucho ha sido la única ideología que ha inspirado a los “liberales” norteamericanos. La idea es que primero hay que aumentar el volumen de riqueza que el mercado y la vida misma se encargarán de distribuirla. Así pues, al acertijo de “¿cuál es la ideología poliédrica que puede ser aceptada tanto por un marxista-leninista-pensamiento mao-tse-tung-abimael-guzmán-y-demás, como por un Rockefeller de la vida, pasando por n-r? ya sabemos la respuesta: es, coño, cómo no había caído antes, el “socialismo”. Premio pa’l caballero]

RAMIRO ESE GRAN VERDADERO SOCIALISTA (POR CIERTO FUSILADO POR SOCIALISTAS FALSOS)

Seamos claros: si en José Antonio hay poco material salvable para la actualidad, en Ramiro estamos casi al mismo nivel. Leer hoy “El Sello de la Muerte” es leer una novelita de adolescente díscolo. Leer los escritos de “La Conquista” o los de “JONS”… dejan el sabor propio de lo inactual; algo rancio, eso sí. No sabemos como habría evolucionado José Antonio con los años, pero tampoco se puede ser excesivamente optimista. No vamos a ser nosotros los que reabramos la polémica histórica, que ni nos interesa, ni somos especialistas, pero Ramiro para sacar sus últimos “productos” se apoyó en sus amigos vascos, y no precisamente en los trabajadores de los altos hornos, sino al círculo del Conde de Motrico, José María de Areilza, es decir, en las buenas gentes de Neguri. Es lo malo que tiene mitificar, que luego pasa lo que pasa y sucede lo que sucede. Sabemos que el Ramiro joven pronunció aquella frase impresentable de “Viva la Alemania de Hitler, viva la Italia de Mussolini, viva la Rusia de Stalin”. Sabemos también –porque lo cuenta Areilza- quien le pasó fondos y no fueron precisamente socialistas de lo más granado sino todo lo contrario. Y además todo aquello fue hace tanto tiempo que ver reeditadas frases como la que acabo de citar producen escalofríos sobre la empanadilla mental de la época y se entiende perfectamente por qué casi nadie siguió estas exaltaciones propias de adolescentes.

Un día valdrá la pena hacer la crítica al “Discurso sobre las Juventudes de España” o a las dos famosas “Disgresiones acerca del destino de las juventudes” y entonces será el llanto y el crujir de dientes. El examen del siglo XIX español que hace Ramiro es, poco más que una mera especulación personal, cuestionable desde muchos puntos de vista. Y su interpretación del fascismo y del comunismo, contiene tales errores de bulto que vale la pena preguntarse si no hubiera sido mejor que jamás hubiera abandonado las columnas de las revistas intelectuales con las que colaboró. La política no era el terreno en el que mejor se movía Ramiro y la prueba es que cuando fue asesinado detrás apenas tenía un puñado de partidarios y una revista de pocas ventas. Y dicho sea de paso, si Ramiro es recordado hoy por algunos es gracias a que, por algún motivo inexplicable, el nombre de JONS fue rescatado del olvido por Franco que lo unificó nuevamente con FE y con T… dando lugar al nombre de un partido que era, en sí mismo, atrabiliario: Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista… díganme si no es para sonreír. Puestos a recordar, el pensamiento de Albiñana tampoco era manco y seguro que habrá alguna frase en sus obras susceptible de encerrar el código da Vinci del socialismo verdadero.

Anda que no hemos desmitificado a José Antonio para ahora tener que asumir la desmitificación de Ramiro… La triste realidad –triste porque indica que la ley de hierro de lo humano es la impermanencia y el paso del tiempo que todo lo arregla, matándolo- es que el pensamiento de Ramiro Ledesma, como el de José Antonio, es una antigualla polvorienta, con olor a rancio y, eso sí, las mejores intenciones del mundo, apto solo para coleccionistas de recuerdos o historiadores amantes de los terrenos ideológicos de los años, sin tener que realizar muchos esfuerzos.

ASUMIR EL HECHO DE QUE EL SOCIALISMO ES EL SOCIALISMO…

N-r nos pone luego ante el hecho consumado de que antes de buscar nombres raros, mejor llamar a las cosas por su nombre. Efectivamente: un pene es pene y no una polla y una patata es patata mucho más que tubérculo, así que el socialismo es el socialismo. Dice: “Poniéndonos históricos, de nuestra pequeña historia, -al margen de la cita de Ramiro Ledesma sobre el socialismo- hemos usado tropecientas expresiones para hacer pasar nuestro socialismo: solidarismo, justicialismo, distributismo, planificación económica, comunitarismo, etc, etc. Y cada vez que usábamos una nueva expresión debíamos dar una colección de frases que definían al socialismo sin citarlo. Lo suyo es llamar a las cosas por su nombre. Llamar socialismo al socialismo”.

Vamos a ver porque aquí hay líos conceptuales. Después de buscar durante años una definición de la propia doctrina y de haber realizado un viaje en torno a las ideas políticas, n-r llega a la conclusión de que hay que llamar a las cosas por su nombre. Loable decisión. Lo que pasa, es que esa peregrinación por doctrinas políticas, solamente la habéis realizado algunos… la inmensa mayoría no hemos pasado por tales vicisitudes angustiosas y en nuestra puta vida se nos ha ocurrido la osadía de llamarnos “solidaristas”, “justicialistas”, “distributivistas”, “planificacionistas” o “comunitaristas”. Se podría añadir “nacional-bolchevisques”, “nacional-anarquistas”, “revolucionarios conservadores”, “strasserianos”, “euroasiáticos” y un largo etcétera. Si n-r plantea así las cosas, sería bueno preguntarle porque “solidaristas” no (que en el fondo tampoco suena mal y no hay posibilidades de confusión ni de rivalizar sobre con alguien que afirme que su “solidarismo” es el de verdad) y “socialistas” si (que acarrea todo tipo de confusiones). Pero bueno, a lo que vamos.

¿Por qué hay que resumir todo el ideario en una sola palabra, suponiendo que tal reduccionismo sea viable? Te lo explico: porque todavía no se ha superado la mentalidad previa a la muerte de las ideologías. ¿Qué es una ideología? Un esquema antihistórico de interpretación de la realidad que pronto queda desprovisto de actualidad y que termina forzando a hacer encajar la realidad con el esquema ideológico a martillazos. La actualidad siempre camina más rápida de lo que la ideología puede llegar a interpretarla. Por eso las ideologías han muerto y con ellas los partidos que las defendían. ¿Y usted que ideología tiene? Hombre, yo soy fascista. ¿Y usted? Socialista. ¿Y usted? Marxista, esto es falso socialista… Ya. Todo eso ha muerto, sólo que alguien no se ha enterado y pretende que es la regla universal: un partido – una ideología.

Si se desconoce el hecho de que las ideologías murieron ya a finales de los años 70 (fenómeno que algunos percibieron 10 años antes) y que desde entonces lo que hay son fórmulas políticas de gestión de un lado y concepciones del mundo de otro, pretender ahora resucitar o reconstruir o recrear ideologías, supone otra complicación añadida. Que por lo demás, choca con la incomprensión general, la falta de interés y la afición de la gente a poner la tele y no calentarse mucho la cabeza. ¿Y tú que ideología tienes? ¿yo? Soy del Atletic…

No es preciso definirse con una palabra la propia ideología porque ese tiempo en que era necesario sino imprescindible, ya ha muerto. De hecho, hoy un falso socialista no dice: “mea culpa, soy un falso socialista”, sino que dice “hombre, yo soy de centro-izquierda o yo soy socialdemócrata o simplemente yo estoy afiliado al partido socialista y además del Barça”…

Si se es coherente y se admite la muerte de las ideologías, sobra el buscar una definición ideológica concentrada en una palabra para expresar el propio bagaje doctrinal. Los que no creemos en las ideologías, no tenemos ese problema. Lo que n-r no puede aspirar es a traspasarnos su angustia vital y su no menos angustiosa solución.

EL GRAN INVENTO: EL SOCIAL-PATRIOTISMO

N-r con orgullo de quien no duda de la razón de su sinrazón, nos cuenta: “Desde que algunos NR impusimos la expresión social-patriota queda claro de que estamos hablando y que incluye esa expresión”.

A ver si nos entendemos: ¿“social” es lo mismo que “socialismo” y “social-patriotismo” es “socialismo patriótico”, sea lo que fuere que quiera decir?. Pues va a ser que no. Antes ya hemos dicho que si todo el socialismo es el reparto de la riqueza, todos somos socialistas, incluso los Rockefeller. Ahora resulta que toda política social es socialista. Esto, evidentemente, es confuso y, más que confuso, es una confusión. En realidad habría que haber llamado a esta corriente “socialismo patriótico”, más que social patriotismo. Aunque suena peor, claro está (pero ya puestos…). En el fondo, hay algo de indefinición en eso del “social-patriotismo”… incluso Blas Piñar, podría entrar en la definición de “social-patriótico”, pues no creo que el notario fuera tan malvado de no defender una justa distribución de la riqueza tal como predicaba –este si- Leon XIII y siguientes… y, por lo demás, el patriotismo se le supone.

“Social-patriotico”, además, es una palabra más liada que la pata de un romano. Y que no hay por donde cogerla, ni por lo de social, ni por lo de patriótico. Vamos a ver, vamos a ver por que si no nos perdemos: ¿qué patria es esa? ¿Será España? Y entonces, si es España, ¿dónde dejamos a Europa? ¿es nuestra patria o no lo es? Personalmente, me siento europeo, así que no tengo problema en admitir una definición europea, y además, dentro del actual momento histórico si hay algo que interesa no es priorizar las “patrias” sino pasar a una dimensión europea. Lo social-patriótico, sin embargo, remite únicamente a esta España nuestra. Y el concepto posiblemente hubiera tenido lógica en los años 60 y 70, pero no en los 80, 90 y siguientes. Mucho menos tras la caída del Muro de Berlín en el que se hundió eso que, por cierto llamaban el “socialismo real” y que, a tenor de lo escrito por n-r es el “socialismo real falso”… uff!

El término social-patriótico es en sí mismo extraño. ¿Y usted que es? Mire, se lo voy a explicar, soy social-patriota… Pues anda y tómate algo. Aquí alguien se cree que con soltar un término que mil veces ha repetido para sus adentros y para los adentros de su organización, ese término va a ser entendido por alguien fuera de su círculo íntimo. El término me recuerda los discursos del general Primo de Rivera que prometía políticas sociales del copón en el contexto de discursos inflamados de ardor patrio.

Me suena rancio e incluso su pronunciación tiene aspectos contradictorios: la primera parte es de una sinuosidad serpentina (repitan conmigo: s-o-c-i-a-l, otra vez, más rápido: “sssocial”), casi meliflua, absolutamente lingual, mientras que la segunda parte tiene una rotundidad labial de ráfaga de CETME (fíjense: “patriótico”, es la combinación tr y luego otra t que suena como dos impactos de bala, iniciada con la p a modo de golpe de percutor). Cualquier publicista novato desaconsejaría la utilización de un término que incluso en su misma pronunciación encierra un conflicto. Y, no bromeamos. Ironizar, un poco, bromear no. No es importante claro, pero hay nombres desaconsejados por las técnicas de marketing y publicidad. Por ejemplo, si Hitler se hubiera llamado de apellido Aguirrezabaletasolchaba, a nadie se le hubiera ocurrido gritar “Heil Aguirrezabaletasolchaga”. No hubiera sido ni estético, ni viable, ni hubiera tenido nada que ver con el marketing político.

Habría otras palabras para definir un área… pero serían más comprensibles, más accesibles, más próximas al vocabulario de la calle e incluso comprensibles por los medios. Y no se trata de eso: se trata de complicarlo todo hasta extremos que conducen directamente al sectarismo. Ya lo decía aquella vieja canción de marcha de la OJE: “Me gusta lo difícil, cuando empiezo a caminar”, cantada cinco segundos antes de estrellarse por un acantilado.

La tendencia de toda secta es a crearse un vocabulario propio, inaccesible para los demás. Para un colgao de cientología decir “trauma” sería demasiado fácil, se entendería, por eso dicen “engrama”, que ya es más opaco. Para esa misma alma cándida, decir “neurótico” no imprimiría carácter, así que en su jerga particular debe decir “preclaro”… y así sucesivamente. Si no nos entiende nadie, vamos por buen camino. No sea que alguien logre entendernos y entonces la hemos cagao definitivamente. Nada de decir, “hombre, yo me siento europeo nacido en España y eso de la justicia social mola”, no, ¿dónde vas? Hay que decir “somos socialistas, esto es social-patriotas”… Joder macho, cada vez me gustas más, por lo bien que te expresas. Sigo ironizando, por si no estaba claro.

LA AUTONOMIA HISTORICA DEVALUADA

La crítica a la autonomía histórica que realiza n-r es floja. Y da la sensación de que, además de las malas relaciones personales entre el redactor del escrito y Laureano Luna, además, tampoco ha entendido exactamente, en qué consiste la teoría que éste último alumbró hace 10 años. Tranquilo; te lo explico.

Disipemos, antes, un equívoco, el que nos cuenta n-r: “De una parte es intentar “envenenar” alguno de los pasos dado este último fin de semana en que el teórico de la autonomía histórica, y los que no se definen al respecto han estado juntos”. Eso ya es hilar demasiado fino. Y no creemos que valga la pena comentarlo, porque cae por su propio peso. Otra ración de conspiracionismo después de la entrevista a Canduela en Minuto Digital, no, por favor. Vayamos a lo sustancioso: “La teorización sobre la autonomía histórica tenia una razón de ser muy fuerte en el momento de ser lanzada, se intentaba crear una nueva fuerza partiendo de una serie de componentes anteriores. Una de esas componentes tenía una procedencia muy determinada y era necesario que su pasado no lastrase su futura actividad. En ese marco se teoriza la autonomía histórica, y en ese marco fue útil y necesaria”. Error, y además, error de bulto, pero de bulto grande, enorme, foruncular y purulento.

La teoría de la autonomía histórica no fue lanzada para limpiar conciencias ni historiales, sino como necesidad de afirmar que no puede estarse eternamente expurgando textos históricos, de Ramiro o de José Antonio, de Drieu o de Brasillach, de Feder o de Rosemberg, en busca de respuestas, en un mundo que ha cambiado demasiado y a demasiada velocidad. La doctrina de la autonomía histórica presupone que el movimiento político tiene entera libertad para construir su futuro y que no va a perder el tiempo buscando fórmulas ni modelos del pasado.

Además, lógicamente, hay algo a tener en cuenta: la economía de esfuerzos. En 1976, a poco de morir Franco, entendí implícitamente la necesidad de algo que no definía como autonomía histórica, cuando en una mesa de CEDADE situada frente a la Sagrada Familia oí las discusiones de los militantes que cuidaban la mesa con el público que pasaba: la guerra mundial, el holocausto, la dictadura hitleriana, etc. ¿Qué sentido tenía discutir en 1976 sobre todos estos temas? Siempre es posible hacerlo, claro, pero no dentro de un partido político, formación, por definición que requiere pragmatismo. Pues eso… que la autonomía histórica aspiraba a evitar esas discusiones inútiles y, además a realizar un ejercicio de creatividad. No solo eso.

No fue en absoluto un intento de enmascaramiento autobiográfico, sino una reflexión en profundidad, que algunos, como n-r, todavía no han pillado ni su importancia, ni en qué consistía, ni sus implicaciones, que tienen que ver también con la “imagen”. Vamos a ver, querido n-r, ¿tu crees que es de recibo intentar definirse como “socialista” y luego poner en una mesa libros de Degrelle, Mosley o Gunter Prien, o de la tal Pituca, por citar unos pocos, y pensar que este “socialismo” va a tener un ápice de credibilidad? No lo es, lo mires por donde lo mires. De ahí que en el momento en el que Canduela tuvo su breve idilio con Canta, algunos dijéramos: “muchacho, hasta aquí hemos llegado”. Hay una cosa que se llama coherencia y otra que frecuentemente camina con ella, es la credibilidad. Yo lo lamento, pero cuando se ponen tan cerca todo este tipo de cosas, la impresión general es de lo más confusa. Por eso, la autonomía histórica es algo que es preciso aceptar o rechazar, pero si se acepta, no se puede ir con medias tintas. Hay que apurarlo hasta las heces… y buscar nueva clientela si de lo que se trata es de colocar libros. ¡Que gran tipo es Cháves y a Evo Morales le voy a dar un voto de confianza, él mismo que a Ollanta Humala, o al Frente Democrático Popular para la Liberación de Palestina o a los Montoneros! Para luego poner al lado un libro de Pituca y que el observador imparcial termine diciendo “coño, que mal mienten estos jodidos fachas últimamente”.

Hablábamos de coherencia, por eso nos resulta altamente incoherente, el párrafo siguiente. Dice n-r: “Hoy estamos en el 2006, 70 años más tarde del 36 español, 61 más tarde que el 45, hoy la definición exacta sobre hechos acaecidos hace tanto tiempo no tiene ninguna actualidad política”. Y no deja de tener gracias que alguien que hace solamente veinte líneas atrás ha defendido la obra de Ramiro por una frasecita perdida, ahora diga que lo ocurrido hace 70 años no tiene importancia. Claro que no la tiene y como no la tiene, todo lo que sea tomar referencias de entonces es inútil. Ahora, no es a mi a quien se tiene que convencer de esto, sino a gente de su propia organización que cree que el movimiento histórico más anecdótico de los años 30 puede aportar algo hoy, aquí y ahora…

Hay algo que se llama, insisto, coherencia. No se puede uno definirse impunemente “socialista” y afirmar luego que la autonomía histórica es inútil porque hace mucho tiempo de todo eso… y luego ir a vender libros de Ramiro a actos con unos contenidos fachosos y despampanantemente casposos, a la puerta del Valle de los Caídos, el 20-N e imagino que el 12-O en BCN (y que me disculpen si no es así). Anda ¿y por qué no te vas a convencer a los asistentes del congreso socialista de que están en el error? ¿Qué pasa que los fachas son más tontos y se lo creen todo?

El problema, además, es que hay un cierto número de gente que sigue creyendo que todo aquello SI tiene importancia y por ello no sale de la División Azul, de las JONS, de Ramiro Ledesma, de la enésima interpretación de José Antonio, de la biografía sobre el último jefe local falangista, etc, etc, etc. Joder, pues al parecer si que importa. O al menos a algunos les sigue importando, ¿sabes cuál es el problema? Que quien tiene la mirada hacia atrás, termina con tortícolis y sin percibir el presente. Una cosa es hacer política, otra hacer historia. Tu ve aludiendo a Ramiro, a los nacional-bolcheviques, a la revolución conservadora, a los Wandervogel, y a la RSI, a las ideologías, a Degrelle y a la poesía que promete y te vendrá gente que le interesa eso, solamente eso y nada más que eso… ¿y la gente que le interesa política actual? Esos, no te preocupes, ya encontrarán algún lugar donde acomodarse.

Así que concluye n-r su aportación al debate: “¿Cuál es pues el interés, la necesidad de que los NR nos definamos sobre la autonomía histórica?, pues mas bien poco o casi nada. Cada uno particularmente le será más o menos simpático cada hecho de la historia de España o del mundo europeo, pero ello no ha de formar parte de la definición política de una corriente política, ni mucho menos de sus entidades políticas”. Yo, lo lamento, pero interpreto las cosas de otra manera: si los NR se definen sobre la autonomía histórica para condenarla, esto les resta algunas simpatías posibles. Pero si no la condenan y la asumen, entonces el problema es que sufren la privación de otras simpatías –los inefables NS- y, claro está, es mucho mejor no definirse y mantener las amistades, decir a cada cual lo que quiera oír, a unos que lo NR es sinónimo de “nacional-socialista” (que también) y a otros que no (que tampoco, puesto que el nacional-socialismo es nacional-socialismo…). Esta práctica no es muy recomendable ni suele dar mucho resultado, francamente.

Lo bueno es que yo tampoco creo que nadie hoy se tenga que definir en función de la autonomía histórica… me parece que simplemente el discutir sobre algo tan obvio ya es elocuente. Lo obvio es obvio y no vale la pena discutir sobre ello. Hay cosas que se dan por sentadas. ¿Cómo, que usted reivindica la figura de Ramiro o de José Antonio o de Mussolini? Vale, póngase ahí, no sea que nos confundan, joven. ¿Cómo que usted no ve que la política real no pasa por las grandes definiciones ni por las citas de los grandes personajes históricos? No pasa nada, ¿no lo ve? Yo sí, siga usted con lo suyo y que le luzca bonito. ¡Ah! ¿No ha entendido que hay discusiones paralizantes? No se preocupe, yo si, no me haga perder el tiempo.

RECAPITULACION Y PUNTO FINAL

Hasta ahora, la primera parte de la polémica –que espero sea la última, francamente- no creo que haya aportado grandes cosas a los lectores de El Caracol. Resumo:

- Un concepto equívoco: “socialismo”

- Una confusión terminológica: “lo social” por “el socialismo”

- Un término solo para “iniciados”: “social-patriótico”

- Una falta de definición: todavía no sé si lo NR cabe en lo NS o viceversa (que en el fondo era el tema que El Caracol planteaba hace una semana).

- Un concepto obvio convertido en inactual: la “autonomía histórica”

Puestas así las cosas ¿Verdad que no vale la pena seguir debatiendo?

Releyendo estas líneas, no puedo dejar de evocar las eternas discusiones entre fracciones trotskystas en los años 70, interminables, bobaliconas y aburridas, aptas solo para iniciados de grado 33. Ahora entiendo porque nunca quise ser trostkysta de mayor. A mi que toda esta discusión me parece más propia de una secta que de un partido político…

TEXTO ORIGINAL DE N-R:

Sobre el socialismo y la autonomía histórica

Sobre el socialismo y la autonomía histórica

En una reciente entrada de una bitácora (o post de un blog para los que gusten de anglicismos) llamada El caracol se nos citaba. Aprovechando pues que en el artículo que se dedica a los NR en ese post se nos considera parte de los mismos vamos a abordar hoy solo un par de temas de ese texto.

Se trata de los temas del socialismo y de la autonomía histórica. Según el caracol son dos temas esenciales hoy. El del socialismo para no ser citado y el de la autonomía para que nos definamos. Nosotros por nuestra parte opinamos que el socialismo es irrenunciable y que la definición sobre la autonomía histórica no aporta ningún suplemento especial a la actividad política ni significa un valor añadido a un grupo político o su actividad.

Poniéndonos simplones por ejemplo. Un racista no dirá que defiende a la raza clara o a la de color, dirá que defiende la raza blanca o negra. Poder Blanco o Panteras Negras. Entonces a la forma simple diremos socialismo al socialismo.

Poniéndonos mas lógicos, mas sesudos. Si lo que predicamos es el socialismo, el reparto de la riqueza general de forma que sus beneficios alcancen al máximo de la población bajo la formula administrativa o política que corresponda en cada momento, debemos decir que queremos el socialismo, la justicia social.

Poniéndonos históricos, de nuestra pequeña historia, -al margen de la cita de Ramiro Ledesma sobre el socialismo- hemos usado tropecientas expresiones para hacer pasar nuestro socialismo: solidarismo, justicialismo, distributismo, planificación económica, comunitarismo, etc, etc. Y cada vez que usábamos una nueva expresión debíamos dar una colección de frases que definían al socialismo sin citarlo. Lo suyo es llamar a las cosas por su nombre. Llamar socialismo al socialismo.

Otra cosa es que el área patriótica haya muchos nacional-liberales. Ese es su problema. Desde que algunos NR impusimos la expresión social-patriota queda claro de que estamos hablando y que incluye esa expresión.

Diferente es la cuestión de la autonomía histórica. De una parte es intentar “envenenar” alguno de los pasos dado este último fin de semana en que el teórico de la autonomía histórica, y los que no se definen al respecto han estado juntos.

La teorización sobre la autonomía histórica tenia una razón de ser muy fuerte en el momento de ser lanzada, se intentaba crear una nueva fuerza partiendo de una serie de componentes anteriores. Una de esas componentes tenía una procedencia muy determinada y era necesario que su pasado no lastrase su futura actividad. En ese marco se teoriza la autonomía histórica, y en ese marco fue útil y necesaria.

Hoy estamos en el 2006, 70 años más tarde del 36 español, 61 más tarde que el 45, hoy la definición exacta sobre hechos acaecidos hace tanto tiempo no tiene ninguna actualidad política. Los desenterradores de las dos españas si tienen interés en hacerlo, en gran parte para alejarnos del debate sobre los problemas reales de los españoles actuales: vivienda, paro, inmigración, etc.

¿Cuál es pues el interés, la necesidad de que los NR nos definamos sobre la autonomía histórica?, pues mas bien poco o casi nada. Cada uno particularmente le será más o menos simpático cada hecho de la historia de España o del mundo europeo, pero ello no ha de formar parte de la definición política de una corriente política, ni mucho menos de sus entidades políticas.